Dentro del mundo jurídico hay dos materias que se han convertido en armas de bajo coste. Herramientas, al parecer hoy en día imprescindibles, cuyo uso deja daños irreparables. En la mayoría de las ocasiones siembran la duda, para muchos razonable, ya que se revisten de cierta prestancia, dejando a menudo un rédito personal o político y un estado de desasosiego en quien lo sufre que, dependiendo de su condición, le puede afectar más o menos, pero a nivel personal y familiar casi siempre mucho más.
Especialmente si se tienen valores, porque quien no los tiene vive ajeno al daño causado; y si se valora a la familia, porque también los hay a quienes les importan más sus camaradas que los de su propia sangre.
En muchas ocasiones, estas herramientas acaban en los nuevos tribunales populares, que —por supuesto— parecen ser los únicos justos y verdaderos, porque, al parecer, los jueces y expertos no tienen ni idea, y Dios menos aún. Así, la Justicia divina y la Justicia institucional y sus órganos pasan a ser, según este discurso, una verdadera mierda corrupta en comparación con la llamada Justicia Popular.
Estas herramientas, que no son en absoluto novedosas, tienen una gran ventaja: pase lo que pase, no hay condena en costas, no ocurre nada. Y encima siempre queda el recurso fácil de afirmar que la Justicia protege a los poderosos, aunque se trate de desgraciados que no tengan dónde caerse muertos. Por eso, muchas veces el asunto se queda en los tribunales populares de “Sálvame”, donde la condena es siempre contundente y popular, aunque sin más rédito que el de destrozar a la otra persona, porque ya se sabe de antemano que poco o nada se obtendrá de contenido lucrativo.
Todo ello nos lleva a una conclusión inquietante: todos tenemos derecho a denunciar cualquier cosa, sea verdad o mentira; sea una visión personal o una realidad objetiva; sea un comentario sacado de contexto o un contexto que induce a un comentario tácito. Todo vale. Total, al final no pasa nada, aunque el rastro de mierda apeste tanto que el hedor social empieza a ser insoportable.
Se ha perdido el miedo: el miedo a robar (total, no pasa nada), el miedo a okupar (total, no me van a expulsar), el miedo a agredir (total, no me van a tocar), el miedo a mentir, a acusar, a destruir la imagen de alguien.
Tal y como están las cosas, difamar sale gratis, da igual a quién. El objetivo siempre se consigue: siembras la duda, desestabilizas moralmente; si es famoso, lo puedes destruir; y si es político, destrozas su credibilidad. Encima le haces perder el tiempo en demostrar su inocencia, en lugar de emplearlo en su trabajo.
En fin, por suerte duele, afecta, pero ya existen vacunas, armas contra esto. Y son sencillas: basta con mandar —para que se entienda— al carajo o a la venta a los parapollas que usan estas herramientas o las justifican bajo el argumento de que todos tenemos derecho a denunciar. Porque otra opción, otra no nos queda.











