Prefiero no acordarme de la fecha exacta, pero no fue ni hace tanto tiempo como para que nadie lo recuerde ni hace tan poco. Pero, aun así, las risas siguen sonando en nuestros oídos.

Toda generación tiene sus aventuras, sus sitios y sus momentos, y no me cabe ninguna duda de que, al comparar, la propia siempre es la mejor y la más gamberra. La nostalgia, que siempre se acerca cuanto más nos alejamos y que toma la posición de lo anterior, elevándolo al grado de leyenda urbana, sin nadie por encima, nos hace recordar… y comparar.

Eso me lleva a aquellos tiempos de verano en los que el reloj no se detenía. Jesús, que nos aguantaba todo el año, fin de semana tras fin de semana, se veía gratamente recompensado por el reconocimiento de cientos de forasteros que pedían, además, los cubatas enteros. No como nosotros, que nos habíamos acostumbrado al medio: dos vasos con ginebra y un refresco para compartir.



Con paciencia nos atendía mientras le reprochábamos tener que esperar a que él les hiciera la pelota a los sevillanos y madrileños, que ya por aquel entonces inundaban la ciudad, igual que ahora.

Conforme avanzaba la noche, la calle Cruces se convertía, sin regulación alguna del tráfico, entre Postigo y San Sebastián, en una jauría humana descontrolada y sana. Aquello era como el Puro Latino, pero concentrado en el mismo centro. No creo que nadie pueda hacerse una idea de cómo se lo tomaban los vecinos, pero las protestas solo servían para dos cosas: la primera, que corriese la voz del cachondeo y la marea llegara hasta San Sebastián; y la segunda, que se desbordara entre los tranquilos bares de Postigo y el Pacocha.

Algunos vecinos rezaban para que aquello, que ahora llamaríamos la previa, terminase cuanto antes. Pero de nada servía. La única diferencia era que, sobre las doce o la una de la mañana, ya se podía, al menos, circular.

Esa juventud perdida, que inundaba la esquina del Reloj con el único afán de divertirse entre litronas y medios, al igual que ocurre hoy, procedía tanto de aquí como del resto de la provincia. Era un atractivo reclamo para gente de fuera: muchas camisas de rayas, castellanos y Patrico, mezclados con vaqueros y camisas de OP o, simplemente, de propaganda.

Éramos… delincuentes de litrona, gente sin alma que no respetaba ni el sueño de los vecinos. Algo nunca visto. Nunca visto por los mismos que nos contaban sus barrabasadas.

Éramos gente que vivía en un eterno sueño de juventud, ajena al paso del tiempo, a las entradas y a las canas. Los mismos que hoy nos rasgamos las vestiduras cuando nos vemos a nosotros mismos, como en un déjà vu, borrachos a las seis de la mañana, sin dejar dormir a los mijitas.