Print Friendly, PDF & Email

“Nuestra harina El Vaporcito siempre apoya la cultura, el deporte y el arte”.

Cristopher Nolán ha realizado a lo largo de su carrera un cine muy variado: de suspense en Following (1998); thriller de intriga con Memento (2000); policíaco, Insomnia (2002); magia y drama, El truco final (2006); superhéroes con Batman Begins (2005), El caballero oscuro (2008) y El caballero oscuro: la leyenda renace (2012); cine bélico con Dunkerque (2017). Como dice en afortunadas palabras el colega Juan Ramón Gabriel, Nolan es un creador de «buenas malas películas».

Hay un género especialmente significado para este cineasta británico, que abarca dos películas que ahora comento, que sin ser ciencia ficción o terror o equivalentes, ofrecen una visión del mundo, de la vida o de las cosas, por lo común caóticas, supuestamente fundamentadas en la ciencia, pero próximas a la fantasía. Son obras que sobrevuelan la propia ficción, que están por encima de ella como una abeja sobre la flor. A mí me gusta llamarlo cine de “metaficción”. En este microgénero quiero hoy hablar de dos películas de Nolan, una de hace unos años y otra estrenada hace unos días: Interstellar (2014) y Tenet (2020).

INTERSTELLAR (2014). Un grupo de exploradores galácticos dirigidos por el piloto Cooper (McConaughey) y la científica Amelia (Hathaway), observan que la vida en la Tierra está llegando a su fin, y emprende una misión muy importante para la historia de la humanidad: viajar más allá de nuestra galaxia para descubrir algún planeta que pueda garantizar el futuro de la especie humana.

Estamos ante esta una obra difícil de definir y que abarca la fantasía, la astrofísica, el génesis y el apocalipsis, el melodrama familiar, la intriga aterradora y la epopeya homérica, la teoría de la relatividad, la gelatina del tiempo, los agujeros de gusano, las angustias de Odiseo y los tejemanejes de Penélope. Es, pues, un poco/bastante excesiva en sus pilares y pretensiones.

El británico Cristopher Nolan hace una buena dirección de este film, con un guion del propio Cristopher Nolan junto a su hermano Jonathan Nolan, que ofrece una visión apocalíptica del mundo, amén de soluciones al límite, con viaje intergaláctico incluido.

El reparto es de lujo, con Matthew McConaughey muy bien en su papel de Cooper, audaz astronauta y héroe de la aventura espacial, con la complicidad de Jessica Chastain como la adulta Murphy Murph Cooper; y otra pareja con el enorme Michael Caine como el Profesor Brand, padre de Amelia Brand interpretada muy bien por Anne Hataway.

Este film ha contado con el asesoramiento de científicos como el físico teórico Kip Thorne, que colaboró para que las representaciones de los agujeros de gusano y de la relatividad fueran lo más precisas posible. Colaboraron también otros científicos como el astrobiólogo David Grinspoon, el supervisor de efectos visuales Paul Franklin y un equipo de efectos de ordenador en Double Negative. Christopher Nolan estuvo muy atento a que la representación de un agujero negro pudiera ser visualmente comprensible para el público. O sea, una cinta rodada con todo lujo de detalles, que quiere aproximarse a las realidades virtuales que pretende visualizar, lo cual consigue a medias obviamente.

Y está el peliagudo asunto de un futuro cercano, cuando la Tierra ya no es capaz de sostener a la humanidad y los cultivos están siendo devastados por plagas y tormentas de polvo. Por eelo es que la NASA necesita colonizar planetas en otra Galaxia, a través de un agujero negro descubierto en la órbita de Saturno. A partir de ahí la historia se torna interesante, aunque algo densa, pues se habla de los conceptos espacio-tiempo, en los que la relatividad y la teoría de partículas convierten el film en un cóctel mitad pseudociencia, mitad historias de amor, adobado con cargas de filosofía bizarra y una espiritualidad traída por los pelos. A muchos espectadores esto les gusta, pues reflexiona sobre la vida, la existencia de otros mundos e incluso una explicación científica del fenómeno religioso y otras realidades desconocidas. En este sentido, el poeta Dylan Thomas suena de maravilla en la voz de Michael Caine: “No vayas tan confiado esa noche / Odio, odio contra la muerte de la luz”.

El gran físico teórico de Cambridge Stephen Hawking, afirmó que los próximos cien años serán “la verdadera era espacial”. Y afirmó que “si no somos capaces de colonizar nuevos planetas, la raza humana se enfrentará a una extinción inminente por la sencilla razón de que la Tierra no podrá alimentarnos a todos […] Nuestro planeta es un viejo mundo, amenazado con una población cada vez mayor y con recursos finitos. Debemos anticipar esas amenazas y tener un plan B”. O sea que Hawking estaría con Nolan y viceversa.

La temática de la película tiene su punto de pasión e interés, siempre que consigas conectar con ella. Puede que algún espectador no sienta nada al ver algo tan confuso. Pero nadie negará que esta cinta tenga grandes méritos, y merece respeto.

Podría considerarse esta película como una aventura cósmica bella y audaz, con buenas dosis de surrealismo y unas hebras de onirismo para que la paella salga sabrosa.

 

TENET (2020). Con esta obra Nolan retoma su estela de películas que quieren dar la apariencia de historias sustentadas en la física cuántica, en la teoría de la relatividad o los principios de la termodinámica, como el concepto de entropía, para justificar que en la trama haya idas y venidas en el tiempo, viajes al futuro y todo este tipo de asuntos surrealistas, pero supuestamente fundamentados en la teoría física o en la matemática.

El protagonista del film, armado tan sólo con el palíndromo TENET (palabra que se lee igual en un sentido u otro y que se utiliza como código para “abrir o cerrar puertas”), debe pelear para que no desaparezca la humanidad de la faz de la tierra, encabezando una misión en la que se adentra en el oscuro mundo del espionaje internacional. Toda esta experiencia se verá desdoblada más allá del tiempo lineal, en un tiempo posterior al relato.

Nolan es un director siempre complicado, le gusta hacer lo sencillo complejo y lo fácil, difícil. Esta nueva película-Nolan, con guión de su autoría es elefantiásica, deslumbrante en su superficie y prácticamente imposible de aclarar en los momentos posteriores, momentos en los que vuelve a ocurrir lo mismo: la realidad puede ir hacia atrás y estamos ante una reversión de las leyes de causa y efecto. El prólogo del film es tiene una espectacular puesta en escena, pero resulta confuso en su narrativa.

Pero si lo queremos decir sencillamente, la obra es una película de acción y espías con un villano muy malo que pretende acabar con el mundo; lo cual que unos héroes intentan a toda costa evitar “una tercera guerra mundial”. O sea, la cinta imagina la historia de un agente dedicado a salvar a la humanidad de un apocalipsis inminente.

Tiene la cinta una gran fuerza visual, imágenes desconcertantes y un espectacular tratamiento sonoro y musical. Y es difícil sustraerse a eso. Esta intensidad atrapa, aunque sólo sea en lo físico y menos en lo emocional. Imágenes adelante y atrás en un mismo plano, juegos temporales por doquier y alarde técnico, que debe haber hecho compleja la escritura del libreto. Toda la película se basa en un elemental truco que descubrió para sí el cinematógrafo: la posibilidad de hacer correr el tiempo hacia atrás.

Poderosa la música invasiva y subacuática del sueco Ludwig Göransson, que acompaña con brío el metraje; gran fotografía luminosa e hipernaturalista de Hoyte van Hoytema, y un ejercicio de puesta en escena grandilocuente, efectos especiales sobrios pero prácticos y un meritorio trabajo de montaje emocional de Jennifer Lame.

En el reparto un muy flexible John David Washington encarnando al gran espía de turno que tiene que detener los planes del facineroso interpretado por Kenneth Branagh, un actor que suele imitarse a sí mismo.

El cosmos perecerá pues puede quedar sin eso que tanto le costó definir a San Agustín: sin tiempo, sin futuro y sin pasado a la vez. El villano posee la clave de la perversa máquina capaz de tanto mal. El héroe está acompañado de un Robert Pattinson muy eficaz y a su vez está enamorado en su fuero interno de una bella y vertical mujer interpretada por la extraña y delicada belleza de Elizabeth Debicki. Entre ellos habrán de evitar (todos ajustados a la gravedad del asunto), que el tiempo se pare, para lo cual, ella, la bella, volverá locas a las manecillas para atrás y para adelante. Todo se desarrolla en un fastuoso laberinto inextricable que siempre admite una doble lectura. Acompañan en el reparto Dimple Kapadia, Aaron Taylor-Johnson o el mismísimo Michael Caine.

Las escenas de acción van adelante y atrás sin solución de discontinuidad. Todo es visto dos veces, de manera simultánea, de forma alternativa o de los dos modos a la vez. “Y es ahí, en el palindrómico exceso de direcciones opuestas donde la cinta estalla ante la vista de un espectador (fuera cinismos) por fuerza feliz en el desconcierto” (Martínez).

Este film como yo llamo de “paraficción”, no es sino una muestra de capacidad visual apabullante, al mismo tiempo que logra que la mente del espectador entre en estado de máxima ebullición, intentando descodificar los planteamientos que se exponen, como si fueran ecuaciones matemáticas en el seno de una narración endiablada.

En fin, película exigente alejada de las normas del cine más comercial, que nos recuerda que se puede hacer cine de autor sofisticado e inteligente, al mismo tiempo que ambicioso y grandilocuente. 

Anuncio