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“Nuestra harina El Vaporcito siempre apoya la cultura, el deporte y el arte”.

Clint Eastwood (San Francisco, 1930) ha cumplido 91 años. Es uno de los más prolíficos y exitosos cineastas de la actualidad. Su carrera ha sido brillante, comercial y reconocida con premios diversos, incluyendo cinco Oscar.

Es un cineasta representativo del cine espectáculo norteamericano, dirigido a un público amplio. Sus diferentes perfiles como director, actor, escritor, músico y productor hacen de él un clásico vivo dentro de la industria.

Eastwood dio el salto a la dirección con Escalofrío en la noche (1971), a la que siguieron Infierno de cobardes (1972), Fuera de la ley (1976) o Ruta suicida (1977). Y otras como El aventurero de medianoche (1982), Firefox, el arma definitiva (1982), El jinete pálido (1985), El sargento de hierro (1986), Bird (1988) y Cazador blanco, corazón negro (1990).

Otros títulos de su filmografía han sido: Un mundo perfecto (1993), Los puentes de Madison (1995), Medianoche en el jardín del bien y del mal (1997), Space Cowboys (2000), junto a las premiadas Mystic River (2003), Million Dollar Baby (2004) y Gran Torino (2008), mostrando en todas ellas su sensibilidad y acierto como narrador.

En Banderas de nuestros padres (2006) y Cartas desde Iwo Jima (2006) ofrece dos versiones de los combatientes durante la Segunda Guerra Mundial, en la isla de Iwo Jima.

Su carrera como director continuó con cintas diversas, como el thriller El intercambio (2008), Invictus (2009), Más allá de la vida (2010), J. Edgar (2011) y Jersey Boys (2014), un biopic sobre el grupo musical Four Seasons.

Sin olvidar su participación como actor en la llamada Trilogía del dólar, las tres películas dirigidas por Sergio Leone rodadas en España, que supusieron la creación de su “personaje tipo” en la década de los sesenta, hasta la culminación del filme rodado por él: Sin perdón (1992), una obra maestra del western crepuscular.

En estos años ha dirigido y protagonizado dos películas que paso a comentar: Cry Macho (2021) y Mula (1919).

Más extenso en la revista Encadenados.

CRY MACHO (2021). Quiero empezar subrayando que la canción de apertura muestra un aspecto importante de la película, ya que resalta y presagia muchos de los puntos de la trama. De título “Find A New Home” (“Encontrar un nuevo hogar”), de Will Banister, habla de un personaje que ha cometido errores en el pasado y se encuentra solo. Pero cada verso concluye con la línea esperanzadora “Nunca es tarde para encontrar un nuevo hogar”.

Estamos en el año 1978 cuando Mike Milo, una vieja gloria del rodeo estadounidense (Eastwood) acepta, para devolver un favor a su antiguo jefe Howard Polk (Dwight Yoacam), traer a su conflictivo hijo pequeño Rafo (Eduardo Minett) desde México, de vuelta a casa, en Texas.

La cosa es alejar al chico de su madre Leta (Fernanda Urrejola), una mujer de conducta irregular y drogadicta; aunque luego veremos que hay por parte del padre otros intereses económicos.

Ambos, el vaquero y el jovencito acaban encontrándose, no sin enredos y problemas, envueltos en una inesperada aventura que no olvida el amor con la mujer mexicana Marta (Natalia Traven), que incluye a sus nietas y un apacible hogar.

Película minimalista y abiertamente naíf, que responde a la deliberada mirada ilusoria y enaltecida de la frontera como lugar sosegado y de gloria, donde no se escuchan disparos, donde cabe esperar una dosis apreciable de humanidad, de principios y de generosidad. El sueño de un nonagenario que busca el “cielo en la tierra”; también la redención.

Mike y Rafo son los dos personajes principales, cada cual con sus desgarros. Mike perdió a su mujer e hijo en un accidente de tráfico y se vino abajo, dándose a la bebida. Rafo es un niño olvidado de su madre y golpeado en su propia casa, que se busca la vida a su manera: robando, peleas de gallos, etc.

Personajes rotos en una “road movie” con moraleja, una historia en la que Eastwood juega a desvelar una vertiente tierna de sus personajes fuertes: el desarrollo de una inesperada relación paternofilial entre el viejo vaquero y un chico. Mike ejerce de figura protectora y al lado de él, el muchacho empezará a encontrar su lugar en el mundo.

En su viaje, Mike se interioriza de la cultura mexicana y le explica al joven la interpretación errática de los valores que vivió en su época joven, reelaborando su cosmovisión y cuestionando su propia educación. Esta conversación es la visión de un anciano sobre la vida, sus opiniones y sus juicios. Por ejemplo, sobre el “ser macho”: “eso de ser macho está sobrevalorado”. O cuando se refiere al conocimiento de las verdades: “crees que tienes todas las respuestas, y cuando eres mayor te das cuenta de que no tienes ninguna”. O la sentencia inapelable: “todos tenemos que tomar decisiones en la vida”, para indicarle al joven que él habrá de tomar las suyas.

En el reparto sobresale un Eastwood icono ya de la pantalla, sobrio, de mirada aguda y llamando y llenando pantalla. El muchacho Minett gestiona bien su rol. La Traven está muy acertada como madre coraje y a la vez mujer hermosa, a pesar de su edad, con la que el protagonista encontrará amor y consuelo. Dwight Yoacam, en su breve participación, está más que correcto.

Eastwood encuentra un lugar apacible junto a la hermosa mexicana abuela, en un pueblo perdido, y tras cumplir su misión retorna a ese acogedor hogar, donde podrá descansar en paz en todo sentido. Él es ya un hombre de cuerpo vencido, voz quebrada y un rostro cuarteado de arrugas y marcas del tiempo.

Pero puede verse también en Cry macho que Clint sigue persiguiendo a los malos, conduce a toda velocidad, suelta algún puñetazo, monta incluso un caballo salvaje y duerme al raso con la ropa puesta. Clint se interpreta a sí mismo de nuevo como un inadaptado buscando su redención.

Pero aquí el cowboy tiene ya 91 años y es una persona sabia. Acaricia la mano de Marta, con la que baila el bolero “Sabor a mí”; a la vez que demuestra su amor a los animales y permite ser cuidado por niños y mujeres.

El filme es un gran ejemplo del saber envejecer dentro y fuera de la ficción. Clint se mantiene imponente a ambos lados de la pantalla.

Contexto y reflexiones

Película bonita, incluso optimista, sin disparos, la obra de un cineasta mayor que incluso en sus trabajos aparentemente menores rebosa clasicismo. Película que llega a emocionar.

El filme hace una reescritura del imaginario clásico americano para integrar en él culturas denostadas que padecen el rechazo racista de muchos gringos. La mayor parte del relato se desarrolla en México y describe el proceso de confraternización del anciano Mike con esta realidad y este entorno, en el que se siente cálidamente acogido.

Hay cierta mirada ligada al tópico de la cultura mexicana, lo cual podría justificarse porque esta obra se inscribe en la tradición del “western de frontera”. Lo cierto es que el protagonista encuentra fuera de su país un sentido de comunidad y de familia que creía haber perdido.

Dicen los más allegados en el rodaje que Clint experimentaba un gran placer cada día de trabajo, empujado por cierto “impulso vital”. Pero, por otro lado, y no es contradictorio con lo anterior, él declaró durante el rodaje: “Yo voy a morir en un set de grabación”.

Sostengo la idea de que la película huele a testamento, a carta de despedida; suena a epílogo sensible y frágil de un tipo duro de muchos westerns o policías vengadores.

Pero “Macho” es igualmente el nombre del gallo de pelea en la película y una evidente alegoría que recorre la historia, pues el gallo era el único amigo de Rafo, el niño maltratado y solitario, cuya salvación es la postrera buena acción de Mike.

Más extenso en la revista Encadenados.

MULA (2019). La película recrea acontecimientos reales con un personaje conflictivo y muy mayor a quien Eastwood dota de un carisma particular. Puede afirmarse incluso que estamos ante una película muy personal de Clint, que a la vez resulta entretenida, interesante y con las dosis justas de un humor socarrón y políticamente incorrecto.

Para disfrutar e incluso entender esta película es preciso abstraerse de sus resonancias morales o la componente delictiva del personaje. O, si se quiere, ampliar esta componente de integridad ética a otras dudosas instituciones que son protagonistas en el filme como los Bancos, el Estado, la Justicia, la policía o la familia. No es una obra maniquea ni simple. Tiene muchos ángulos en su trama.

El personaje se llama Earl Stone (Eastwood) y ha sido construido por los guionistas para ser agradable e incluso simpático. No es un santo, es sencillamente un viejo con un “espíritu libre” de la Norteamérica neoliberal, aficionado al cultivo de los lirios en los que es todo un experto y asiduo de certámenes en los cuales consigue muchos premios.

Pero a la vez es un pobre hombre azotado por unos y por otros: embargado por las financieras, sin recursos económicos para la mera subsistencia, repudiado por su familia y que a pesar de todo, siente necesidad de reparar los errores que cometió en la vida. Sobre todo con su familia, pues para él la familia es lo primero. Ello a pesar de que su existencia alocada ha hecho que la haya abandonado en numerosas y significadas ocasiones.

A Earl se le presenta un trabajo: hacer miles de millas con su furgoneta, lo cual finalmente deviene felicidad para él. No sólo por el lucro que le proporciona su irregular trabajo que le sirve para ayudar a su nieta y otros familiares. También porque gracias a esta actividad él podrá redimir en parte sus culpas cuando, contra todo pronóstico, arriesga al máximo para poder acompañar a su esposa en el lecho de muerte.

No es una gran película pero el guion de Nick Schenk y Sam Dolnick y la sabia mano de un Eastwood iconoclasta y burlón, logran que no nos movamos del asiento, marcando el filme un tono narrativo más que aceptable y un devenir de la historia tan tolondro como imprevisible.

Es una película vital sobre la supervivencia en un mundo difícil y despiadado. Y es también una obra que aborda ideales y creencias desde cierta visión con tono melancólico.