Un año más, el chirrido del asfalto y ese agradable picorcillo del sol a las doce de la mañana nos dejan solo el recuerdo de la Semana Santa que ha pasado. Atrás queda una semana en la que el tiempo ha sido un firme aliado de unas fiestas que, entre fervor y playa, de seguro se han saldado con un balance positivo en todos sus frentes.

Como no podía ser menos, en la retina quedan los recuerdos de algunas imágenes, fáciles de clasificar, pues nuestra Semana Santa, lejos de las bullas de Sevilla, es una devoción familiar, cariñosamente cercana, alejada de las bullas y en la que apenas se compite entre fervores, ya que cada cual tiene su sello y su sitio.

Sin embargo, lo que siempre fue un sello —que hasta da nombre, para el vulgo, a una hermandad— parecía que se diluía. Recuerdo la majestuosidad que, a la vista de unos ojos entonces adolescentes, tenía el inmenso Olivo que se alzaba en la noche del Miércoles Santo. Así fue durante muchos años, hasta que resucitó en otros tronos ese símbolo de la Pasión.

Cuando aún nuestros corazones seguían teniendo ojos para un solo trono de verdes frutos, la Semana Santa portuense se vio bendecida por un nuevo olivar de frondosas ramas, prendiendo la llama de un incipiente debate en el que, desde los ojos de hoy y con aquella candidez, el Olivo fuera el protagonista del día.

Sin embargo, con aquella misma inocencia —que hace años desapareció—, este Miércoles Santo asistí a lo que podríamos llamar un aldabonazo, dejando sin recursos cualquier posible comparación. Sí, ahora parecía que había más de un olivo en la ciudad, pero al ver la marea azul inundando las calles pude comprobar por qué el Miércoles Santo sigue siendo un día especial.

La ciudad quedó cubierta por un verde manto de esperanza que, a modo de escudo frente a la noche, se alzaba sobre el trono del orante: no un olivo, sino El Olivo, dejando claro no solo de quién era la noche del Miércoles, sino el reconfortante símbolo de paz y redención.

Esta Semana Santa, mi Semana Santa —mi familiar y coqueta Semana Santa—, reconociendo la dignidad y el fervor de todas sus hermandades; reconociendo la belleza que encierran todas y cada una de sus imágenes; reconociendo el buen hacer, se queda con el recuerdo del Olivo, con la imagen que deja claro que ese símbolo universal, dignamente representado, y siendo de justicia que esté en más de un trono, en El Puerto de Santa María solo se vinculará, por siempre, a un santo día.

Porque, le pese a quien le pese, este año ha quedado claro que la Oración en el Huerto será, hoy, mañana y siempre, El Olivo, porque el Olivo era, es y será, por siempre, mucho Olivo.