Print Friendly, PDF & Email

“Nuestra harina El Vaporcito siempre apoya la cultura, el deporte y el arte”.

Llegan las fiestas navideñas, el frío, la familia -aunque el virus limita-, y son fechas en las cuales apetece ver alguna película buena, bonita, emotiva, de corazón, etc. Para esto eso no vale cualquiera. El año pasado por estas fechas recomendaba yo un cásico navideño en dos versiones: Mujercitas.

Y pienso cuáles podría recomendar para este 2020, en que el virus coronado ha venido con todo: lo peor (la enfermedad, la muerte, la ruina) y también con lo mejor (la solidaridad, la generosidad, el valor, la entrega). Todo un abanico de elementos que se enfrentan en el escenario de la vida, ese que se mueve entre el cielo y el infierno, entre la el “shock al hueco” y esperanza de la Epifanía, que es nacimiento y adoración cada año, un tiempo que nos ayude a salir de esta tormenta y turbación que nos asola.

Pues bien, estando en estas cavilaciones, he pensado en dos películas para ofrecer en sendas sesiones, el panorama al completo: lo mejor y lo peor (aunque esperanzador). Dos grandes obras de la cinematografía. La primera es esperanza, delicia, un cuento navideño hecho realidad de la mano del gran Frank Capra: Qué bello es vivir (1946). La segunda película es sarcasmo, mala leche sobre una Navidad malhadada y con mala uva dirigida por uno de nuestros grandes directores, Luís García Berlanga y su título: Plácido (1961). Quizá alguno de vosotros piense que son películas antiguas, que no sale Papá Noel o que son en blanco y negro. Pero yo te aseguro querido lector que si tu sensibilidad es la común a un ser humano, tanto una película como la otra te removerá las entrañas.

Mi interés al escribir estas líneas, no es que las leas con atención, sino que después de hacerlo vayas al lugar que mejor entiendas, las busques, las veas y las disfrutes. Entenderás entonces por qué creo yo que estas cintas ayudan mucho a entender mejor la Navidad, y también la vida.

QUÉ BELLO ES VIVIR (1946). Un clásico en toda regla, un encañador cuento, una alegoría perfecta y un himno a la humanidad. De hecho, era habitual que las televisiones de medio mundo la hayan incluido en su programación durante las fiestas navideñas. Porque su visionado es siempre reconfortante pues su misión es hacernos ver qué sería de los demás (familia, amigos, compañeros, vecinos, etc.) si nosotros no hubiéramos existido.

En 1946, acababa la II Guerra Mundial, el gran Capra, que había estado de reportero en el frente europeo, rodó esta obra maestra. Apostando a su título original (It`s a wonderful life”) y su argumento, podemos afirmar que si esta película no hubiera visto la luz, la vida, al menos la vida del séptimo arte, sería bastante menos maravillosa.

George Bailey (James Stewart) es un honrado y ejemplar ciudadano que gestiona y mantiene un pequeño banco familiar, contra los intentos de un poderoso banquero que quiere arruinarlo. El día de Nochebuena de 1945, agobiado por la inesperada desaparición de una gran cantidad de dinero, que supondría la quiebra de su banco y un gran escándalo, decide quitarse la vida. Pero cuando está a punto de hacerlo, ocurre algo extraordinario. Un hombre que contempla cómo hubiera sido la vida de los suyos si él no hubiera existido. Para ello es ayudado por un ángel cariñoso que quiere conseguir sus alas.

Extraño, ¿verdad? La vida de cada hombre toca muchas vidas, y cuando uno no está cerca deja un terrible agujero, ¿no es cierto? Ya ves George, tuviste una vida maravillosa”.

James Stewart escucha y contempla las ruinas de todas las vidas de sus amigos sin su vida y, de repente, el más absurdo, nimio y casual de los acontecimientos, adquiere sentido. Aunque sólo sea una vez, gracias al extraño milagro de un ángel sin alas, el efecto de iluminación interior se hace posible de manera vívida. El tal ser angelical ofrece a nuestro protagonista la posibilidad de ver lo que habría sido del pueblo de Bedford Falls caso de que él no hubiera existido. De ahí el texto entrecomillado de Martínez: “Si la Navidad tiene un emblema, ése es, con permiso de Dickens, ‘¡Qué bello es vivir!’”.

Esta bonita película fue uno de tantos éxitos del celebérrimo director ítalo-americano Frank Capra, ganador como es sabido de tres Oscar de la Academia. Maravilloso cuento de Navidad, irrepetible y llena de sabrosura por doquier. Como afirma el crítico Robert Eberet: “Lo notable de esta película es lo bien que se mantiene a lo largo de los años; es una de esas películas sin edad que mejora con el tiempo. Algunas películas, solo deben verse una vez. Otras películas se pueden ver un número indefinido de veces. Como la buena música, mejoran con la familiaridad. ‘Qué bello es vivir’ cae en la segunda categoría”.

La obra funciona como una fábula fuerte y fundamental, una especie de “parábola navideña” al revés: en lugar de mostrar escenas de felicidad a un anciano mezquino, tenemos un héroe que se sumerge en la desesperación. Está estructurada en dos partes; una primera en la que repasa las bondades del protagonista y una segunda en la se muestra lo que hubiese sido la vida de su familia y amigos sin él. Retrata el deseo íntimo y casi animal de continuar vivo, reflejando perfectamente el espíritu de su tiempo (Conatus, lo llamaron los clásicos: inclinación innata de la materia o la mente por continuar existiendo y mejorándose).

Con esta cinta Capra retorna al cine con todo el magisterio y el arte que ya tenía antes de la guerra y lo hace con su delicada devoción por los detalles, el perfil de los personajes y una gran habilidad para introducir humor en los momentos adecuados y en los lugares correctos. Un Capra con cualidades más genuinas y eficaces que en el pasado (ver Screwball comedy).

En el reparto el liderazgo de James Steward tras haber dejado el uniforme está muy reforzado, más maduro, tal vez por los avatares de la guerra a la fue, brillante en suma. Donna Reed está en el nivel de gran estrella en toda regla. Lionel Barrymore aporta un brillo singular. Y Thomas Mitchell eficaz en su trabajo como borrachín. Interpretaciones de altura para una cinta irrepetible.

 

PLÁCIDO (1961). Luís Berlanga es uno de los grandes genios del cine español, de humor profundo y con una gran inteligencia para que sus películas, afiladas como navajas, pasaran el tamiz de la censura franquista que parecía no entender su acerada ironía.

La idea de esta obra surge de una campaña que ideó el régimen franquista en los años cincuenta para la Navidad bajo el lema: “SIENTE UN POBRE A SU MESA”, que pretendía promover un sentimiento de caridad cristiana hacia los necesitados. Berlanga viene a demostrar que lo que verdaderamente perseguía la campaña era jugar con el sentimiento de culpabilidad de los burgueses de la época, los ricachones. Y sobre todo, la historia pone en evidencia el fariseísmo y la bajeza moral de aquellos adinerados timoratos que ocultaban sombríos intereses.

La historia tiene dos ejes narrativos: el primero, la organización de una cabalgata navideña que culminará con la subasta de pobres locales y artistas foráneos, destinados ambos a aderezar durante la cena de Nochebuena las mesas de los afortunados; el segundo, la urgencia que tiene Plácido Alonso (Cassen) por pagar antes de su vencimiento la primera letra de su recién estrenado motocarro, que forma parte de la cabalgata. La subasta caritativa de la empresa “Ollas Cocinex”, patrocina la subasta de pobres y cada familia postora se lleva su pobre a cenar.

El director Luis García Berlanga arremete con esta ácida propuesta y con toda su sabiduría y crítica, contra los valores de la plutocracia franquista y arremete sin piedad. Pero su fino humor tapa el maloliente tufo del mensaje y así, de tapadillo, pasó el filtro de los censores.

Berlanga trabajó por vez primera el guion con Rafael Azcona. Azcona, reordenó el burbujeo de ideas de Berlanga, estructuró la historia y hubo tan gran entendimiento que luego trabajaron años juntos. “Azcona es un hombre más moral, más deseoso de salvar a la humanidad que yo; con él hay más ternura”, diría el director. La conclusión fue un guion magistralmente construido, con unos diálogos y escenas que acaban tejiendo una trama entre alocada e hilarante, una ácida invectiva con la pulla presidiendo.

Berlanga utiliza por primera vez de forma sistemática sus eternos plano-secuencia, una opción narrativa que le convertirá en uno de los grandes maestros del cine europeo. Con esa técnica se entrelazan situaciones diversas y contrapuestas que se desarrollan a la vez, estilo imposible sin la colaboración de grandes intérpretes.

El reparto es auténticamente de lujo con un debutante en el papel de Plácido que es Cassen, cuando ya era un cómico de fama. Cassen hace un trabajo de excelencia. José Luis López Vázquez está en el nivel de perfección que siempre le caracterizó; en el film hace una divertida creación del personaje que coordina la campaña y un malvado al que los pobres le importan un pimiento. Según el actor: “Las películas de Berlanga son esperpentos no de la España de la época, sino de la España eterna”. Elvira Quintillá maravillosa, natural y creíble. Y un elenco genial con actores y actrices como Amelia de la Torre, Julia Caba, Amparo Soler Leal, Manuel Alexandre, Mari Carmen Yepes, Agustín González, Lus Ciges y Antonio Ferrandis, un coro actoral difícilmente mejorable. Berlanga, que admiraba a los actores secundarios, contó para esta película con este plantel de lujo.

Plácido es una obra maestra, no sólo como comedia costumbrista, sino como devastador retrato social. Berlanga se permite mostrar las mezquindades y pacatería de la burguesía provinciana de los años ‘50. Víctor Erice consideró que “el objetivo final de la película es mostrar la incomunicabilidad de las personas”, y añadió: “Para mí, Berlanga es fundamentalmente un romántico”.

Así que es una película tejida con las mimbres del humor español, el de la picaresca española. Desde Quevedo a Buñuel, pasando por Goya y Solana, todo el que haya intentado diseccionar a los españoles ha tenido que recurrir a esto que llaman “humor negro”.

En la última secuencia en la casa del notario,Plácido, indignado y harto consigue que el cobista pague lo que falta de la letra de su vehículo. Mientras los ricos se ponen sus abrigos y sus pieles para ir a la misa del gallo, el pobre, borracho, canta un villancico. Se muestran así las dos caras de una sociedad hipócrita de falsos filántropos frente a la indigencia sin futuro.

Esta película está hoy más vigente que nunca, pues el “conservadurismo compasivo” sigue teniendo muchos acólitos, tanto privadamente como en lo público. Fondos para dar propinas en vez de crear riqueza y prosperidad. Porque no es igual recibir limosna, que tener derecho al trabajo o a unas prestaciones regladas. Al final, lo que está en juego es la dignidad de las personas. Un ciudadano con derechos no es lo mismo que un menesteroso que recibe caridad de forma discrecional. Así es el mensaje de esta Navidad berlanguiana: menos obsequio y más conciencia social.

En el momento de su estreno tuvo problemas con el villancico final de la película, que dice: “Madre en la puerta hay un niño y gritando está de frío, ande dile que entre y así se calentará, porque en esta tierra ya no hay caridad, ni nunca la ha habido ni nunca la habrá”.

Anuncio