“Nuestra harina El Vaporcito siempre apoya la cultura, el deporte y el arte”.

Pocas artes han fascinado tanto al cine como el circo. Bajo la carpa conviven el riesgo y la disciplina, el asombro del público y la soledad del artista, el brillo de la pista y una vida nómada que rara vez resulta luminosa entre bastidores.

Hay películas con el circo como protagonista como: El circo (1928), de Chaplin; El mayor espectáculo del mundo (1952), de De Mille; Trapecio (1956), de C. Reed; El fabuloso mundo del circo (1956), de H. Hathaway; El último verano (2009), de J. Rivette; o, Tal vez (2026).

Trapecistas, jinetes, payasos y empresarios circenses sirven para contar historias de amor, ambición, sacrificio, decadencia y libertad.Pero hay también asuntos turbios, engaños, transgresiones morales e incluso conductas perversas o inapropiadas.

De esto y más hablo hoy en esta entrega con películas como: El Callejón de las almas perdidas (2021), de G. del Toro;El gran showman (2017), de M. Gracey; y La parada de los monstruos (Freak) (1932), de T. Browning.

EL CALLEJÓN DE LAS ALMAS PERDIDAS (2021). Años 40, II Guerra Mundial, un hombre huye de su casa que acaba de incendiar matando a su anciano padre. Luego, un circo, personajes curiosos, una muchacha bonita; y otros números con forzudos y enanos, o echadoras de cartas. Y el “engendro”, humano desaliñado como un animal, que come carne cruda.

Cuenta el filme la presencia y el aprendizaje en el circo del hombre que ha llegado sin nada, huyendo, pero que es ambicioso y pone atención a los trucos que le enseña la vidente echadora de las cartas del Tarot, y los trucos psicológicos del hombre mayor que vive con ella.

El buscavidas (Cooper) aterriza en la feria y de la mano de la pitonisa (Collette) y su gancho (David Strathairn), y se introduce en el arte de hacer que los ilusos confundan la realidad y el deseo.

Luego vendrá el amor, cuando el advenedizo enamora a una chica bonita y se marcha con ella del circo a la ciudad en pos de mejores locales y espectáculos más lucrativos.

En la City se encuentra con las enseñanzas de una atractiva psicoanalista (Blanchett) de gran apariencia y sofisticados métodos. El joven y apuesto “pitoniso” seduce a la psiquiatra y se convierte en un mentalista pedestre, con caché: estrella del timo sobrenatural.

Desde esa posición de misterio y pseudo-poder espiritual, nuestro hombre embauca a personas importantes de la ciudad, como un juez o un hombre rico (Richard Jenkins), todos anhelando comunicarse con personas queridas ya fallecidas. Son personas que los atormenta, y que no son sino ellos mismos.

Del Toro, construye una elaborada, barroca y clásica obra, depurada puesta en escena y aspectos técnicos de primer nivel: brillante ambientación; generoso diseño de interiores; exótico universo de trucos y magia; o la composición de personajes.

El reparto es de primer orden: Bradley Cooper sembrado como mentalista seductor y timador; Rooney Mara, muy bien como la bonita y buena mucha; Cate Blanchett, arrolladora y potente terapeuta; Toni Colette, la echadora de cartas y mujer acogedora; Willen Dafoe, como espeluznante capataz de feria; o Richard Jenkins, extraordinario millonario siniestro y resentido de su pasada vida.

En el filme tres actos diferentes y extensos: el ascenso del estafador; el auge al Olimpo de la videncia y la farsa espiritista; y la caída de todo un arribista profesional.

Película, en fin, que en su conjunto es sobradamente meritoria. Uno sale del cine con la sensación de haber asistido a una película de categoría.

Publicado más extenso en revista de cine ENCADENADOS

 

EL GRAN SHOWMAN (2017). Hay biopics, como este, que resultan ser pura fantasía por su capacidad de ofrecer una realidad deformada del personaje. En este caso se trata de Phineas Taylor Barnum (1810-1891), un empresario circense estadounidense que fundó el "Ringling Bros. and Barnum & Bailey Circus", conocido como "el mayor espectáculo en la tierra".

Su éxito se basaba en rentabilizar económicamente la exhibición de fenómenos humanos con llamativos rasgos físicos para el espectador. Pues bien, el tal sujeto, lo que fue en realidad era un pájaro de cuidado acusado de falsificador y otros.

La dirección de Michael Gracey es razonablemente buena, con un guion sencillo y delirante, que se adapta como anillo al dedo a las exultantes composiciones musicales de Benj Pasek y Justin PaulHan.

Lo que resulta es un concentrado aplastante de show-stoppers y una épica parecida a un concurso de música concanciones con ritmo en crescendo, que aclaman al empresario Barnum, que es presentado como un romántico soñador.

Mirando la pantalla te ves envuelto por la coreografía y escenas visualmente brillantes. Con el mérito a la fotografía de Seamus McGarvey.

El reparto es sobre todo un enérgico Hugh Jackman al son del cual bailan el resto de personajes: la preciosa y feliz esposa (Michelle Williams); un atractivo Zac Efron como exitoso joven de teatro en el circo; la actriz y cantante Zendaya en el papel de preciosa trapecista; o, Rebecca Ferguson como la soprano cautivadora conla mejor canción de la película, “Never Enougth” (cantada por Loren Allred).

Michael Gracey, experto en efectos visuales construye un filme espectacular, cuyo ritmo no da tregua; la cinta tiene un frenesí de corte romántico sobre un hombre genial y único que centra su negocio en un grupo de pobres seres tullidos, deformes y muy singulares (el hombre más gordo del mundo, el más alto, la mujer barbuda, el enano, etc.).

Mundo éste que, salvando las diferencias, recuerda una de las películas más impactantes y dramáticas que comento a continuación: La parada de los monstruos (1932).

Concluyendo, biografía prêt-à-porter, algo parecido a un cómic de historias alocadas a las quele habría faltado un puntito de llanto. Sin embargo en este caso no es así, al revés, la melancolía, cuando la hay, apenas dura unos segundos, pues rápidamente es tapada por el ritmo de las canciones.

Incluso acaba la película con una incontestable cita del propio Barnum que se cumple a rajatabla en el metraje: “El mayor arte del mundo es el que hace felices a las personas”. La cuestión es que no tardas en darte cuenta de estamos ante un producto desabrido.

 

LA PARADA DE LOS MONSTRUOS (Freaks) (1932). Cuenta el film la vida en un circo de un grupo de seres deformes, tullidos y personas con amputaciones que sirven de espectáculo grotesco.

El director Tod Browning era ya en 1931 una celebridad con su película Drácula, pero decide volver a la Metro-Golwing-Mayyer para realizar esta película a instancias de su amigo el enano alemán Harry Earles, quien le sugirió la idea de adaptar el cuento de Tod Robbins, Espuelas (Spurs, 1932), relato que gira alrededor de la venganza de un artista de circo enano y despechado.

Browning aceptó y sería justamente Earles quien habría de protagonizar el papel principal, y también su hermana Daisy Earles. Browning consideró que debía ampliar el número de personajes con deformidades físicas, que en esta película eran personajes deformes reales, que irían desfilando de escena en escena siendo ellos el auténtico centro de la historia, mostrando su manera cotidiana de vivir.

Al ser reales las deformidades y enfermedades la película está rodada en tono documental, que se ve acentuado sobre todo en las secuencias que muestran escenas diarias de los raros o “freaks”.

Es interesante saber que el director británico Browning huyó siendo adolescente de su casa para unirse a una feria donde se exhibían estos fenómenos humanos (freaks) o “monstruos” (entendido como cosa extraordinaria), aquejados de diferentes malformaciones o rasgos físicos impactantes.

Fue esa experiencia con este tipo de seres, lo que le llevó a crear uno de los melodramas más turbadores de la filmografía universal, una película de esas que no se olvidan por su crudeza y a la vez, por su análisis del espíritu humano.

La película, que se inicia a modo de cuento cruel, va derivando hasta hundir sus raíces en el espanto. Lo genial de Browning es que, llevado por el clasicismo del terror, pudo subvertir este conservador paradigma cinematográfico, para brindarnos una obra moderna, a pesar de que tiene casi un siglo.

El terror de esta cinta nace de un hecho excepcional con personajes extraños. Pero en esta película contiene un elemento insólito, dado que en la historia no son los “freaks” (raros) lo “anormal”, sino al contrario; es la “normalidad”, la hermosura de Cleopatra y la fuerza de Hércules, lo anormal, lo que conforma un furibundo alegato en favor de las diferenciasen la historia del cine.

December 1931: Real-life siblings Daisy and Harry Earles (1902 - 1985) play the diminutive couple Hans and Frieda in 'Freaks', directed by Tod Browning, while Olga Baclanova (1899 - 1974) and Henry Victor (1892 - 1945) play the scheming Cleopatra and strongman Hercules. (Photo via John Kobal Foundation/Getty Images)

El excelente guion escrito por Willis Goldbeck, Leon Gordon, Al Boasberg, quenos cuenta una historia en dos capítulos. El primero de ellos muestra cómo los pobres tullidos y deformes son humillados por los “guapos”. Y el segundo, muestra la violencia de los monstruos hacia la belleza.

Excelente y apropiada la música del gran Richard Wagner que da un tono enérgico y potente a la historia. Muy buena la fotografía en Blanco y Negro de Merrit B. Gerstad.

El reparto es excelente en todos los participantes, unos por profesionalidad y otros por su naturalidad. Así: Harry Earles y Daisy Earles (los enanos, ambos hermanos); Wallace Ford (como el payaso Phroso, muy sarcástico); Leila Hyams (bonita amaestradora de animales); Olga Baclanova (hermosa trapecista proveniente del cine mudo); Henry Victor (gran trabajo como Hércules).

También Francis O’Connor (mujer sin brazos) y Martha Morris (también tullida); Peter Robinson (esqueleto viviente); Jenny Lee y Elvira Snow (microcefálicos o “cabezas de alfiler”); igual Schlitze (Simon Metz), el más afable de los tres “microcefálicos” y que cautivó al público en el rodaje y en la pantalla con su sentido del humor, etc.

La película resultó desastrosa comercialmente y fue el comienzo del declive de Tod Browning (injusticias vieres), por su audacia, pues su película horrorizó literalmente, tanto al público como a los directivos de la Metro-Goldwyn-Mayer.Todos salvo el productor Irving Thalberg que la defendió con pasión hasta el final.

Hubo airadas reacciones de los espectadores, incluso desmayos y gritos. Aquella sociedad de 1932 no estaba preparada para valorar esta controvertida película. La Metro redujo el metraje en casi media hora y añadieron un principio y un final felices.

Los freaks con el director Tod Brwning.

No sería hasta treinta años más tarde, años sesenta, cuando se redescubre la obra de Browning. Gracias a ello se proyectó su película en el Festival de Venecia. Ello hizo descubrir esta genial obra a una generación de espectadores y crítica, ya en un contexto más transgresor y contracultural, que estaba preparado para entenderla y admirarla.

En 1994 fue considerada «cultural, histórica y estéticamente significativa» por la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, siendo elegida para su preservación en el National Film Registry.

Y acabo con una curiosidad, pues hoy es común la utilización de la palabra freaky (“friqui”). Fue una de las consecuencias de esta película la aparición del término inglés “freak”, queriendo significar alguien anormal, extraño o marginal.

Luego, el término acabó adaptándose al español para denominar a personas o comportamientos poco usuales o transgresores; y, transcurridos los años, para designar a personas interesadas y con desmedido gusto por una afición o hobby que se acaba convirtiendo en un estilo de vida.

Revista Encadenados