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Nuestro especial carácter hace crecer el orgullo por lo nuestro, y es que, si algo define al Portuense, es su pasión, su amor, y su orgullo por su tierra.

Ejemplos claros de ello viene siendo como presumimos de ser, muy posiblemente, la verdadera ciudad trimilenaria… bueno eso es una tontería; mejor sentirnos orgullosos de ser ciudad Ducal, con un peso en la historia de España importante… pero ni de coña daremos lustre a los apellidos que forjaron la Historia de España, ojalá se pudran; bueno nos quedan los palacios… caídos; Que Colón y América… el genocida; Bueno, puestos a recordar nuestro mejor dicho, el que demuestra nuestro amor orla ciudad, quizás sea aquella vieja tonada… El Puerto, ciudad maldita, que comienza en el Penal y acaba en los Jesuitas.

En esta frase se encierra lo que los portuenses amamos de verdad, la esencia de un carácter que se ha forjado a través de los siglos, un carácter que de seguro aburrió a conquistadores y colonos de todos los tiempos… La frase sin desperdicio alguno demuestra que para el Portuense igual de maldito es un centro penitenciario que un noviciado, da igual que fueren conventos, pero pocas ciudades de Cádiz… bueno de Andalucía… o quizás del mundo mundial, definan a su ciudad con semejante piropo.



El Puerto ciudad maldita, que si arregla una barriada se enmierda porque hay un bache a veinte kilómetros. Que si inaugura una Biblioteca prefería un centro cívico; que si abre un centro cívico anhelaba un polideportivo. Una ciudad en donde absolutamente todo es maldito… si se organiza Carnaval, es un despilfarro, y si no, son unos mierdas que se quieren cargar la ciudad; si no se ponen luces de Navidad son unos desalmados insensibles, pero si se ponen son unos inconscientes.

Una ciudad en donde toda crítica se viste de amor a la verdad y decir las cosas claras… de huevo… donde antes de abrir la boca un político, ya está en la diana. El Puerto ciudad maldita, embrujada por un maléfico conjuro de desilusión en donde nos regodeamos en nuestra propia podredumbre. Ciudad en donde los catedráticos de la vida, licenciados en la sabiduría de la barra y doctorados en ego, sentencia ex catedra, dando lecciones de su propia ruina y mediocridad. Mi Puerto, ciudad Maldita, que comienza en criticar y acaba dando puyitas.