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El pasado sábado 28 de agosto de 2021 se conmemoró el centenario del nacimiento del célebre escritor, director de cine, actor y académico de la lengua española Fernando Fernán Gómez. Como él mismo declaró: Hago infinidad de cosas corrientes muy mal y solo hago tres o cuatro, que no es que las haga bien, pero que me he profesionalizado en ellas”. Esas cosas eran interpretar, dirigir películas y escribir. Fernando es un hombre crucial en la historia de nuestro cine y esta semana quiero rendirle un homenaje.

Fernán Gómez nace en agosto de 1921 en Lima (Perú) y falleció en Madrid en 2007. Llega a España durante una gira de su madre, la actriz Carola Fernán-Gómez y su compañía teatral.

En el cine hizo de todo y muy bien. Sus primeros trabajos se remontan a principios de los años 40, pero fue a comienzos de los 50 cuando comenzó a destacar como actor en películas como El último caballo (1950), de Neville; o Esa pareja feliz (1951), de Bardem y Berlanga.

Fernando atrapaba con su palabra, sus gestos, sus movimientos; sintonizaba con la cámara y conectaba con los espectadores. Sus aptitudes le llevaron a hacer de múltiples papeles: o sea, manejaba todos los registros.

Entre los años 50 y 60 dirigió varios filmes, aportaciones importantes para el cine español: La vida alrededor (1959); El mundo sigue (1963); y El extraño viaje (1964).

Los años setenta fueron relevantes para el Fernando actor, pues trabajó con directores de primer orden: Víctor Erice, Carlos Saura, Jaime de Armiñán, Juan Estelrich o Ricardo Franco. Un cine audaz, poético y de gran calidad, durante la transición democrática.

Lo vimos en: Ana y los lobos (1972), El espíritu de la colmena (1973), El amor del capitán Brando (1974), El anacoreta (1976), donde ganó el Oso de Plata del Festival cine de Berlín como actor y lo que volvió a conseguir con Stico, de Armiñán en 1985; o Los restos del naufragio (1978).

En los 80 emprendió diversos proyectos, participando en películas con directores como Jaime de Armiñán, Manuel Gutiérrez Aragón o de nuevo con Berlanga, treinta años después (Moros y cristianos, 1987).

Pero el largometraje clave de este período y de toda su trayectoria es El viaje a ninguna parte (1986), un hito del cine español. Fernando la dirigió y protagonizó, acompañándose de grandes actores, como más abajo comentaré.

Nuestro personaje era de corte anarco desde los años treinta y en la transición democrática, participó con en las jornadas libertarias que la CNT celebró en Montjuïc en 1977. En esta línea ácrata encarnó un personaje principal en Belle Époque (1992), de Fernando Trueba.

También le ocupó a Fernán Gómez la literatura española (El Lazarillo y el Quijote) y trabajó en Fortunata y Jacinta (1980), de Mario Camus; y El abuelo (1998), de José Luis Garci (adaptaciones de sendas novelas de Benito Pérez Galdós). Retornó a la picaresca en su último largometraje que dirigió en colaboración con García Sánchez: Lázaro de Tormes (2001).

Sin Fernán Gómez no se puede entender el cine y el teatro español de la segunda mitad del siglo XX. Fue una figura principal y de una enorme talla.

Más extenso en la revista Encadenados.

En esta conmemoración-homenaje escribo sobre tres películas: el documental-entrevista de David Trueba y Luis Alegre: La silla de Fernando (2006). Su mejor obra como director y actor: El viaje a ninguna parte (1986); y una gran película como intérprete: La lengua de las mariposas (1996), de José Luís Cuerda.

LA SILLA DE FERNANDO (2006). Vemos en esta cinta hasta qué punto Fernando, sentado en una silla, es capaz de convertir una charla en algo más que una charla. Con Fernán Gómez de contertulio, la conversación se convierte en una autobiografía con humor, un retrato que nos acerca a su mundo. Todo lo cual refleja este documental de 85 minutos, con David Trueba y Luis Alegre en la dirección, guion y montaje.

Fernando era agrio, de mal carácter y él mismo confiesa que se dio cuenta en un momento de su vida que le convenía fomentar ese papel de antipático, para quitarse de encima a gente pesada o petulante que en su gremio abundaban.

Bien es cierto que de esta charla puede ocurrir que el protagonista resulte machista, algo engreído o superficial, sobre todo para los más jóvenes.

Pero ha de entenderse que se trata de un artista-intelectual nacido a principios del pasado siglo, ya mayor en el momento de este rodaje (84 años) y que en realidad era así.

Trueba y Alegre, que visitaban a menudo a Fernán Gómez, viendo el caudal y nivel de plática que poseía, pensaron en compartir con el público ese tesoro para que conociéramos de primera mano al personaje que, para ellos, «era el mejor conversador que habían conocido nunca, una persona que le daba la vuelta a cualquier argumento (…) de una inteligencia que estaba a años luz de otros que conocíamos, un personaje inigualable en el siglo XX».

Fernán Gómez aceptó la propuesta de Trueba y Alegre de hacer este documental desnudo en el que la mayor parte del tiempo está su figura en primer plano. Con la ventaja, según los autores, que al ser Fernando un actor —«probablemente el mejor actor de la historia del cine español», aseguran, manejaba a la perfección las miradas, la entonación, las pausas, el gesto, el sarcasmo, la contradicción o el humor.

Al emprendimiento lo denominaron “película-conversación”. La voz de Fernán Gómez llena la película. En lo acústico, su tono, timbre y sonoridad son vigorosos y claros. Es potenciado con inflexiones y recursos de veterano actor que proyecta, pronuncia y articula con cadencia inmejorable, natural y sin afectación.

Cuenta vivencias, relatos y opiniones, aflora su honda cultura, los valores que reverberan y su noble experiencia artística, envuelta zumbonamente en sarcasmo.

Que si «yo soy maniqueo» —y lo argumenta—, que si hay unos que «son buenos y otros que son más malos» —y lo razona—, el Fernando políticamente incorrecto, como corresponde a un ser lúcido, en fin, una cinta que te obliga a pensar. Como dice Oti Rodríguez, esta obra es «muchísimo más que una silla (…) planos fijos en el sentido literal, contemplativo y fascinado de la palabra».

Hubo que elegir entre más de veinte horas de grabación, lo cual también es mérito de sus directores, sobre todo porque luego había que seleccionar y montar las escenas para que pareciera un continuum con sentido, atractivo y con sensación de verismo y espontaneidad.

Monólogo con fuerza que vierte conocimiento por doquier, recuerdos sobre el Madrid sitiado y hambriento de la Guerra Civil, el infortunio de una posguerra mísera, el mundo bohemio; historias de un joven trasnochador y mujeriego, bebiendo más de la cuenta; su amor por la lectura, su fervor por Víctor Hugo o por Luís Buñuel, que para él fue el más grande director de cine.

También reflexiona sobre la mentalidad hispana, sobre la pandémica envidia que más que envidia es «menosprecio de la excelencia». Aquí queda la cosa…

Más extenso en la revista Encadenados.

EL VIAJE A NINGUNA PARTE (1986). Plena posguerra y puro franquismo. Un grupo de cómicos van de un lado para otro, hay amores y desamores, hay parentesco, dolorosas separaciones y felices reencuentros. Entremezclándose con todo, el trabajo de actores y actrices que buscan sobrevivir.

Es el mejor filme que dirigió Fernán Gómez, donde contempla este entrañable universo con una acertada mezcla de afecto y sátira. Estructurada con gran habilidad y con un reparto de lujo, supera felizmente su larga duración sin cansar en ningún momento.

Magistral dirección y guion de Fernán Gómez que adapta una novela de su autoría. Cuenta con lo más granado del los actores y actrices del momento: José Sacristán, el propio Fernando, Juan Diego, Mª Luisa Ponte, Gabino Diego, Agustín González Óscar Ladoire, Simón Andreu y más, todos excelentes.

Fernán Gómez director y actor, y el reparto está a su altura, lo cual contribuyó a darle mayor énfasis y excelencia, si cabe, al filme.

Tragicomedia al más puro estilo español, que narra con autenticidad y buenas dosis de humor, lo que fue el teatro itinerante, que el propio Fernando vivió de manera directa. “Un ácido, divertido e hiriente relato de aroma autobiográfico” (Martínez) y el más penetrante y lúcido retrato de la derrota en tiempos de posguerra que se ha visto en nuestro cine.

Elaboradas y largas escenas soportadas, como digo, por unos geniales actores a los cuales Fernando, como él mismo declaró, más que dirigirlos, los dejaba hacer.

Una oda al oficio de los “cómicos”, personas que en aquellos entonces buscaban apaciguar el hambre con lo que sabían hacer, ya fuera bien o regular. Porque en esos tiempos, aspirar a la gloria sonaba a broma de mal gusto. Profesionales derrotados a los que el cine, los nuevos tiempos y la indiferencia del público, los habían dejado tocados de muerte.

 

LA LENGUA DE LAS MARIPOSAS (1999). Se desarrolla la historia en 1936. Don Gregorio (Fernán Gómez) es un maestro de pueblo y libre pensador que enseña al niño Moncho con enorme consagración y paciencia, sus conocimientos sobre literatura, naturaleza y hasta de las mujeres.

Pero late de fondo la política fatídica y el enfrentamiento fratricida, lo cual hace acto de presencia cuando Don Gregorio es agredido por ser visto como enemigo del régimen fascista. Es de esta manera cómo, entre el niño y el sabio preceptor, se abre una brecha, fruto del contexto que los rodea; o sea, el maestro es marginado de forma expeditiva.

Excelente dirección de José Luís Cuerda y maravillosa interpretación de Fernán Gómez. Película encantadora, humanista, intimista, idílica, costumbrista y emocionante; y también cruda en toda su extensión; de cómo el protagonista pasa de ser un sabio y respetado hombre, a sujeto odiado por ser o parecer contrario a Franco. Como apunta Haro Tecglen: “es una obra durísima, triste y sin embargo llena de entusiasmo y de futuro. Una película de niños republicanos”.

Sin olvidar un final que se queda en la retina y en la memoria, un final de cine bueno y capacidad para conmover.

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