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Cuando era muy joven, durante una temporada me aficioné a la novela policíaca de Agatha Christie, pero cuando descubrí a Simenon, a su personaje Maigret, enseguida me di cuenta de que me gustaba más esa novela psicológica y el crimen como excusa para explorar el alma humana y las miserias sociales.

Desde entonces, en cine he visionado películas de A. Christie y de Simenon, pelis a las que me refiero ahora:

Maigret y la muerte del embajador (2026), de B. Bonitzer; Maigret (2022), de P. Leconte; o El comisario Maigret (1958), de J. Delannoy.

MAIGRET Y LA MUERTE DEL EMBAJADOR (2026). El comisario Maigret es convocado a toda prisa al Quai d'Orsay, lo cual que acude con el comandante Janvier. Allí está Mademoiselle Larrieu muy traumada y en shock. Ha descubierto el cuerpo acribillado a balazos de Monsieur Berthier-Lagès, renombrado exembajador al cual sirvió 46 años.

En el apartamento de la víctima, Maigret y Janvier encuentran cientos de cartas, de una correspondencia romántica que el diplomático mantuvo durante cincuenta años con la princesa de Vuynes.

El esposo de la tal princesa, extraña coincidencia, acaba de fallecer. Maigret, al entrevistarse con miembros de ambas familias y al sospechoso silencio de Larrieu, Maigret se va encontrando con un rosario de sorpresas.

Un lustro después del Maigret encarnado por Depardieu para Patrice Leconte, llega ahora una versión mucho más ligera y estilosa del comisario creado por Simenon, encarnado por Pascal Bonitzer y de un magnífico Denis Podalydès, junto al resto del reparto; una versión más ligera del comisario en toda su larga historia.

En esta entrega, Bonitzer traslada la acción de la novela Maigret y los ancianos (1960) a principios del siglo XXI, a una modernidad por los pelos exenta de teléfonos celulares o “inteligentes”.

Tiene una puesta en escena clásica, o, más bien, sobria y elegante. Brilla por su clase y por cierta gracia, que nos sitúa muy cerca de la no menos extraordinaria “El cuadro robado”, de nuevo en una especie de observación y análisis de un microcosmos conservador, privilegiado y casi atemporal, parisino.

El despiadado mundo de las subastas, la burguesía agonizante del 7º distrito parisino. Una película flemática e implacable en su trama, que nos deja con alguna duda, y deviene obra satisfactoria.

El filme de Bonitzer es de intriga detectivesca seria, en la que no hay ni un solo tiro, ningún momento de acción, suspense, riesgo o peligro. Sólo investigación, interrogatorios, pistas, sospechas y sospechosos.

Tiene interés cuando vemos al comisario de Simenon y su mujer pidiendo en un restaurante unos caracoles (él) y unas vieiras (ella) que conocer la identidad del asesino.

Todo es sobrio, elegante, pausado, clásico. Y las interpretaciones, brillantes. Película de género sin grandes alardes, que tiene el principal valor de recuperar de nuevo al icónico personaje, interpretado solventemente por Podalydès.

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MAIGRET (2022). Patrice Leconte adapta la novela de Simenon de título Maigret y el misterio de la chica muerta, publicada en 1954, cuando el escritor estaba en Estados Unidos, por donde viajó diez años, antes de volver a Francia primero y a Suiza después.

Interpretado por un tremendo Gérard Depardieu, en la historia que nos ocupa Maigret tiene 73 años y sigue sin jubilarse, aunque su salud está quebrada por el sobrepeso y el agotamiento.

La historia tiene los ingredientes habituales de la excelente narrativa del escritor belga: una trama criminal sencilla, la mirada cansada de un hombre marcado por la muerte de su propia hija, que afronta su trabajo con inercia vital, pero no con cinismo, sino movido por la curiosidad y la piedad que despierta en él la condición humana.

En el París de los años cincuenta, el cuerpo de una hermosa joven vestida con un elegante vestido de noche aparece en medio de una plaza. El famoso inspector Jules Maigret investiga el caso, pero le resulta imposible identificar a la víctima: nadie parece conocerla.

En el transcurso de sus investigaciones, Maigret se cruza con Betty, una joven delincuente que guarda un asombroso parecido con la víctima. Esto despierta en Maigret el recuerdo de otra desaparición, mucho más antigua e íntima.

En esta ocasión Maigret investiga el crimen de modo minucioso y sin alharacas, el comisario va tirando del hilo hasta sacar el ovillo, localizando el pequeño apartamento que ocupaba, y relacionando a la asesina con una antigua inquilina, ahora actriz de segunda fila y comprometida con un hombre rico que vive con su madre.

Leconte se pliega a esas señas de identidad anodinas que conforman las investigaciones típicas de Simenon, que tanto fascinaron a Claude Chabrol, y que sirven para atrapar ambientes sórdidos y perversiones pequeñoburguesas.

Gérard Depardieu está sensacional, hermético y tristón, algo que podría confundirse con la sutileza y la agudeza de los diálogos. Acompañan Aurore Clément, Melanie Bernier o Anne Loiret.

Resulta sugerente insinuar el matrimonio del protagonista, y la hija que tuvieron, que de algún modo evoca a Jules a la hora de resolver el caso, como si de algún modo se lo debiera a ella.

La paleta de es de colores apagados en la fotografía de Yves Angelo, sensacional la música de Bruno Coulais y el filme quiere deviene especie de elogio al aburrimiento y las vidas sin brillo, algo que tiene un regusto a decepción.

Hay un pequeño homenaje al cine, en una especie de autocita y justificación: las imágenes de la pantalla sirven para evadirnos, pero no dejan de atrapar nuestra irremediable mediocridad, vendría a decir el pesimista Leconte.

 

EL COMISARIO MAIGRET (1958). La primera película de Maigret protagonizada por Jean Gabin, fue un éxito rotundo gracias a la fluida dirección de Delannoy y a las impecables interpretaciones de su magnífico reparto. Es considerada, y yo acuerdo, una de las mejores películas de Maigret.

En la historia tres mujeres aparecen muertas, con la ropa rasgada, en el barrio parisino de Le Marais. Tras el cuarto asesinato, el inspector Maigret ve que se trata de un asesino en serie, un hombre con problemas mentales, y decide tenderle una trampa.

Al considerarlo un narcisista, ante la prensa, el inspector hace pasar a un antiguo criminal por el asesino, con la esperanza de obligar al verdadero culpable a actuar de nuevo y, así, revelar su identidad.

Una novela notable, adaptada libremente

Escrita y publicada en 1955, la novela «Maigret tiende una trampa» fue rápidamente considerada una de las mejores de la serie del inspector Maigret, de Georges Simenon. Más psicológica que sensacionalista, la novela se centra en describir un interesante caso psiquiátrico, buscando adentrarse en la mente perturbada de un asesino en serie, tema original para la época.

Jean Delannoy fue elegido para dirigir el largometraje y el cineasta trabajó en la adaptación con Rodolphe-Maurice Arlaud, para fue uno de sus primeros proyectos cinematográficos. El inimitable Michel Audiard aportó su inconfundible toque a los diálogos. Para interpretar al famoso comisario, Delannoy se reencontró con Jean Gabin, a quien ya había dirigido anteriormente (La minute de vérité,1952).

Un reparto de estrellas

Gabin está rodeado de un reparto a su altura: Jean Desailly, tan culpable como víctima, un pobre ingenuo por haber sido amado en exceso; Annie Girardot, toda aparente contención, abnegación y mentiras para proteger a su marido; la fantástica Lucienne Bogaert, con su inimitable voz y presencia a la madre, encerrada en su odio hacia un marido fallecido que la engañó, encerrada en su misoginia y en su amor maternal. Y, por supuesto, Paulette Dubost, deliciosamente ingeniosa, interpretando a Mauricette, la carnicera, un papel pequeño pero fundamental.

A menudo criticado por su carácter académico, Jean Delannoy logra crear una de sus mejores películas. Se apoya en la magnífica iluminación de Louis Page, que juega maravillosamente con las sombras. Los decorados de René Renoux son exquisitamente bellos y perfectamente creíbles: Resulta difícil distinguir entre las escenas de estudio y las rodadas en exteriores, en el barrio parisino de Le Marais.

El estudio de un caso psiquiátrico rara vez se mostraba en ese momento.

Visualmente impactante, el filme se beneficia, además de una dirección que evita la teatralidad —a pesar de las numerosas escenas de interior— gracias a movimientos de cámara discretos, fluidos y efectivos. La cámara de Delannoy capta con maestría hasta el más mínimo detalle que impulsa la trama.

Esta precisión, propia de la alta relojería, compensa la considerable duración de la película (casi dos horas), aunque el suspense en torno a la identidad del asesino se revela con bastante rapidez.

En realidad, al igual que en la novela, lo que interesa a los autores por encima de todo es la descripción de un caso psiquiátrico grave, basado en particular en la impotencia sexual y las consecuencias derivadas de la presencia de una madre posesiva y castradora.

Gabin y Desailly: choque de titanes

Si bien las escenas de confrontación entre Gabin y Girardot son entretenidas, la película cobra verdadero impulso con la llegada de Jean Desailly. El actor de teatro ofrece una interpretación extraordinaria, casi genial. Su actuación expresiva contrasta con el comportamiento más introspectivo de Gabin.

En un juego del gato y el ratón, los dos personajes —y, por lo tanto, los dos actores— intercambian pullas con constante deleite. Sin duda, son un factor clave en el éxito de esta notable adaptación.

También es importante señalar que las representaciones de los crímenes de un asesino en serie no eran muy comunes en el cine francés de la época. Esta primera adaptación de Maigret, protagonizada por Jean Gabin, llegó cuando el actor experimentaba un impresionante regreso a la fama.