Comenzó el ciclo taurino del verano portuense, y nada ha cambiado a pesar de haber transcurrido un año. La temporada taurina de El Puerto echó a andar con una novillada que confirmó una vieja máxima: la ilusión llena los carteles, pero no siempre llena la plaza ni emociona el ruedo. Un tercio de entrada largo, un ambiente agradable y un público dispuesto a conceder el beneficio de la duda a cuatro jóvenes que llegaban con poco que ganar y poco que perder. Porque un fracaso en El Puerto no tiene repercusión aunque te echen los dos novillos al corral. Como tampoco tiene eco alguno cortar orejas porque desde que preside el señor Diosdado, -como así lo llaman en círculos policiales- okupa el palco, las orejas no se cortan. Las orejas se les caen a los astados.
El problema es que el toro no entiende de expectativas. El encierro de Rocío de la Cámara y Cortijo de la Sierra salió tan desigual como una conversación de ascensor. Hubo movilidad, sí; hubo nobleza en algunos ejemplares, también; pero predominó esa incómoda sensación de que el protagonismo nunca llegó a instalarse en el ruedo. Faltó raza, faltó emoción y, sobre todo, faltó ese punto de transmisión que convierte una novillada correcta en una tarde memorable. Aunque hace muchos años que en esta plaza un novillero pega un golpe en la mesa.
La estadística dirá que se cortaron seis orejas. Como si se cortan dieciséis. La memoria, probablemente, dirá bastante menos. El filántropo Carrero no tiene intención de irse a su casa a jugar al dominó en el bar de la esquina. Solo nos queda la esperanza de que, si se cumple la alternancia, hoy no presidirá la corrida televisada por Canal Sur, y de esta manera, Andalucía no será espectadora de tan lamentable presidente. Ya quisiera parecerse un poco al usía de Jódar, un señor que en una plaza de tercera dignifica el palco en su justa medida.
Víctor Barroso volvió a demostrar que posee oficio y cabeza. Toreó con serenidad y sin acelerarse, algo poco habitual en un novillero. Pero precisamente por eso se le debe exigir más. Da la impresión de que está preparado para dar un paso adelante y abandonar esa cómoda zona del “cumplidor”. La oreja premió una actuación solvente, aunque no de las que hacen hablar a los aficionados durante semanas. Lo dicho, las orejas se les caen a los astados.
Gonzalo Capdevila puso ganas, muchas ganas. Nadie podrá reprocharle actitud. Otra cuestión es que la voluntad, por sí sola, no basta. En demasiados momentos la faena caminó más por el entusiasmo que por el temple. El público respondió con cariño, quizá también porque jugaba en casa. El cariño siempre suma… aunque no debería sustituir al criterio. Progresa adecuadamente.
Samuel Castrejón dejó probablemente la actuación más redonda del festejo. Pero tampoco fue aquello como para salir dando pases por la calle Valdés. Fue quien mejor entendió el novillo que más opciones ofreció y quien consiguió ligar los muletazos con mayor naturalidad. Sin exageraciones: tampoco fue una faena para abrir una puerta grande histórica, pero sí la más consistente de la tarde. Quizá hubiese sido más digno abandonar la plaza por la puerta de cuadrillas como sus otros dos compañeros.
Y después estaba Antonio Santana. El debut con picadores pesa. Pesa en las piernas, pesa en la cabeza y pesa en la espada. Se notó. El portuense salió decidido a disfrutar del día más importante de su carrera hasta la fecha y terminó viviendo una tarde de aprendizaje. Sería injusto medirlo por los trofeos. Ayer no toreaba únicamente un novillo; toreaba también la presión de su plaza, de sus amigos, de su familia y de todo lo que significa debutar en casa. La afición portuense respondió con generosidad. Quizá demasiada.
Porque existe una peligrosa costumbre en muchas plazas: confundir el aplauso al esfuerzo con el aplauso al resultado. Lo primero es humano; lo segundo acaba perjudicando a los propios novilleros. El futuro de un torero no se construye con orejas benévolas, sino con una exigencia que le obligue a crecer.
Al finalizar la tarde quedó una sensación difícil de esquivar: la novillada cumplió con el expediente, pero difícilmente permanecerá en el recuerdo. Y es que con tanto triunfalismo, nadie se acuerda de un triunfo rotundo, ya que abunda la mediocridad. Fue una función correcta, entretenida por momentos, discreta casi siempre, soporífera por su duración, y sin ese chispazo que justifique el viaje de muchos aficionados. Y quizá eso sea lo más preocupante.
Porque El Puerto no es una plaza cualquiera. Es una de esas plazas donde el aficionado llega esperando acontecimientos. Aquí han escrito páginas inmortales Bienvenida, Paquirri, Curro Romero, Galloso, José Tomás, Morante y tantas otras figuras. Cuando uno entra por la puerta grande de la Plaza Real, la comparación con la historia es inevitable. Ayer nadie escribió una página para la hemeroteca. Simplemente se pasó una hoja del calendario.
Con la esperanza de que el verdadero verano taurino empiece esta tarde. Porque con Morante de la Puebla, Alejandro Talavante y Juan Ortega en el cartel, ya no bastará con cumplir: habrá que emocionar.
FICHA DEL FESTEJO
Novillos de Rocío de la Cámara y Cortijo de la Sierra
Víctor Barroso: oreja; ovación
Gonzalo Capdevila: oreja; vuelta al ruedo
Samuel Castrejón: oreja; oreja
Antonio Santana: oreja; oreja











