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Las conversaciones de la mi mesa vecina me hacían ver que no era el único. El gesto de desaprobación de mi amigo, incorporado ya a la rutina interrumpida por el verano, me hizo preguntarle. Su respuesta, rayando lo ridículo, se limitó a decirme despectivamente y en un solo vocablo… “madrileños”.

Eso me extrañó, porque eran unos señores de Gerona que estaban pasando unos días en la ciudad. Aún así, no contento con su ridícula respuesta, siguió insistiendo en que traían la infección a El Puerto.

Me recordó a las novelas sobre la peste en la Edad Media, en donde la persecución era más fruto de la ignorancia que de la lógica. Le recordé que mi región había sufrido el azote de la pandemia de manera brutal, y que aún así estaba sentado conmigo, a lo que me respondió con otra ridícula respuesta que incorporaba que me conocía. Claro el virus se trasmitía solo a desconocidos.



Su esperpéntico razonamiento, sobre todo fruto de su fuente de información… Facebook, le había dotado de una sabiduría popular en donde lo mismo se pedía el cierre de bares que se pedía la reactivación económica. Una sabiduría en donde se culpaba de la extensión de la pandemia lo mismo al alcalde que un madrileño del centro que viniera a ver a sus padres.

Por mi parte, y analizando los datos, lo cierto era que solo había algunos casos aislados, y un par de brotes. No era adivino, y no podía saber qué pasaría dentro de dos días. Pero al día de hoy, leía comentarios en donde la virulencia de los mismos era más temible que un contagio.

Comentarios absurdos cargados de odio, pidiendo responsabilidades a quienes debían haber creado un estado de sitio en donde nadie saliera a la calle, en donde no se organizase evento de ningún tipo, y en donde las recomendaciones de seguridad impuestas se querían multiplicadas por mil.

Apuré la taza de café negando con la cabeza, nunca me gustó el odio per se, y mucho menos el vivir en una ciudad en donde el ambiente de crispación era más propio del medievo que del siglo XXI.

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