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Hablaré hoy de la diversidad cultural e idiomática española, llevada al cine con humor, una fórmula que ha dado grandes éxitos en los últimos tiempos a nuestra cinematografía.

En las películas que comentaré se juega con la idiosincrasia de las diferentes regiones de nuestra geografía, los acentos, modales y formas de ser. Este invento ya resultó muy rentable y exitoso en la cinta El mundo es suyo (2012) de Alfonso Sánchez, Ocho apellidos catalanes (2015) de Emilio Martínez Lázaro o El mundo es nuestro (2018) también de Sánchez, entre otras. Hoy escribiré de un estreno y también de la más conocida del género “humor y multiculturalidad hispana”: Operación Camarón (2021) de Carlos Therón y Ocho apellidos vascos (2014) de Martínez-Lázaro.

OPERACIÓN CAMARÓN (2021). Adaptación de una cinta italiana de título Song ‘e Napule (2013) con guion de Giampaolo Morelli, un filme donde las estrellas cómicas actúan sin prejuicios, a costa sobre todo las diferencias culturales.

Un joven vallisoletano y pacato, prodigio del piano clásico, pero con miedo escénico, acaba destinado en el archivo de una comisaría gaditana. Un policía novato a quien, paradójicamente, lo eligen para una misión peligrosa: infiltrarse como teclista en una banda de flamenco-trap llamada “Los Lolos”, para tocar en la boda de la hija de un traficante de droga local.

Se pone a la faena un Carlos Theron como director decidido, valiente y conocedor del gag físico y el puro slapstick; y lo hace de manera resuelta, sin preconceptos ni chistes que provoquen vergüenza ajena.

Música con canciones de Riki Rivera el cual afirma: «Hay muchos mensajes detrás de la película, y uno es precisamente que el reggaetón es más de lo que pensamos. Pero, eso sí, desde el humor. Como es una comedia, amplificamos y caricaturizamos todo. Está super divertida».

Carlos Theron cumple en la dirección, pues, aunque el filme carece de originalidad, tras su peli Lo dejo cuando quiera (2019), nuestro director parece haber encontrado una fórmula para hacer comedia con un toque canalla y utilizar el humor para reírnos de nuestros prejuicios, miserias y fracasos.

Buen guion de Josep Gatell y Manuel Burque (que se reserva un simpático papel de secundario) que no da tregua con una gracia sencilla y directa, valiéndose de elementos costumbristas y con la necesaria variedad, para no cansar.

La peli se aleja de los moldes más complacientes, introduce algunos estimulantes toques de trasgresión y consigue buenas dosis de frescura y vitalidad.

Cinta próxima a la cultura y la música urbanita y popular, que se alimenta de un universo hortera, a la vez que se convierte en una referencia a la música y estilo pop que nos lleva de Chiquito de la Calzada hasta Sálvame Limón, pasando por el flamenquito descafeinado. Todo un encadenamiento contagioso y pegadizo como el reguetón mismo.

La película cuenta con actores buenos, de los de antes y de siempre. Con oficio de gracioso, Julián López debe hacerse pasar por un “cani”. A él se une la intensidad dramática y cómica de Natalia Molina como la mánager de la banda mafiosa. La réplica un tanto brutal-humorística de Miren Ibarguren como la inspectora de policía dura de la brigada antidroga o el macherío herido de Carlos Librado. El reparto está muy bien elegido para esta peli que, rozando lo chusco, acaba por divertir y sirve para aliviar las altas temperaturas la canícula.

En fin, el tópico de los castellanos (de Valladolid) sobrios, racionales y con poca chispa y capacidad para dejarse llevar por sus emociones versus los viscerales y festivos andaluces que gustan de la juerga y del “pescaíto frito” (frito con harina El Vaporcito, claro).

Comedia resuelta, procaz, que de puro burda puede resultar hasta bien “plantá”. Comedia desenfadada, familiar, con un gran reparto y un plus de choque identitario entre norte y sur, ciudad y campo, padres e hijos o cualquier dualidad susceptible de enfrentarse.

Aporta atrevimiento, disparate, ritmo y toques de gamberrismo a gogó, como para el disfrute del público. De algunos al menos.

Más extenso en la revista Encadenados.

OCHO APELLIDOS VASCOS (2014). La historia trata sobre una especie de señoritingo andaluz de nombre Rafa (Dani Rovira) que siempre vivió en Sevilla y al que le gusta la juerguecita con vino fino, las chicas y, eso sí, ir guapetón y con su pelo engominado a lo pijales. ¡Ah! Y por supuesto, su Real Betis. En una de estas y en una especie de azar confuso pues a la joven aquello no le iba nada de nada, aparece en uno de esos saraos Amaia (Clara Lago), una chica vasca que se resiste a los encantos de nuestro niño bonito y tropieza frontalmente con él en cuanto a su cultura y maneras cómicas. Como quiera que en su precipitada marcha de Sevilla Amaia se haya dejado algunas pertenencias, Rafa decide largarse al País Vasco a conquistar a la linda muchacha, con el pretexto de devolverle su bolso.

Para conseguir su objetivo se hace pasar por vasco: imita el acento vasco, toma el nombre de Antxon, se mete a kaleborroco poco menos y a preguntas de otro personaje, que es el padre el de la muchacha (Carlos Karra Elejalde), dice tener en su curriculum ¡ocho apellidos vascos!: Arguiñano, Igartiburu, Erentxun, Gabilondo, Urdangarín, Otegi, Zubizarreta y… Clemente ¡Ay! Clemente no es vasco, le dice el suegro: ¡horror! Y todo ello, acompañado por una genial extremeña que allí habita, viuda de un guardia civil nada menos, interpretada con absoluta inspiración por Carmen Machi.

La dirección de Emilio Martínez-Lázaro es genial, sabe narrar con total comicidad el trabajado guion de Borja Cobeaga y Diego San José, a lo que hay que añadir una preciosa y muy cuidada fotografía de Gonzalo F. Berridi y Juan Molina, y la bien elegida música de Fernando Velázquez. El soporte técnico y artístico es de excelencia. Y voy ahora a las interpretaciones.

Los protagonistas Clara Lago y Dani Rovira hacen un dúo con química, dos personajes dispares, de diferentes culturas que, empero, hacen creíble la naturaleza romántica de su idilio. Son dos excelentes actores que, aunque ya tienen su historial, han seguido contando con ellos en nuestro panorama cinematográfico. Magníficos trabajos para la comedia.

El padre-suegro (Carlos Karra Elejalde) está que ni pintiparado en su papel de vasco genuino y un tanto brusco; y junto a todos, Carmen Machi que interpreta el papel de viuda extremeña simpática y alegre, que sabe dar aún más frescura al filme con una interpretación muy meritoria.

No olvidamos el “puntito” cómico y saleroso del famoso dúo andaluz formado por Alfonso Sánchez y Alberto López, con un humor muy particular y efectivo. ¿Quién no recuerda la genial película por ellos interpretada “El mundo es nuestro” (Alfonso Sánchez, 2012), que fue también un punto de nuestra comedia reciente, esta vez en la Sevilla de la Semana Santa y en pleno atraco ¡Geniales el “Cabesa” y el “Culebra”!

La película muestra de manera simpática y sin exabruptos, que el diálogo intercultural es más que posible. Dos personajes tópicos, una vasca y un andaluz que logran sintonizar y no sólo eso, sino que la misma película tuvo, como ahora referiré, una inusitada aceptación nacional, en particular en Andalucía y el País Vasco. Esto se logra con humor, con un humor que tiene chistes afortunados, ingeniosas réplicas, una historia graciosa y con un nivel de comicidad muy por encima de lo común.

Y como decía antes, está como elemento sustancial el guion de Cobeaga y San José (que ya coincidieron en la serie de TV “Vaya semanita”, 2003, donde tratan igualmente sobre la vida en el País Vasco). Se trata de un guion basado en el chiste con relación a los prejuicios y estereotipos culturales, lo cual conduce la historia a base de equívocos, situaciones tronchantes, escenarios inesperados, capaz todo ello de hacernos reír a carcajadas o como poco, sonreír. Ingenio puede ser la palabra; ya sé que hay quienes critican el ingenio anteponiendo el genio a éste, pero la verdad es que es muy difícil hacer una comedia decente y encima reírte y salir de la sala con un buen sabor de boca.

En el Diario Vasco de 30 de marzo se pudo leer con relación a esta película: «Es ya todo un fenómeno de público, en el País Vasco y en el conjunto de España. Y su onda expansiva resulta impredecible, porque sigue creciendo: el pasado fin de semana la película ‘Ocho apellidos vascos’ ha logrado un 56% más de espectadores que en el fin de semana anterior, cuando se estrenó. El ‘boom’ sobre esta comedia en torno a las relaciones entre vascos y andaluces aumenta (…) La cinta, que lleva un acumulado de 8,9 millones de euros y más de 1,4 millones de espectadores, ha logrado convertirse en el mejor estreno del año con un promedio de 9.697 euros en las 455 pantallas en las que se exhibe (…)´Es un fenómeno único´, explica Coro Odriozola, gerente de la empresa Sade». «En otros lugares de España se está comparando con lo que ocurrió con el estreno de ‘Lo imposible’, el último gran taquillazo de cine de producción española. Pero la diferencia es que aquí el número de espectadores va ‘in crescendo’ tras el primer golpe inicial. Está funcionando sobre todo el ‘boca a oreja’. La gente se lo pasa bien, aplaude en las salas y anima a sus amigos a que vayan a ver la película».”

Sé que no es un filme de grandes profundidades intelectuales o motivo de sesudas reflexiones, pero a cambio es alegre, natural, efervescente en su tratamiento y desarrollo, con diálogos inspirados, buena dirección, gran guion y un reparto que funciona a pleno rendimiento. Y algo muy importante que apunta el crítico Carlos Marañón: «Ocho apellidos vascos» “hace más por la convivencia entre gentes que comparten DNI que todos los partidos políticos del Estado en las últimas cuatro o cinco legislaturas”.

 

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