Las últimas gotas de aquel jugo de vida caminaban por mi garganta. De fondo uno de tantos programas que llenan las noches de los viernes, curiosamente, la música sonaba y me arrancó de mi mundo, apenas escuchaba, y sin embargo, aquel hay de mi llorona… llorona, me hizo cerrar los ojos llevándome a ese poncho abierto que llenaba todo el escenario; hasta un inmortal vestido de negro con sus manos saludando a Dios; me encontré frente a una inmaculada con la capa arropando la bandurria; vi su llorona nadando entre las guedejas que sobre la perlada frente se fundía con palmas al ritmo de las alegrías de Cádiz que inmortalizara el eterno Chano.

Llevé mis sentidos hacia la música y entonces le vi… elegantemente tocado, llenado toda la estancia con un ritmo, que me llevó a mi río, un ritmo que no sabría encuadrar pero que me enganchaba, impidiéndome sentir nada más que un roce en el alma.



Le reconocí, y no era la primera vez que le escuchaba, pero ese viernes me marcó un antes y un después en cómo debía escuchar su música. A Sergio no se le ve, no se le escucha, simplemente se le siente, con los ojos del alma abiertos, y con el corazón abierto al mar. [El portuense Sergio Chaves triunfa en La Voz y se va con Pablo López]

Sobran felicitaciones, pues quien es capaz de tocarte con la niebla de su música, llenándote de amor por dentro, no puede ser felicitado, hay que sentirlo, seguirlo.

Ahora solo me queda soñarle, soñarle dormido, quieto y sereno, seguirle a su río de acordes, ahora solo me queda saber de amores, sentirle y como él, descubrirme sin más palabras que un llanto de alegría que será su eterno homenaje.

Gracias Sergio, gracias por haberme llevado a un río de cielos infinitos.