Cada año, la misma historia. Nos sentamos frente a la taza de café, o frente al televisor que no miramos, frente a un espejo o frente a la nada; nos sentamos frente a nosotros mismos. Hacemos balance de lo ocurrido, obviando, premeditadamente, lo que no nos conviene y recordando, a nuestra manera, lo que nos interesa.

Recordamos las promesas que nos hicimos, las metas y los retos, manipulados para disfrazar el fracaso, y, a toro pasado, por no haber conseguido poco o nada de aquello que nos marcamos como objetivo, volvemos a plantearnos el nuevo año. Nos hacemos nuevas promesas que sabemos, de antemano, que no cumpliremos y, aun así, como nos gusta planificar lo que no puede ser controlado, manipulamos nuestros propios sueños a un antojo imposible.

La vida es un devenir de circunstancias que apenas nos dejan espacio para elegir; nos sitúa en encrucijadas en las que, la mayoría de las veces, el camino es único: el único que podemos tomar. Ni siquiera somos dueños de enfadarnos menos o de ser más empáticos; apenas si podemos manejar nuestra vida, y pretendemos manejar un futuro incierto del que solo sabemos que no podemos escapar.



Ahora, con el paso de los años, me siento frente a mí mismo y aprecio lo difícil —como todos— del nuevo año. Aprendo de los errores cometidos en el pasado y, sobre todo, pienso en los golpes recibidos: algunos, pequeñas tonterías revestidas de una insoportable seriedad de la que ahora me río; otros, siempre imaginados, envueltos en el engaño de que nunca llegarán, pero que superan todas las expectativas, pues el dolor, en la mayoría de las ocasiones, nos desborda como no podíamos imaginar.

Me siento y cierro los ojos. Me dejo llevar. Imagino lo que sé que ya nunca va a pasar, como abrazar a un hijo propio, pero me alegro de que me abracen y del cariño que puedo dar a quienes forman parte de mi vida, a quienes son una extensión de mí. Estoy seguro de que esto sí es controlable, porque si algo he aprendido de la vida, si algo me ha quedado claro, es que solo podemos dominar aquello que somos capaces de dar, sin esperar resultados, ni inmediatos ni a largo plazo.

Es necesario tener claro que el darse empieza y acaba en el propio acto, y que la satisfacción que te proporciona esa entrega desinteresada, los resultados que tú mismo experimentas en tu esfera personal, son la verdadera meta del año que ahora comienza.

Me levanto con un firme propósito para 2026: amar más, entender más, darme más y, sobre todo, quererme y sentirme mejor por ser quien soy y como soy.