Personalmente, si debiera comparar a alguien con Don Pedro Muñoz Seca, sería a Santiago Segura, del que no me cabe duda de que, para mí, se ganará en su día su propio “Don”. El amor por el humor absurdo, la sátira y el ridiculizar a su entorno, con un lenguaje que todos entienden, se mezclan con un ácido humor, con esa flema británica que no descompone el rostro y que, por regla general, solo parte del público sabe captar.

Esta opinión, que es particularísima y que tengo la osadía de compartir, tiene muchos más paralelismos, y aun así me quedo con el uso que ambos hacen del humor blanco: un absurdo y ridículo humor que está por encima de algo tan sucio y ridículo como la política. Ambos vivieron y viven momentos convulsos, en donde la memez extremista nos conduce a situaciones ridículas que son caldo de comedia, y ambos siguen una trayectoria en la que las situaciones creadas por los actuales acontecimientos son dignas de la mayor de las astracanadas.

No me cabe duda de que ambos sufrieron y sufrirán la mordaz crítica y el desprecio de quienes se sientan retratados, ya que vivimos en un mundo plagado de una falsa dignidad digna de estudio.

Pero este fin de semana, su memoria viene a mí por ser el aniversario de su muerte. Y la muerte de Don Pedro, sinceramente, a pesar de la nueva Historia de España del Régimen, forma parte de ella. Y es eso… Historia. Prefiero quedarme con la pena de su muerte, y no con su pena… de muerte; con su teatro, con su risa, con su serio bigote que hacía que sus poses y muecas fueran aún más ridículas. Me quedo con su legado familiar, con su ingente labor literaria y con su eterna mirada de buena gente. Me quedo con el hombre y con el autor, y con su historia, como recuerdo de algo que no debe volver a ocurrir.

Me niego a entrar en la actual corriente de justificaciones; la Historia está clara, muy clara, para quien quiera leerla, con hechos objetivos, como la muerte de Don Pedro, que no está en Sudamérica con Elvis porque fingió su muerte: está en una tumba con un puñado de putas balas disparadas contra él, sin juicio, sin culpa y sin opciones de defenderse, asesinado como un perro.

Aun así, es Historia. Algo que nadie puede cambiar porque es pasado. Podremos endulzar los detalles, cambiar visiones, justificar actos que endulcen la barbarie, reivindicar incluso figuras y admirar a quienes queramos, sean vencedores o vencidos, incluso cuestionar motivos. Pero los actos, los hechos, las consecuencias… esas no se pueden cambiar. Y, al día de hoy, como dijo Alfredo Landa en El crack, “a llorar a Los Paules”, que yo me quedo riéndome con Don Pedro de quienes solo no consiguieron quitarle el miedo.