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Me parece de interés hablar de las nuevas promesas del cine, en este caso del cine argentino. A propósito, traigo hoy a colación la figura del director Rodrigo Fernández Engler, del cual he podido visionar en su país de origen, dos de sus largometrajes, incluido el último estreno en su país, películas de las que hablo en esta entrega.

Fernández Engler nació en Esperanza, Santa Fe en 1981. Entre sus primeras películas destacan «Cartas a Malvinas, 2009» y produjo los documentales «Pies en la tierra» y «Primera Expedición al Polo Norte 2016». Es socio gerente de Protasowicki Engler Producciones, casa responsable de películas como «Soldado Argentino sólo conocido por Dios» y «Yo, traidor», filmes adquiridos por empresas como Turner y Disney; y de los cuales fue también guionista, productor y director.

Fernández dice tener influencia en su cine de Steven Spielberg y admira particularmente a Juan José Campanella. “De Spielberg vi casi todas sus películas y ha sido una gran inspiración para mí, sobre todo por la variedad de registros que maneja: una persona capaz de hacer Jurassic Park y a los seis meses, filmar La lista de Schindler... Y de Campanella me gusta toda su obra. Lo admiro por considerarlo un gran narrador de historias”.

YO, TRAIDOR (2022). La familia Ferradas viaja a Oklahoma (EE. UU.) para vender la empresa familiar pesquera “Buen Mar”. Máximo (Mariano Martínez), el hijo menor, propone aceptar el trato, vender y soltar la compañía que su abuelo y su padre Francisco (Jorge Marrale) han explotado con mimo durante años.

Aunque su hermano (Sergio Surracco) observa algo que no le convence en este negocio, Máximo insiste en cerrar el trato, lo cual desata un gran enfado por parte de este, que no quiere deshacerse del legado familiar.

Tras el acuerdo Máximo le pide al padre su parte de la herencia para ampliar sus horizontes, tanto personales como financieros.

Se instala en Perla del Mar, un pueblo pesquero en la Patagonia argentina, donde conoce a Caviedes, un enigmático empresario que es el nexo entre los estadounidenses y “Buen Mar” (Arturo Puig), que conduce al joven Ferradas por el mundo de los negocios y la política.

Para eso debe contar con el apoyo del gremio y modificar la legislación pesquera, algo que no es sencillo, sobre todo porque cuenta con la resistencia del grupo de pescadores más modestos. Ahí será cuando Máximo conozca a Coletto (OsvaldoSantorio), un pescador artesanal, con quien se enfrenta; y conoce, en un plano bien distinto, a Maite (Mercedes Lambre), una hermosa y solitaria joven, de la que se enamora perdidamente, por primera vez en su vida.

"Yo no soy ellos", dice Máximo ante el apoderado de la empresa creada después de la adquisición de lo que hasta entonces había sido un emprendimiento familiar, por parte de una multinacional. Se refiere con “ellos” a su hermano, su padre y cuantos habían conducido con honestidad los destinos de la pesquera. Pero no existe la palabra “honestidad” en el vocabulario de Máximo, que negocia a espaldas de su familia un cambio en el acuerdo original.

Máximo se sumergirá en este mundo. Allí, tan vertiginosamente saboreará el ascenso y el éxito, como padecerá posteriormente su fracaso y caída. Finalmente podrá encontrar su redención.

Esta cinta trae, por un lado, el capítulo de la familia, tema esencial del filme. Lo que va ocurriendo entre los miembros de los Ferradas puede remitir a cualquier espectador a situaciones que pueden suceder en su círculo cercano: rivalidad, peleas, desacuerdos, envidias o desencuentros.

De otro lado está el protagonista, un joven presuntuoso y osado, que el libreto lo quiere dotar de un buen corazón, como demuestra la aparición de un interés romántico que no termina de cuajar por las razones obvias de que Máximo es un hombre ambicioso y despiadado.

Preguntado el director Fernández Engler por las razones de esta obra, cuenta de cuando perdió a su padre en 2007, dolorido emocionalmente, él, que es cristiano evangélico, escuchó en una iglesia la conocida lectura del “hijo pródigo”, lo cual le llevó a escribir el guion. El libreto quedó en un cajón hasta que en 2016, Mario Pedernera colaboró para cerrar este proyecto que ahora ve la luz.

Como es sabido, la parábola del Hijo pródigo (Lucas 15: 11-32) narra el camino que hace un hijo que abandona a su padre con su parte de la herencia, en busca de una nueva vida, con aciertos y torpezas, que hace hincapié en el arrepentimiento y la vuelta a la casa del “padre”: “(…) era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este tu hermano era muerto, y ha revivido; se había perdido, y es hallado”.

La historia es también la del hijo que vuelve tras haber fracasado y estar sumido en la ruina y la desgracia. El camino de la traición de Máximo, el ocaso y la liberación final.

Pero me parece que la cinta funciona mejor como el mito del ascenso de un ambicioso sociópata antihéroe, y su posterior caída y redención. Es, pues, un “hijo pródigo” sui generis, pues además, su retorno es debido a un hombre bueno y salvador que lo saca del fangal de la granja de cerdos donde se encontraba malviviendo.

El reparto tiene dos niveles: la medianía de los más jóvenes y la solvencia de los veteranos. Veamos.

Martínez, a pesar de ponerle voluntad, se queda a medio camino en su intento por encontrar los matices o modulaciones apropiados; su falta de expresividad se queda corta frente a la personalidad egoísta y malévola que interpreta en la película. Tampoco está muy brillante la bonita cantante y actriz Mercedes Lambre, a la cual le falta profundidad en el rol de enamorada; no aporta verismo a su romance.

Lo contrario ocurre con los actores mayores, como un Marrale creíble y con aplomo de gran actor como padre; o el consagrado Arturo Puig como figura oscura que maneja los hilos de los negocios, cuya mirada intimida y produce turbación en el espectador. Y más que mejor Osvaldo Santorio quien con su presencia pone en valor el personaje del pescador artesanal Coletto.

No hay que olvidar que en la pantalla se muestra igualmente el ocaso de una mediana empresa (Pyme) y el despliegue de los negociados pesqueros. Lo que deviene especie de alegoría sobre cómo se sucede la corrupción dentro de la realidad argentina. Nada raro ni desconocido para los ciudadanos de este sufrido país, pero aclaratorio para el público foráneo.

El tratamiento del color en la fotografía de Diego Arroyo muestra una costa patagónica gris, prácticamente despoblada, fría y solitaria. Excelente.

Cabe destacar la música Claudio Vittore y la postproducción que hizo posible el milagro de unificar planos grabados en diferentes localizaciones (por ejemplo, la Patagonia y Córdoba), logrando una homogeneidad y cambios imperceptibles para la audiencia.

Nuestro realizador se queda un poco corto en sus pretensiones, con una obra algo imprecisa y con fallas en el reparto. No quita para que su visionado merezca la pena.

Más extenso en revista de cine ENCADENADOS.

SOLDADO ARGENTINO, SOLO CONOCIDO POR DIOS (2016). Este fue el primer largometraje del director Fernández Angler, que acierta con un guión propio y digno, centrado en el drama humano la Guerra de Malvinas que enfrentó a la Argentina con Inglaterra en 1982.

Juan (Mariano Bertolini), un joven de la provincia de Córdoba, se reencuentra con Ramón (Sergio Surraco), amigo de toda la vida con el que se enfrenta porque se echó a su hermana, Ana (Florencia Torrente) de novia. Uno se suma al Ejército tras el servicio militar y el otro intenta eludir su responsabilidad y le propone a Ana irse con ella otro país. Pero finalmente será embarcado en un avión rumbo a Malvinas.

En las islas se reencuentra con su amigo enfrentado y ambos forman parte de una patrulla que deben batirse con las tropas inglesas, que concluiría con la derrota de la Argentina y 649 soldados muertos.

Acabada la contienda y ya de vuelta en el continente, Juan abandona su familia, la depresión y la falta de oportunidades lo hunden en la soledad. Ana irá en su búsqueda para saber de su hermano muerto en las islas.

Fernández se asoma a la guerra de Malvinas (1982) con sigilo y buen tono, acertando con la reconstrucción temática y con méritos a la hora de darle realismo a las batallas con las tropas inglesas

La primera mitad del filme retrata de manera cruda pero a la vez sobria y con gran realismo la guerra, con las luces y las sombras de las acciones, sin exageraciones pero también, mostrando errores, bajezas, grandezas y pequeños pero inolvidables heroísmos. Con los medios a su alcance Fernández consigue un resultado casi inmejorable. Es a la vez un digno homenaje a todos los valientes jóvenes argentinos que allí fueron.

La segunda parte, los restantes cincuenta minutos, la cinta se hunde en el drama de la reinserción de los excombatientes, la posguerra y las heridas que dejó la derrota de la cuestionada acción militar. El abandono de los soldados, los suicidios, la falta de trabajo y oportunidades y mil penalidades más. En esta parte decae el ritmo.

Hay elementos de azar en el destino de los protagonistas y también, supuestos designios divinos, muy al hilo de la fe evangélica del realizador Fernández.

Un reparto con actores de muy entregados pero poco faltos de eficiencia como Mariano Bertolini, Sergio Surraco, Florencia Torrente o Hugo Arana; un elenco que pone empreño en términos dramáticos y narrativos, pero carece de potencia narrativa.

Bien técnicamente, Fernández consigue plasmar con imágenes certeras y dolorosas el pavor de este conflicto. Como el propio director declaró: “Es una película que quiere recordar y homenajear a los combatientes, tanto los que cayeron y quedaron en Malvinas, como los que volvieron al continente y viven entre nosotros (…) Tratamos el tema con mucho respeto y responsabilidad, estudiando y nutriéndonos de muchas opiniones”.

Pero hay algo destacable: hay poca denuncia a la comandancia militar, minimizando el regreso a escondidas y el hecho de que apenas se haga referencia al contexto político y social de la dictadura militar. Pero a pesar de sus problemas esencialmente narrativos e interpretativos, es un producto interesante que, empero, apenas supera sus intenciones.