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A veces, con la edad, uno se pone nostálgico al rememorar los tiempos de la juventud, épocas felices que se fueron y volaron como el águila. Ya lo dijo el Ruben Darío: “Juventud, divino tesoro, / ¡ya te vas para no volver! / Cuando quiero llorar, no lloro / y a veces lloro sin querer”.
Es la cosa que hoy traigo a colación dos películas que huelen a juventud, una de estreno: Cariñena, vino de mar (2025), de J. Calvo; y Verano del 42 (1971), de R. Mulligan.
CARIÑENA, VINO DEL MAR (2025). Ópera prima del director y guionista Javier Calvo Torrecilla, película sencilla y bonita. Estamos en Galicia, año 1978. Antón (Garisa) es un joven de 18 años de A Coruña a quien le gusta escribir. Sin embargo, la obligatoriedad entonces de hacer el servicio militar unido a los deseos e imposiciones de su padre, le lleva a abandonar su tierra natal.
Está basada en la novela autobiográfica del escritor y periodista Antón Castro. Antes de llegar a los cines, fue estrenada en Aragón el pasado mes de junio. Un joven personaje que huye de un padre autoritario y de las obligaciones castrenses (“Que la música militar nunca me supo despertar”).
En su huida, Antón llega a Zaragoza, uniéndose a otros objetores de conciencia, a la vez que comienza a explorar su verdadera vocación. Pero debe encontrar un trabajo que le permita salir adelante y mantenerse.
La búsqueda de trabajo le conduce hasta Cariñena, la gran región vinícola aragonesa con “denominación de Origen de Cariñena”, lugar simbólico donde confluyen los caminos, el vino y las decisiones vitales. Allí, entre los viñedos y los barracones que sirven de cobijo, Antón forja amistad con otro joven que trata de encontrar su camino, Miguel (Bordanove).
Hace amistad también con Palmira (Miranda) e Isidro, dos figuras que le ayudan a crecer y a comprender el mundo al que se enfrenta.
También conoce Antón el amor en una muchacha llamada Cris. En ese devenir el joven madura, empieza a escribir y a tomar decisiones sobre su vida, España comienza su transición post Franco y aparecen los primeros indicios de una pujante democracia.

Dirección y nostalgia
Calvo opta por un tono pausado, un tempo lento donde lo importante no es tanto lo que ocurre como todo cuanto va germinando en el interior del personaje.
Vamos viendo cómo se suceden períodos que van configurando un mosaico de vivencias y experiencias que hacen las veces de rito de iniciación y apertura a un mundo por descubrir.
Dirección sobria que toma partido por un realismo sin ornamento, lo cual recuerda el cine español ochentero. La voluntad de escuchar a los personajes y dejar que el tiempo fluya sin imponer un ritmo artificial. A mí me gusta así, con carga de nostalgia, aunque por momentos la cinta es en exceso contemplativa.
Pudiera parecer un libreto disperso y con morriña, en el cual diversos personajes entran y salen sin llegar a ser sustanciales ni a transformar el cuento. Algunas situaciones quedan bosquejadas, desarrolladas a medias. La cosa deviene trama que tiene alma, pero a la que le falta más solidez y estructura.
A cambio, la cinta es sensible a los pequeños gestos y a los momentos de intimidad. No hay panfleto en la manera de retratar la transición, tampoco hay épica, tiene más bien una perspectiva terrenal y humana. Lo cual que en ocasiones el personaje parece tener poco empuje dramático, un joven en el que no aparecen genuinos conflictos interiores y la fuerza del relato decae un tanto.

La película vista por la distribuidora y la dirección
La distribuidora Filmax se manifiesta así: "Una historia sobre crecer, elegir, y escribir el propio destino en un país que también intenta encontrarse a sí mismo".
Su director J. Calvo hizo la siguiente declaración: "Es una película llena de luz que remite al verano de nuestras vidas, a los amores estivales, que trata sobre el proceso de encontrarse a uno mismo en la transición a la edad adulta, que tiene como telón de fondo una época de rápidos cambios políticos en el país".
Y en el preestreno en los Cines Palafox de Zaragoza, abundó Calvo: "Los dos motores de la historia son el personaje principal, un antihéroe, y el contexto de la transición política".
Las primeras provenientes de Aragón destacan la belleza de la película por sus espectaculares paisajes de la comarca de Cariñena. Una obra hecha con respeto por sus personajes y con la clara intención de conectar el pasado con la intimidad de quien crece contracorriente.

Reparto
Entre sus intérpretes tenemos al joven Diego Garisa encarnando a Antón, su trabajo tiene una mezcla de contención y vulnerabilidad que hace creíble al personaje. Su rostro transmite incertidumbre, anhelo de cambio, y una tristeza de fondo que por suerte no concluye en melodrama. Un trabajo silencioso y parco, que entronca con el tono de la película, a falta de un momento de fractura para darle profundidad emocional al personaje.
Alejandro Bordanove como Miguel aporta el contrapunto necesario: desenvoltura, cariño y cierto descaro con encanto para un personaje complejo, que Bordanove mantiene en el justo equilibrio entre el bálsamo cómico y el espejo emocional.
Acompañan Itziar Miranda (Palmira), que aun con un rol secundario, cada vez que sale a escena brilla; y Alba Martínez (Cris), Blanca Laínez y Nacho Rubio, entre otros.

Mi parecer y cierre
Cuando la visioné tuve una muy grata impresión de esta película. Sobre aquellos años finales de los setenta, cuando muchos éramos jóvenes, abiertos a lo por venir.
Yo conocí ese tiempo en el que había política, un poco de hipismo, antimilitarismo y diversión, un tiempo en el que no podía faltar el Citroën 2CV descapotable con los jóvenes de pie sobre el asiento trasero, cantando y alzando al aire las manos en señal de libertad, fiesta y alegría.
Es una película modesta, pero cuidada. La fotografía de José Manuel Fandos opta por tonos cálidos, tonos tierra bajo el tamiz del polvo de los caminos rurales. No hay alardes estéticos, pero sí un claro sentido de lugar y tiempo.
Viñedos, interiores humildes, estaciones de tren, habitaciones austeras y una música en armonía de Gonzalo Alonso, crean una ambientación que convence sin que para ello hagan falta elementos de atrezo forzados.
También puede decirse que es una película bonita con mayúsculas, con protagonistas que emanan ternura y buena onda, que habla de la amistad, del amor, de jóvenes que buscan su lugar en el mundo, de pasarlo bien, de una temporada vendimiando en Cariñena, una etapa que dejará recuerdos imborrables.
VERANO DEL 42 (1971). Vi este filme en mi adolescencia. Y tengo el recuerdo de un suave pero potente perfume para mis sentimientos de entonces. Esta película me dejó una huella imborrable y, además, promovió la poesía en mi espíritu juvenil, aunque en el fondo el filme tenga un regusto amargo.
Pero en aquel entonces, en plena experiencia adolescente, ese amor que me parecía extraordinario entre el protagonista y la bella joven para él adulta mujer, me conmovió. Luego he vuelto a ver la obra con otra mirada, pero su impronta sigue ejerciendo sobre mí un mágico influjo.
Se trata de Hernie, quien, en la película, ya de mayor, recuerda la vacación que pasó con sus amigos Oscy y Benji en una isla de Nueva Inglaterra, en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). En ese verano, Hernie se enamoró perdidamente de una joven y atractiva mujer mayor que él. Habría de ser la tragedia la que los uniera.

Dirigió con gran sentido estético y una sensibilidad psicológica excepcional Robert Mulligan, director poco prolífico pero que dejó su imborrable huella con Matar a un ruiseñor, de 1962 o, posteriormente, El otro, 1972.
Tiene un gran guion de Herman Raucher y una música preciosa de Michael Legrand (Oscar), que no se olvida y acorde con la historia, junto a una cálida fotografía de Robert Surtees.
El reparto es de jóvenes actores donde destaca la bellísima Jennifer O´Neill, junto al joven Gary Grimes; los acompañan Jerry Houser, Oliver Conant, Lou Frizell y Shristopher Norris, trabajos muy buenos.
Película llena de encanto, fotografía luminosa recreando aquel verano del cuarenta y dos para tres ingenuos adolescentes, en las bravías pero arenosas costas de Nueva Inglaterra; tres jóvenes que se inician en los misterios de la sexualidad; y el narrador, quien cuenta la historia ya desde su adultez, de cómo se enamoró perdidamente de una preciosa mujer (O´Neill).

El amor del joven es el amor de los espectadores que se enamoran igualmente de la bonita chica y de la propia historia. Historia que tiene un punto álgido, una escena conmovedora, el momento en que ella accede a unirse al muchacho en una relación para ella teñida del dolor de la pérdida. Su marido ha muerto combatiendo.
Película delicada, sentimental, nostálgica: no se me olvida. La he vuelto a ver varias veces más y me sigue emocionando. Y es que en el cine cuenta, no sólo la obra en sí, sino también el momento vital en que uno ve la película.
La cinta recuerda con melancolía la adolescencia vivida durante la II GM. Hoy, más de medio siglo después, el momento nostálgico por excelencia es el recuerdo de haber visto esta película en plena edad del pavo.
Un filme para rememorar el sentimiento más amable, dulce e inolvidable de nuestra existencia: el primer gran amor.











