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Hoy traigo dos comedias francesas en cine de estreno, mientras en la primera en la trama vemos cómo se perturba la relación familiar, en la segunda, es la baja talla del filme lo que llama la atención.
Estas obras son: Mis queridísimos padres (2026), de E. Patron; y, Atrapa un millón (2026), de G. Vigneron.
MIS QUERIDÍSIMOS PADRES (2026). Película que se disfruta si no se espera de ella una comedia convencional, ni una peli humorística a palo seco, sino más bien especie de drama familiar que tiene en sus briznas de comicidad una manera de mecanismo de defensa y de expresión.
Alice y Vincent Gauthier convocan urgentemente a sus tres hijos a su casa campestre. Estos llegan aterrados temiendo lo peor, pues la muerte y la enfermedad están omnipresentes en sus mentes por sus padres mayores.
Sin embargo, la noticia, tras un preámbulo de incertidumbre y angustia por parte de los hijos es que a sus padres les ha tocado el premio gordo de la lotería. El problema y la cuestión central es que no piensan repartir ni un euro de la fortuna.
Pero para peor, la cantidad de dinero ganada se la van a gastar en un viaje a Camboya y en la construcción de un orfanato para niños pobres; este plan se abre a preguntas, explicaciones a medias, reproches y la codicia de los vástagos.

Entre verdades ocultas, palabras no dichas y celos, la angustia de unos y otros, el repaso a sus vidas y más, la familia acaba revoltosa y puesta patas arriba.
La cinta es adaptación de la obra teatral escrita por los hermanos franceses Emmanuel y Armelle Patron, que ha sido llevada a la pantalla por Emmanuel, con guion de ambos Patron. La obra, más que una comedia amable, tiene un tono oscuro que, por momentos, bordea la tragedia.
Digamos que el humor hace las veces y funciona como una herramienta “colchón” para abordar cuestiones poco complacientes. Tal la interrogante sobre qué ocurre cuando una familia en apariencia normal descubre que la ambición y la pasta pueden modificar pautas y reglas de convivencia comúnmente aceptadas.
El premio de lotería no es tanto el centro de la historia como el detonante que permite poner al descubierto las tensiones, frustraciones y rencores que permanecían ocultos bajo una apariencia de normalidad.

De modo que a lo largo del metraje presenciamos la transformación de esa familia desde la mirada de unos padres que parecen no comprender del todo qué está ocurriendo.
André Dussollier y Miou-Miou interpretan a un matrimonio encantador, ingenuo y estoico que contempla cómo sus hijos van trasluciendo y haciendo brotar una creciente mala baba y una discordia con saña, que pone en solfa los vínculos familiares.
Al principio, lo que parece una sucesión de bronquitas y situaciones cómicas va adquiriendo un tono cada vez más incómodo y la cosa va subiendo de decibelios agresivos. El causante para que afloren las miserias de los hijos, es el vil metal. Los jóvenes, en una escalada tan real como grotesca, parecen empeñados en descuartizar su propia familia.

Es desde una obra muy francesa, lo cual no quiere decir que en España no ocurra lo mismo. Es el estilo y la manera en que se cuenta la fatalidad del caso, lo que podría hacer que no encaje bien con nuestro humor y nuestras maneras más quevedescas y quijotescas de entender la vida.
La manera de entender las relaciones familiares y los códigos del humor, diálogos y la ligereza y amargura soterradas, no llegan al directísimo estilo hispano, menos cínico y más “directo al corazón”, sin tanto merodeo perversillo.
La larga surrealista secuencia de la escopeta, pongamos por caso, participa de cierto tono absurdo y turbador que recorre la película, más próximo al surrealismo, alejado del orden convenido para una comedia al uso.
Pero es al final cuando aparece el vuelco plan molinete. Aquí sí sorprende el filme y recobra el componente burlón, que proporciona una nueva lectura a lo que se ha visto con anterioridad. El desenlace consigue cerrar el entramado satisfactoriamente, sin renunciar a una buena dosis de humor negro, drama familiar e incluso crueldad y fatalidad.
Con un guion limitado, es el reparto el que eleva el conjunto y mantiene a flote esta historia familiar. Además de los protagonistas cuenta con Arnaud Ducret, Thomas Slivéres y Pauline Clément como los tres hijos en liza.
El reparto ejecuta la obra con solvencia, especialmente los veteranos Dussollier y Miou-Miou, magníficos como matrimonio “progre” que contempla con perplejidad, cómo el dinero puede torpedear la familia.

Tienen especial gracia las apariciones y desapariciones de la moral, el fariseísmo ideológico y las bajezas por unos cuantos euros de más.
Además, ni los Patron ni su película dan la carga con lo íntegro y lo decente, lo cual permite al espectador, hartito de monsergas de vanguardia social, seguir con una sonrisa complaciente todo ese fregado de conciencias.
Película que se disfruta si nos preparamos para visionar lo psicológico y lo social, de un drama familiar cuyo humor se fundamenta en los matices y claroscuros propio del espíritu humano: malicia e hipocresía incluidas.
Revista ENCADENADOS
ATRAPA UN MILLÓN (2026). Stam, sometido a una gran presión por el ambicioso y serio director de operaciones de una empresa de grandes construcciones, pierde el norte y entra en pánico cuando se entera de que será despedido injustamente.
Tal es así que, de manera impulsiva, decide robar un millón de euros de la caja fuerte de la empresa. Tira la llave y huye. Es dinero negro fruto de las “mordidas”.
Con los billetes se dirige al aeropuerto con su insoportable novia Marine. Pero de camino, en una llamada le dicen que va a conseguir el ascenso soñado. Tiene una noche para enmendar su error y devolver el millón a la caja fuerte. Para ello, recurre a Hippolyte, un cerrajero de pocos escrúpulos. Las cosas se complicarán.
Nueva cinta de Grégoire Vigneron, donde el ritmo narrativo se apoya en situaciones límite y personajes empujados a actuar por impulsos contradictorios. Pero esta mezcla no da para mucho.

Quien detona o empuja la trama es Stan, un empleado convencido de que su carrera profesional se ha estancado de forma irreversible. Tiene el recelo de haber sido descartado para promocionar y actúa fruto de una caída emocional.
Pero como he apuntado, una llamada inesperada lo cambia todo. A partir de ese momento, la película reformula su objetivo. Stan ya no necesita escapar, sino deshacer el error. Dispone de unas horas para devolver el maletín maléfico. El tiempo será el principal enemigo.
Stan recurre a Hippolyte, un cerrajero tan eficaz como poco preocupado por la ética profesional. Un señor con mucho mundo y experiencia, de abiertas luces como pillo.
La incorporación de este personaje introduce una nueva capa de enredos, encuentros incómodos y situaciones al límite, donde la improvisación marca el tono del relato: errores en cascada y soluciones provisionales que rara vez resuelven el problema.

En el reparto encontramos nombres habituales del cine francés, sobre todo de comedias, empezando por el veterano Christian Clavier, a quien sigue Rayane Bensetti, y entre ambos, se ofrece una mezcolanza de humor, crítica a los abusos de poder en el trabajo, robos y amoríos.
Y a un despropósito le sigue otro, con un humor chillón por momentos, con cierto mal gusto, lo cual hace a que el espectador, resignado, quiera que aquello acabe cuanto antes.
A Christian Clavier lo ponemos a la encabeza del elenco, junto a Rayane Bensetti y Gilles Cohen, acompañados por Claire Chust y Julie Ferrier, entre otros. Cada uno aporta matices distintos a una historia coral caótica que se apoya tanto en los diálogos como en la sucesión de situaciones disparatadas.
Como dato de interés, Clavier se encarga de dos papeles reconocibles: el de cerrajero caradura y el de su madre desmemoriada, los dos roles con más vis cómica. Y es así como se monta esta buddy movie o peli de amiguetes que funciona regular.
Ambos protagonistas no pueden ser más diferentes y eso marca uno de los pequeños tantos definitivos en esta historia, apoyándose en el carisma de estos dos antitéticos personajes condenados a colaborar.

Lo que ocurre es que la historia está tan mal escrita, que reparto poco puede hacer por sacar a flote la obrita. Filme supuestamente de entretenimiento pasajero que ofrece una evasión poco exigente con el espectador.
Me sabe mal hablar así, pero esta película es un auténtico sancocho que me pedía huir del cine de inmediato, cosa que nunca hago por si acaso… Los diálogos resultan por momentos vergonzantes e indefendibles.
Excepto la fotografía de Léo Lefèvre, todo en la película es un naufragio y debería suponer un freno en la producción de este tipo de películas. Porque para productos así, ninguno.
La comedia francesa ha tocado fondo con este bodrio inconmensurable.











