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Bob Dylan ha dejado su huella en el cine tanto como actor como a través de su música. Ha aparecido en películas como Pat Garrett y Billy el Niño (1973), de Sam Peckinpah, donde también compuso la banda sonora; o I'm Not There (2007), de Todd Haynes, obra que explora diferentes facetas de su vida y obra.

Además, ha sido protagonista de títulos destacados como: No Direction Home: Bob Dylan (2005), de M. Scorsese. Y recientemente, del estreno de J. Mangold: A complete Unknow (2024). A ambas películas me refiero ahora.

A COMPLETE UNKNOWN (2024). El título A Complete Unknown, está tomado de la icónica canción de Dylan, «Like A Rolling Stone», que habla sobre una vida errante y en permanente cambio. Captura el filme unos años en la vida de Dylan, los que van de 1961 y su peregrinación de Minnesota a Nueva York, hasta el verano de 1965.

No tardaría en romper con su folklorismo monofase en su actuación eléctrica en el Newport Folk Festival (1965), junto con el guitarrista Mike Bloomfield y Barry Goldberg de la banda de Paul Butterfield.

La película

El biopic de Dylan (Chalamet) firmado por Mangold, cuenta la llegada del músico en enero de 1961, un adolescente, a Nueva York. Su intención era visitar al músico folk Woody Guthrie (McNairy), su ídolo, gravemente enfermo en un hospital psiquiátrico.

En estos primeros momentos del filme Dylan conoce al celebérrimo cantante americano Pete Seeger (Norton), otra leyenda popular y activista social, que también visita a Guthrie.

El bueno y a la vez hospitalario Seeger, acaba amigándose con Dylan e incluso lo hospeda en su casa junto a su esposa y sus hijos.

En esa visita, Dylan conmueve tanto a Guthrie como a Seeger, con su canción «Song to Woody» dedicada a su héroe. Al poco, Seeger lo introduce en la escena folk de Nueva York y nuestro juglar rápidamente transmite su atractivo, sus sensacionales dotes y sus bellas canciones a cuantos le escucharon.

Ahí estaba, no muy lejos, Joan Baez (Barbaro) y el oportunista mánager Albert Grossman (Fogler). Albert grita que Dylan ya es su cliente, cuando aún no se habían conocido: Dylan desde siempre fue un artista carismático.

Película en la que funciona la puesta en escena, que consigue una excelente ambientación, los diálogos son muy buenos, las situaciones, los personajes, todo extraordinario y creíble.

Dirección, reparto y otros aspectos técnicos

Una gran película de James Mangold que cuenta el raudo ascenso de un Dylan que luchó con la fama, ensombreció a quienes habían sido sus ídolos, y no olvida el director, el lado oscuro de este camino radiante a las estrellas.

Un libreto muy bien escrito de Jay Cocks y el propio Mangold, adaptación de la obra de Elijah Wald, folklorista y cronista: «¡Dylan se vuelve eléctrico! Newport, Seeger, Dylan y la noche que dividió los años sesenta», de 2015. El texto explora con gran fortuna el contexto cultural y político de este evento seminal que encarna la década transformadora de los sesenta.

Tiene un gran reparto, una de sus bazas principales. A la cabeza un sembrado Timothée Chalamet que emula tan bien a Dylan, que incluso parece más Dylan que el propio Dylan. Interpretación impresionante, gran trabajo como actor, pero asimismo canta y toca la guitarra con un estilo y naturalidad increíblemente reales.

Pero hay otras figuras como Elle Fanning que encarna a Sylvie Russo, pero que está basada en Suzie Rotolo (la Rotolo apareció con él en la portada del disco: «The Freewheelin. Bob Dylan»); esta chica introdujo al cantante en la lucha por los derechos sociales con diecinueve años; Fanning hace un trabajo dramático muy meritorio como dolida novia-amante de Dylan; Monica Barbaro muy bien en su rol de una Joan Baez que fue igualmente repudiada por Bob.

Estupendo Edward Norton como creíble Seeger, un ser bueno y gran compositor de country; también glorioso Dan Floger, interpretando el mánager Grossman. Bien Scoot McNairy como Woody Guthrie, el ídolo de juventud de Dylan. Prácticamente todos a un nivel de excelencia.

Son igual dignos de mención: Boyd Holbrook como el admirador y amigo Johnny Cashcon su aura y su semblante desafiante, y Norbert Leo Butz como el inflexible registrador de campo Alan Lomax.

Emocionante la fotografía sombría y melancólica de Phedon Papamichael, que captura las calles empapadas por la lluvia del Manhattan sesentero, unas tomas muy evocadoras, una mirada llena de nostalgia y verismo.

Episodios asombrosos

Mangold elige las maneras más perfectas y sentidas de aprehender las interpretaciones musicales. Las más asombrosas son las íntimas interpretaciones en solitario con sólo una guitarra acústica.

Hay dos momentos en este sentido muy buenos. Uno, en el Hospital, al inicio, cuando Seeger le escucha cantar, es un momento en el cual se da cuenta de que Bob, no solo lo ha superado, sino que es la viva encarnación de un hito, un fenómeno que nace ante sus atónicos ojos.

El otro es un capítulo desgarrador, una versión apenas disimulada de su exnovia en la vida real en ese momento, Sylvie Russo, cuando ella, la mujer enamorada experimenta que ha perdido a Dylan para siempre cuando lo ve interpretar una canción, junto a la Baez, tan potente, que llora sabiendo que su amor se eleva por encima de los simples mortales y que nunca será verdaderamente suyo.

Desde luego hay muchos más momentos cumbre. Pequeños-grandes momentos que son simplemente miradas o reacciones silenciosas, sin diálogo incluso.

Los poderes cinematográficos de Mangold están en el nivel más alto en estos impresionantes momentos en los que el que el gran Bob se eleva como el águila a lomos de sus maravillosas canciones.

Incandescencia y libertad

La cinta nos cuenta el antidogmatismo y el rechazo de Dylan a ser definido de manera geométrica e inalterada. Dylan fue un ser inquieto y libre y no quiso ser considerado solo un folklorista.

Para lograr el cambio en su música y en el mundo, Dylan necesitó algo más que enfrentarse a una audiencia de fanáticos del folk tradicionalista. Se tuvo que enfrentar a las fuerzas inmovilistas y combatir la duda con la fe.

Mangold ha alumbrado el retrato del chico poético, ambicioso y rebelde que se negó a ser limitado. Sin olvidar que este biopic refleja la angustia en el corazón de Dylan y el costo que esto le significó personalmente.

Revista Encadenados.

 

NO DIRECTION HOME: BOB DYLAN (2005). Esta película, dirigida por Martin Scorsese, es un profundo y elaborado documental que abarca los años formativos y el ascenso a la fama de uno de los músicos más influyentes del siglo XX, Bob Dylan.

Centrada entre los años 1961 y 1966 (como la anterior), momentos decisivos en la carrera del artista. El viaje de Bob Dylan desde sus raíces en Minnesota hasta sus comienzos en los cafés del Greenwich Village, pasando por su ascensión al estrellato del pop en 1966, cuando pasó a convertirse en un ícono cultural.

Scorsese combina entrevistas contemporáneas, imágenes de archivo, grabaciones inéditas y testimonios de figuras clave del entorno de Dylan para construir un retrato complejo y matizado del músico.

A lo largo de las casi tres horas de metraje, el documental explora la evolución musical de Dylan, su enfoque de la composición, su relación con la tradición folk, y su controvertida transición hacia el uso de instrumentos eléctricos, que marcó un punto de inflexión en su carrera y provocó reacciones adversas entre sus seguidores más conservadores.

Entre los aspectos más destacados están las entrevistas exclusivas con Dylan, en las que, con sus propias palabras, reflexiona sobre su trayectoria. Estas se complementan con testimonios de músicos contemporáneos, críticos y personas cercanas al artista, como Joan Baez y Pete Seeger, quienes comparten sus pensamientos y sentimientos sobre el joven cantante.

El trabajo de Scorsese es magistral, no solo por su talento narrativo, sino también por su sensibilidad para transmitir la esencia de Dylan como artista y su conexión con el contexto sociopolítico de los Estados Unidos en los años 60.

La combinación de un metraje cuidadosamente restaurado y la magnífica selección de canciones de Dylan convierten este documental en una experiencia inmersiva y profundamente reveladora, que no solo celebra la genialidad del músico, sino que también explora su humanidad y sus contradicciones.