
“Nuestra harina El Vaporcito siempre apoya la cultura, el deporte y el arte”.
Oriente y, concretamente Japón, siempre me han parecido contextos mágicos y súper extraordinarios para historias de amor igualmente sorprendentes y maravillosas.
El cine japonés da cuenta de ello con directores como Akiro Kurosawa (Vivir, 1952 o Ran, 1985) o Yasujir? Ozu (Cuentos de Tokyo, 1953; Primavera tardía, 1949), cineastas que parecen pertenecer a otra galaxia y que nos hablan de un Japón rico e inspirador.
Hoy me refiero a Sinodie en Japón (2023), de E. Girard; y, Lost in Traslation (2003), de S. Coppola.
SIDONIE EN JAPÓN (2023). Conocemos a la novelista Sidonie Perceval (Huppert) saliendo de su apartamento en París y llegando al aeropuerto Charles de Gaulle para volar a Japón. Va con retraso y en lo profundo de su ser espera que el avión ya haya despegado. Pero se ha retrasado tres horas, lo que obliga a Sidonie a emprender un viaje que no desea, por razones que iremos descubriendo a lo largo del metraje.
La escena del aeropuerto y otros momentos iniciales de la modesta historia de Girard están marcados por toques de comedia sutil y peculiar, especialmente cuando Sidonie llega a Osaka y se convierte en una extraña en tierra extraña.
A Sidonie le empiezan a ocurrir cosas raras mientras sufre de jet lag en su hotel, lo cual puede parecer un caso de comedia original. Pero durante una entrevista inicial, explica cómo escribió su libro —«Autoficción»— después de que sus padres y su hermano murieran en un accidente de coche. «Escribir es lo que haces cuando no te queda nada», le dice a un periodista con la indiferencia y la seriedad impávida propia de Huppert.

Girard-Huppert: un dúo de íntimos secretos
«Las personas como nosotros compartimos secretos», «los mundos visibles e invisibles coexisten». La cineasta francesa Élise Girard es una directora de voz característica, con un estilo muy personal, a un ritmo pausado, que contrasta con el ímpetu y el vértigo actual.
Su gran originalidad encuentra el medio de expresión perfecto en esta su nueva obra, y al igual que las palabras "nada" y "silencio" inscritas en la tumba del escritor Jun'ichir? Tanizaki, que es visitada por la protagonista de la película, la esencia del trabajo de Girard surge de su minimalismo sofisticado, que es muy elocuente y brinda a la Huppert y a Tsuyoshi Ihara, interpretar sendos papeles maravillosos.
"Todo es extraño, me siento cambiada". Sidonie, una famosa escritora francesa (que ya no escribe) es invitada al país por su editor local, Kenzo Mizoguchi (no tiene que ver con el cineasta homónimo), se encuentra en Japón por primera vez con motivo de la reedición de su primer libro (“L´ombre portée”).
Ha llegado sumida en una profunda tristeza por la muerte accidental de su marido años atrás. De un hotel a otro y tras innumerables viajes (en coche, tren y ferry), pasando por reuniones con la prensa y firmas de libros, incluidas visitas turísticas a Kioto y sus alrededores.
Sidonie y Kenzo (Tsuyoshi Ihara) se acercan poco a poco, superando gradualmente la brecha causada por las considerables diferencias culturales (hay algunas escenas cómicas) y adentrándose en el terreno de los secretos íntimos y los sentimientos nacientes.
Pero «en Japón, los fantasmas viven por todas partes, a nuestro alrededor», y el difunto marido de Sidonie, el travieso Antoine (August Diehl), reaparece una y otra vez.

Seis días en el País del Sol Naciente
Con gran serenidad, la película avanza a lo largo de seis días, "como una historia que se reinicia continuamente", donde todo resulta totalmente reconocible (la soledad, el miedo a lo desconocido, las emociones, el proceso creativo, etc.), pero donde "todo funciona de manera diferente".
Se puede decir igual del estilo cinematográfico de Élise Girard, que a veces puede evocar un déjà vu, la ilusión de la “ya visto”, pero que en realidad funciona con un trampantojo.
Se trata de un enfoque que ostenta un encanto innegable, reforzado por una aguda percepción de los bellos escenarios (brillante fotografía de Céline Bozon) y un juego discreto con los clichés (una sublime decoración turística, las distintas etapas del amor naciente con el clímax de una sorprendente escena de amor carnal ilustrada con fotografías).
Pero que también muestra a la directora profundizando, sin artificios, en los temas simples y profundos de la vida: la muerte, el duelo y el renacimiento.
Uno de sus puntos fuertes es una forma esteticista pero no cursi, como la Girard filma a Sidonie en los lugares que le va descubriendo su editor. También su reflexión sobre la relación entre vida y la literatura, y su manera lúdica de hablar de la memoria romántica de la protagonista en clave fantasmal, con unos apuntes espectrales muy divertidos.

Una mujer mayor que encuentra un nuevo propósito vital
Estrenada en la sección Venice Days del Lido, la tercera película de Girard se inspira en el maestro japonés Yasujir? Ozu, por lo que quizás resulte demasiado sobria y minimalista para convertirse en un gran éxito del cine de autor.
Pero es también una mirada inteligente y reflexiva a una mujer que encuentra un nuevo propósito en la vida a una edad avanzada, lo que podría atraer especialmente al público mayor.
En muchas películas de autor, la estética introspectiva suele ser sinónimo de una visión sombría del mundo (como en Michael Haneke), pero lo gratificante de esta cinta es cómo termina llevándonos en una dirección diferente, más esperanzadora, hacia el amor.
El fantasma no atormenta al personaje de Huppert tanto como la invita a superar sus muchos demonios y, tal vez, a escribir otro libro. Sidonie puede sentirse como pez fuera del agua en un país extranjero, pero al fin puede encontrarse a sí misma.
LOST IN TRANSLATION (2003). Un actor norteamericano decadente y en horas bajas, Bob Harris (Bill Murray), llega a Tokyo para hacer un anuncio de whisky japonés. El personaje atraviesa claramente un mal momento y no para de beber en toda la película a la vez que no duerme. En el mismo Hotel donde se aloja, conoce a una joven casada con un fotógrafo, Charlotte (Scarlett Johansson).
Ella se aburre mortalmente mientras su marido trabaja. En una ciudad de mucho ruido y agitación (imágenes, sonidos, voces, autos, etc.), Bob y Charlotte comparten sus vidas vacías y sin sentido, y de esta forma se van haciendo amigos y saliendo de lugar en lugar, de fiesta en fiesta. Pero a la vez, empiezan a preguntarse internamente si esa amistad podría llegar a más.
Es una película que parece pura poesía. Una película sin sobresaltos, sin sexo ni disparos, un filme intimista con la excelencia de la directora Sofía Coppola siguiendo un guion muy original y arriesgado de su misma firma (Oscar en 2003).

Se trata de una película sencilla y a la vez profunda, muy humana, muy sensible, película deliciosa donde las haya, una cinta que vivifica, que brilla, cargada de sarcasmo y de ternura. No es un filme al uso, de hecho, la Coppola bien puede enorgullecerse de ser una directora diferente y muy atenta al verso de sus fotogramas.
Hay que decir en este punto que esta película ha obtenido premios diversos: Premio Cesar mejor película extranjera, 2004; Globo de Oro 2003 mejor comedia; 3 premios BAFTA, 2003: Mejor actor (Murray), actriz (Johansson) y montaje; o Premio Especial National Board of Review a Sofia Coppola. O sea, no es cualquier cualquier cosa.
Pero hay mucho más, como la hermosa fotografía de Lance Acord, la música de Brian Reitzell y Kevin Shields. PERO si yo algo destaco de esta obra son, además de la dirección y el guion, sus interpretaciones.
Bill Murray está inconmensurable, tanto que parece que sólo pusiera su cara pues es como si no interpretara; con este trabajo Murray hace “fácil” lo que no lo es, nunca estuvo mejor este gran actor. Y ni que decir tiene la Johansson que está deliciosa, suave, brillante: no va más.

Al principio la peli parece que va a resultar aburrida, pero no tardan en dispararse los fusibles de la sensibilidad, y entonces te vas dando cuenta de que la historia te lleva por derroteros intrincados.
Dos personajes fuera de sus países, de su cultura, de sus vidas y que, no sé si por ello o a pesar de ello, establecen un lenguaje propio, una sintonía sin exabruptos, pero muy intensa. Frescura, es lo que caracteriza esta cinta, aire renovado que brota en cada escena.
Con algo de suerte, muchas personas viven la magia de un roce, una caricia, una sonrisa furtiva (como la que la Johansson a Murray en un Pub), alguien que te espera en silencio, una lucecita a lo lejos de un paisaje oscuro. Pues bien, Coppola sabe llevar a la imagen lo impalpable, lo impronunciable, lo inasible.

Uno puede agotar los calificativos con este filme natural y sencillo y complejo a la vez, serio e irónico. Pero el caso es que más que seguir hablando o escribiendo yo, a quien no la haya visto, se la recomiendo; es de esas pelis que te hacen remontar el corazón como el águila y te animan a vivir la vida de otra manera.
Y al final, esa extraña pero previsible despedida, temblorosa como una hoja al viento, miradas sin consuelo y la imagen de un auto que se aleja de la vida mientras suena el “Just like honey”, de The Jesus and Mary Chain.











