Cada día es más normal escuchar estupideces; lo que no es normal es que personas a las que se les presupone una preparación, y que además nos representan, suelten burradas propias de personas con restringidas capacidades cognitivas.
Últimamente, el debate generado sobre el uso del burka en espacios públicos ha desatado las más variopintas comparaciones, justificaciones y disparates. Sobre todo porque el problema —o así lo entiendo yo— no está en que cada cual se ponga lo que quiera; por mí, como si quiere ir vestida de lagarterana a trabajar en pleno mes de agosto. El problema es la confrontación absurda y politizada.
El problema real surge cuando tu marido, el cura de tu pueblo o el alcalde te obliga a acudir al trabajo vestida de fallera mayor, algo que no ocurre. Sí es cierto, sin embargo, el revuelo que —sobre todo desde sectores de la izquierda— se ha montado cuando en determinadas empresas sanitarias se ha tratado de imponer el uso de falda frente al pantalón. Estas cuestiones sí pueden generar debate acerca de la libertad en el vestir, sobre todo cuando la decisión de usar determinadas prendas se sustenta en una imposición religiosa (algo similar a lo que en el 36 criticaban algunos cuando la Iglesia obligaba a acudir con velo a misa).
Los tiempos cambian, y la protesta de aquellos señores —que, por cierto, no tenían que usar el velo— por la imposición que la Iglesia hacía a sus mujeres, y que ellas en ocasiones asumían voluntariamente, ahora se traduce en que ven con buenos ojos la moral puritana de ciertos fanáticos religiosos. Unos fanáticos que, viendo a Mary Sampere cantando El bichito, probablemente sufrirían un infarto, además de pretender ajusticiar a figuras como Norma Duval, mientras que, paradójicamente, a algunas de sus mujeres sí se les permite danzar con los siete velos enseñando el ombligo.
La mamarrachada del debate, la doble moral y la falta de coherencia apenas pueden explicarse más que con una triste sonrisa, pues lo que defendían entonces y lo que defienden ahora dista mucho de ser coherente.
Sin embargo, el clímax de esta absurda cuestión llega a su punto álgido cuando algún o alguna bradipsíquico —o directamente un necio— compara un modo de vida diario, que además no es voluntario sino impuesto, con vestirse de mantilla, de fallera o con cualquier traje festivo o devocional.
El final lógico, objetivo y razonable de esta historia es que cada cual se vista como quiera, pero sin faltar al respeto ni bajo imposiciones encubiertas. Todo lo demás suena a una ridícula confrontación que, al parecer, se ha convertido en el juego preferido de quienes parecen empeñados en volver a tiempos pasados y penosos.











