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“Nuestra harina El Vaporcito siempre apoya la cultura, el deporte y el arte”.

Sin ser muy aficionado a los musicales, algunas películas del género me cautivaron en su momento. Obras como: Cantando bajo la lluvia” (1952) de Stanley Donen y Gene Kelly; Siete novias para siete hermanos” (1957) de Stanley Donen; West Side Story” (1961) de Robert Wise y Jerome Robbins; La leyenda de la ciudad sin nombre” (1969) de Joshua Logan; y para no extenderme, “El fantasma del paraíso” (1974) de Brian de Palma.

Ahora me referiré a cuatro títulos recientes, incluyendo un estreno. Musicales diferentes de los cuales unos me han gustado más que otros. Estas películas demuestran que el musical continúa de manera invariable, porque es un tipo de cine con proyección cara al gran público.

Empiezo por las más recientes: En un barrio de Nueva York (2021) de Chu, actualmente en cines; El gran showman (2017) de Michael Gracey; La ciudad de las estrellas (La la land) (2016) de Damien Chazelle; y Begin again (2013) de John Carney.

EN UN BARRIO DE NUEVA YORK (2021). Estreno y una película sobrevalorada, aunque dirigida con oficio por el estadounidense de origen chino Jon Murray Chu. Está basada en el musical de Broadway de Lin-Manuel Miranda, con libreto de Quiara Alegria Hudes. Romántica, exuberante y que aturde por momentos, alegre y con un (exceso) de bullicio.

Para algún espectador puede resultar una distracción o un paliativo contra los efectos del Covid. Para mi gusto ha resultado demasiado estruendosa y con muy pocos diálogos. Un musical necesita un respiro.

Tampoco me ha parecido bueno el mensaje de que hay que quedarse en el barrio, no salir, que es como una negativa a progresar y conocer mundos nuevos y opciones de vida diferentes. Ese inmovilismo provoca sonrojo, pues el progreso precisa ver el mundo y abrir la mirada a nuevas realidades. De hecho, el racismo a que alude la obra tiene su mejor terapia en conocer otros países y costumbres.

Aunque pueda ser una llamativa película en su recorrido escénico y coreográfico, sin embargo, no supone ningún reto ni innovación a nivel de técnica cinematográfica.

Versión idealizada y fantástica de “Washington Heights”, el vecindario más alto de Nueva York habitado por inmigrantes hispanos, un barrio que continúa teniendo mucha delincuencia, droga y pobreza. Pero curiosamente, el filme dibuja una comunidad de vecinos amables y bien avenidos. Debería la película haber inventado un lugar de ficción. Lo que han hecho los productores es como rodar una peli sobre el barrio de las Tres mil viviendas de Sevilla, como si allí se viviera plan Walt Disney.

El director Chu construye una cinta con parroquianos amigables y cooperativos, con sonidos y colores que a veces atontan e incluso molestan con una música dura sin tregua.

En el tal barrio sus residentes se enfrentan a dificultades de integración, la gentrificación, el descenso de oportunidades para ir a la Universidad, pero siempre afables y sobre todo en favor del sueño americano.

Intérpretes prácticamente desconocidos que cumplen con sus trabajos, actores, bailarines y cantantes como Anthony Ramos (conmovedora interpretación), Melissa Barrera (linda y eficiente), Leslie Grace (piernas preciosas y loable interpretación), Olga Merediz (emotiva abuelita, cruda y enternecedora visión como inmigrante cubana: “paciencia y fe”) o Jimmy Smits (un padre entregado), entre otros.

Avanza la acción de la mano de las canciones compuestas por Miranda donde hay rap, salsa, jazz, merengue y soul, las cuales notas pueden transmitir a algún espectador marcha y a otros, hartazgo. Brillantes números de baile, tiene un interesante catálogo de coreografías inspirado en los clásicos: Jacques Demy o Fred Astaire.

Hay un colmo de números musicales y de personajes, con líneas argumentales variadas y difusas. Aunque la trama es más bien simple. Ni siquiera hay grandes conflictos, más bien un argumento plano donde la forma pesa más que el contenido.

Un filme fantasioso de personajes en lo esencial nobles y honestos, melodías dulzona-estridentes sin demasiado recorrido, y argumentos en pro de la solidaridad, la colaboración entre los habitantes del barrio y el “american way of life”.

EL GRAN SHOWMAN (2017). Biopic que ofrece una realidad deformada del personaje. En este caso de Phineas Taylor Barnum (1810-1891), un empresario circense norteamericano que fundó el “El mayor espectáculo en la tierra”, cuyo éxito se basaba en rentabilizar la exhibición de fenómenos humanos con llamativos rasgos físicos: el hombre más gordo del mundo, el más alto, la mujer barbuda, el enano, etc. Un pájaro de sujeto.

Salvando las diferencias recuerda la mítica La parada de los monstruos (1932).

La dirección de Michael Gracey es buena con un guion sencillo que se adapta a las exultantes composiciones musicales de Benj Pasek y Justin PaulHan. Un concentrado aplastante de show-stoppers y una épica parecida a un concurso de música con canciones que siguen un ritmo en crescendo hasta el aplauso que aclama al empresario Barnum como un romántico soñador. Excelente coreografía y escenas en ocasiones brillantes.

En el reparto sobresale un enérgico Hugh Jackman al son del cual bailan el resto de personajes: la preciosa y feliz esposa encarnada por Michelle Williams, un atractivo Zac Efron como exitoso joven entregado al circo, la actriz y cantante Zendaya como preciosa trapecista o Rebecca Ferguson como la soprano cautivadora y la bonita canción “Never Enougth”:

Filme espectacular, grandioso y fácil de entender, con un ritmo trepidante y un frenesí sobre un hombre genial y único que mirad por dónde, centra su negocio en un grupo pobres seres tullidos.

Una biografía prêt-à-porter, algo parecido a un cómic, una historia alocada y un final con una cita del propio Barnum que se cumple a rajatabla en el el metraje: “El mayor arte del mundo es el que hace felices a las personas”.

 

LA CIUDAD DE LAS ESTRELLAS (LA LA LAND) (2016). Al comienzo asistimos a un increíble plano secuencia, comprimiendo todo el vigor y la magia del cine musical hollywoodiense, donde un elenco de bailarines coloristas danza entre los automóviles, dentro de un atasco en Los Ángeles. Punto de arranque efervescente con ágiles bailes sobre la empantanada de coches parados, al son de una maravillosa música. Coreografía de una gran distinción.

En la historia, Mia (Emma Stone) es una de tantas aspirantes a actriz que trabaja como camarera buscando el sueño hollywoodense y yendo a castings en su tiempo libre. Sebastian (Ryan Gosling) es un virtuoso pianista que trabaja en bares de segunda, cuyo sueño es tener su propio club y rendir tributo al jazz puro.

Ya en el atasco a que he hecho mención, los destinos de Mia y Sebastian se cruzan y la pareja acabará enamorándose, un vínculo que florece con fuerza pero que acabará por poner en riesgo las aspiraciones de ambos.

En su pretensión de encontrar un lugar en el mundo artístico, la pareja se dará cuenta que es muy difícil armonizar amor y profesión. La vida va poniendo zancadillas en forma de ambición personal, de lucha continua para salir a flote; y lo arduo de hacer durar el amor cuando el quehacer diario se torna exigencia.

Chazelle consigue con esta película disociar la realidad de la fantasía, acercándose a lo que podría denominarse cine-deseo”. Y, además, un cine preciosista y, a la vez, una potente apelación a la pasión, la nostalgia y el anhelo por el arte.

Excelente guion, cuenta una hermosa historia de amor juguetona y cálida al principio y finalmente triste, de un romanticismo creíble y nada empalagoso. Lo hace con valentía, para que la industria del cine hollywoodiense, consienta un desenlace amargo en un musical. Lo cual consigue.

Las canciones y banda sonora original fueron compuestas y llevadas a cabo por la orquesta de Justin Hurwitz, música hermosa que incluye Jazz, clásicos y una exquisita melodía que enternece y alegra:

Con la preciosa canción “The Fools Who Dream” cantada por Emma Stone:

Una Stone con belleza de ojos saltones, una forma de preciosidad cubista; además, una gran actriz que llega a resultar sexy. Ryan Gosling es un actor tipo hombre-orquesta que lo interpreta todo, otorgando credibilidad y encanto a su personaje. Sin ser ambos actores cantantes o bailarines, cantan y bailan más que aceptablemente. El resto del reparto están de lujo.

Película que homenajea al baile, a la música, a la canción y a ese íntimo instinto que nos conduce al arte por derroteros oníricos. Y ante los ojos del espectador sólo queda la ensoñación como argumento.

Una bonita cinta con minutos sin canciones, que va de sueños y de amores. Y la trama sublima una perseverante belleza en cada fotograma que pasa.

La elegancia y el talento con que Chazelle construye cada toma hacen soñar a los protagonistas, los cuales consiguen llevar su ilusión a la retina del espectador.

El final es emocionante: un “hola y adiós” y lo que pudo ser y no fue. Chazelle afirmó: “No me gustan los finales felices (…) Creo que no hay nada más romántico que dos personas que comparten un recuerdo que sólo les pertenece a ellos”.

Película que irradia alegría y ternura. Como escribió nuestro poeta José Hierro: Aquel que ha sentido una vez en sus manos temblar la alegría/ no podrá morir nunca”. Como para poner en duda el triunfo del amor con una sonrisa. “La La Land” tararea entre susurros nuestro fracaso.

 

BEGIN AGAIN (2013). Drama-romance-musical de una pareja de novios unidos desde la adolescencia por la música. Gretta (Keira Knightley) es una muchacha británica que compone bonitas canciones. Junto con su novio Dav (Adam Levine), viajan hasta Nueva York buscando terreno abonado para su música. Todo va bien, pero cuando Dav alcanza el éxito y la fama, abandona a Gretta y se va con otra cantante, quedando ella desolada.

Cuando todo parece negro para Gretta, se tropieza con un viejo amigo cantante y guitarrero en la calle, el cual la lleva a un Pub para cantar. Entonces un productor de discos (Mark Ruffalo) al que acaban de despedir, la ve actuar en un bar de Manhattan y queda asombrado por su talento y su belleza. A partir de aquí la promocionará y la historia irá por los derroteros de un agradable musical, con fin imprevisto.

Fue la primera película en EE. UU. del director irlandés John Carney, una obra linda con una bonita música de Gregg Alexander y acompaña una fotografía sugerente de Yaron Orbach. En cuanto a la interpretación destacan Keira Knightley y Mark Ruffalo, con química entre ambos.

Es una película cordial e introduce elementos nuevos en el musical tradicional. Carney se revela como un creador capaz de hacerse preguntas sobre la esencia del musical, que hace revivir de manera desnuda y pura.

Tiene un molde dramático convencional: el camino a la redención de un veterano de mil batallas imantado por el talento de una principiante. Hecho con buen gusto.

Película fresca, natural, alegre, atractiva, y bien estructurada. Optimista, luminosa y mágicamente tocada por el sentido de la maravilla sentimental; fábula humanista sobre las segundas oportunidades.

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