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Guste más, o guste menos, se critique, se ame o se odie, se aplauda o simplemente se pase, la realidad es que El Puerto tiene una Plaza de Toros.

El respeto de quienes ni disfrutan de esa fiesta ni la admiten queda ausente de toda discusión. Los carteles con pintadas, y en su día hasta la fachada de un monumento sufrieron el acoso de quienes, creyéndose en posesión de una verdad verdadera, intentan imponer a fuerza de esa violencia que critican su postura.

Sin embargo, la fiesta y El Puerto es mucho más, sin mencionar la repercusión económica de ese mundo y todo lo que lo rodea, la memoria me lleva a esos grandes días de toros en los que aquel mítico Vapor rebosaba de taurinos desembarcando. La explanada de la plaza, repleta de vehículos, acogía a buena parte de la baja Andalucía… Madrid acudía a la llamada. El ambiente que rodea a la plaza demuestra que hay una afición, una afición ávida de un espectáculo del que cada cual tendrá su opinión, pero tan respetable como cualquier otra.

Este año las circunstancias merman el espectáculo, y la afición parece contenida como con un muelle deseando explotar, con ganas de más. El tiempo irá cambiando el gusto de las personas, quizás algún día, las nuevas generaciones incluso critiquen la corridas de toros, pero al día de hoy, y sin temor a equivocarme, el entorno de esa centenaria plaza volverá a sonreír esperando que los clarines anuncien el paseíllo.

Las calles se llenarán de gente esperando el fin de la fiesta, y El Puerto, como siempre ocurrió, rebosará con una extraña alegría, la muerte y la vida volverán a dar sentido al día a día de cada uno, en un extraño ritual arraigado en nosotros como ningún otro. Hoy, como viene ocurriendo desde hace siglos, hay Toros en El Puerto, y la plaza se vestirá de gala en un festejo único, hoy la suerte está echada.

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