
“Nuestra harina El Vaporcito siempre apoya la cultura, el deporte y el arte”.
Manuel Mur Oti es un director de culto, siempre en el límite de la afectación, pero sin llegar de lleno a ello, siempre en los brazos del esplendor. Mur es un director de lujo, a la vez que un hombre apostado al borde del camino de la cinematografía española, pues no tuvo demasiada suerte.
Pero hizo grandes películas, de las cuales voy a comentar dos joyas de nuestra filmografía lamentablemente muy olvidadas: Cielo negro (1951); y Un hombre va por el camino (1949).
CIELO NEGRO (1951). Esta película se sitúa en la postguerra española, una época difícil, con escasez, trabajo mal pagado y ocupando la mujer un rol marginal, salvo que estuviera casada o en vías de hacerlo.
En este contexto, Emilia, una modesta empleada en una casa de modas, atiende la petición de un compañero de trabajo del que está secretamente enamorada. El tal individuo la invita a ir con él a la verbena y la joven se ilusiona. Pero al llegar a su casa se da cuenta de que su único vestido de fiesta para salir está apolillado y por más que su abnegada madre intenta arreglarlo, la cosa es difícil.
Desesperada, convence a una dependienta amiga para que le preste uno de los vestidos de alta costura de la tienda. A partir de ahí, la historia tomará derroteros desgraciados y dramáticos para la joven.
Se dan circunstancias diversas: el pretendiente es un individuo inseguro, la enfermedad de la madre, la maldad de alguna compañera, un poeta fracasado que colabora en un engaño epistolar respondiendo a las amorosas cartas de Emilia con otras cartas románticas (en plan de burla); y un final apoteósico.

Este fue el segundo largometraje de Mur, una de sus obras más conseguidas. La película está basada en una narración naturalista de Antonio Zozaya (la novela Miopita) ambientada en el Madrid popular. Mur convierte un melodrama social en un ejercicio de grandeza, en ocasiones con desmesura.
La protagonista es una mujer bella en cuerpo y alma, que alimenta sueños de amor y felicidad, y la colocan en un ambiente destructivo cuyo clima cambia en función de las engañosas ilusiones de la protagonista, de sus alegrías y de sus decepciones.
Es una historia que oscila entre el genuino romanticismo y el impudor procaz, que conduce al espectador por un visionado que provoca sufrimiento ante las esperanzas arrancadas y la vergüenza frente a la perversidad.
Buena música de Jesús García Leoz, que muestra el interior de Emilia; y la lucidez fotográfica de Manuel Berenguer (B&N), magnífica, con matices y tonalidades diversas, y travellings sobrecogedores. El montaje roza la perfección.

En el reparto una guapísima Susana Canales hace uno de sus papeles principales en el cine con un trabajo lleno de matices dramáticos, un registro desgarrador, una actuación con la que sintoniza de pleno con el espectador; ella es la que lleva el peso de la película.
Fernando Rey en su papel de mísero poeta fracasado y mezquino está estupendo; el por entonces joven Luis Prendes, afronta bien su papelito de hombre soltero, guapetón pero medroso; y acompañan grandes personajes del cine y del teatro como Teresa Casal, Manuel Arbó, Rafael Bardem, Julia Caba o Raúl Cancio.
En aquellos años cincuenta aparecieron en nuestro cine propuestas realistas y desgraciadas que tocaban el tema de la mujer engañada o humillada (Calle Mayor, 1959, o La tía Tula, 1964)
Películas crudas, como la que ahora comento, aceradas denuncias contra la hipocresía y una sociedad en la que no había lugar para el sueño o el romance para las mujeres que aspiraban a ideales nobles como el verdadero amor.

Resultado en parte de nuestra dura postguerra en que la mujer soltera no tenía un lugar social digno. Abundaban mujeres como Emilia, que sueñan con una verbena permanente al lado del hombre amado.
En aquellos entonces ser mujer era duro; las mujeres tenían vetada su autonomía, su independencia, y apenas podían alcanzar una posición digna en el terreno laboral. Mujeres a la sombra de un cabeza de familia: padre o marido. Su único destino era el matrimonio, que era su máxima aspiración.
La película nos presenta también un Madrid que aprisiona a sus habitantes y les sumerge en la oscuridad de la pobreza, de la carencia, y que coloca a la protagonista en un camino de desesperación y fatalidad.
Un Madrid donde no se ve apenas el cielo, sino un entorno lleno de miserias cotidianas. La ceguera progresiva de Emilia le hace imaginar y tener formas de visiones que responden a sus anhelos y sueños, que se vinculan a sus ensoñaciones y no a la realidad dura que la rodea. Pero Emilia prefiere ver un espejismo que le permita seguir viviendo y tener algunos momentos de felicidad.
La ilusión de ser una mujer querida, cantar una melodía ajada como las paredes de su vieja casa, fingir que se tiene todo en medio del gentío de la verbena, pues ella ya ha perdido hasta la dignidad.
En la película hay un punto álgido para el rosario de infortunios de Emilia. Ella es una persona desgraciada y marginal en medio de la capital, que siente en las cetrinas luces una acusación, y en la lluvia un presagio de tristeza y soledad.

Sin camino, sin amor, sola. Cada vez arrecia más la lluvia que cae a cántaros. Emilita se está quedando ciega, ha sido despedida del trabajo, ha muerto su madre, el engaño de los hombres, el viaducto aguarda tenebroso mientras corre hacia su postrer destino.
Y aquí, el plano trávelin más sublime y angustioso del cine español estalla ante nuestros ojos. Un famoso trávelin de Mur Oti que es un enunciado moral en toda la regla. A punto de precipitarse al vacío desde el viaducto, donde tantos madrileños se quitaron la vida, Emilia recapacita al tañer de las campanas y corre hasta la iglesia de San Francisco el Grande, mientras la cámara la precede, para postrarse arrepentida ante el altar; y decide vivir… aunque cueste.
Como vemos en estas escenas, la entrada en el templo, el Aleluya de El Mesías de Georg Friedrich Händel, la señora bien vestida que con un gesto le dice que se cubra la cabeza, y esos curas vestidos con casullas bordadas de oro y seda. Todo ello proclama, a modo de crítica, la indiferencia de una sociedad cristiana solo de nombre. Pero sí está la fe de Emilia.
Es una película con una inaudita fuerza, muy intensa, con una violencia y una tragedia contenida plasmada en una historia con un ritmo narrativo in crescendo, y una excelente concepción de parte de Mur.
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UN HOMBRE VA POR EL CAMINO (1949). En un pequeño ensayo del pensador Inmanuel Kant publicado en 1764: Observaciones acerca del sentimiento de lo bello y lo sublime, se puede leer: “Los españoles son los que se distinguen entre los demás por el sentimiento de lo sublime. (...) que tienen un alma orgullosa y más sentimiento para las acciones grandes que para las bellas.
Pues bien, en la obra de Manuel Mur Oti, se manifiesta esta observación kantiana. Mur revela en su literatura y en su cine, un particular interés en la búsqueda del espíritu noble; nobleza en el sentido de lo que Kant define como austero y de gran envergadura. Voy a referir esta idea con esta película, cuyo estilo pone de manifiesto esta sutil apreciación del filósofo de Königsberg.
Ópera Prima de Mur, en el filme, una especie de vagabundo alto y fornido, un “don nadie” de nombre Luis, rechaza el trabajo que le propone un viejo caballero, provocando la indignación de éste.

En su errática caminata, Luis llega a Monte Oscuro con las botas rotas y la ropa raída. Es acogido por Julia, la guapa viuda de un escritor que vive en una granja con su hija pequeña Blanca. Inicialmente remiso, Luis accede a quedarse finalmente en el campo y labrar la tierra con una yunta de bueyes. Pero llegan las habladurías de los paisanos y decide marcharse para no manchar la fama de la dama.
Pasado un año Luís echa de menos el lugar, a la hermosa mujer y a la niña con la que había congeniado. Y vuelve, justo en el momento más oportuno. A partir de aquí se despliega un melodrama en toda regla.
La niña enferma, el médico del pueblo es el viejo caballero que amenazó a Luis, y ha de ser éste quien salve la vida de la niña en una brillante intervención, pues Luis resulta que es médico.
El guion, adaptación de Mur de una historia suya, claro y de fondo dramático. En el personaje hay cierta identificación con los veteranos de la Guerra Civil. Muchos símbolos como la enorme cantidad de fotografías y espejos, hace pensar en la influencia del psicoanálisis.

En la historia, el protagonista, desaprovechando su oportunidad por orgullo, encuentra su lugar y su honor en aquello de lo que huía, como se ve al final. Luis es un prestigioso médico que, por una tragedia, deja su cátedra y su profesión para vagar, hasta que la vida le permite redimir su pasado.
No desmerece la música de Jesús García Leoz y es excelente y cargada de matices la fotografía en blanco y negro de Manuel Berenguer.
Reparto de gran calidad. De un lado, un expresivo y profesional Fernando Nogueras como Luis. Bellísima Ana Mariscal que borda el papel de viuda amante, emprendedora y que trabaja la tierra (Premio de interpretación Círculo de Escritores Cinematográficos, 1949). La protagonista vive para cuidar a su hijita Blanca, muy bien interpretada por Pacita Landa. Y muy correctos: Francisco Arenzana, Matilde Artero o Aurelia Barceló.

Mur Oti, director muy olvidado, recibió por fin en 1993 un Goya honorífico a su carrera, sin perder la esperanza de poder llevar al celuloide algún otro proyecto. Pero no pudo. Su última película, Morir… dormir… tal vez soñar, se estrenó en 1976. En su epitafio se puede leer: Dejadme descansar, que estoy transido de tanto desear lo que he logrado y de tanto llorar lo que he perdido.
Quiero en estas líneas, recordar la figura de Mur Oti en honor a su obra como director, escritor, y como hombre elegante, noble y culto. El Goya Honorífico le fue entregado de manos de Ana Mariscal y Susana Canales, sus admiradas actrices.
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