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Cómo saber lo que el futuro nos depara, cómo adivinar o avanzar en el tiempo las cosas, cómo saber que los caminos tomados son correctos… cuando decidí embarcarme en mi nuevo futuro no pensé en el giro radical que todo daría. [Lee aquí los capítulos anteriores]

Allá conservaba a familiares y amigos, los mismos con los que tenía previstos fugaces encuentros, ya fuera acercándome yo o invitándolos a pasar días a mi lado. Mi escasa familia, tan lejana en aquellos días, hoy se me hace casi imprescindible, aunque a pesar de todo, no me arrepiento del paso dado, no pienso en donde estaría mejor, y llego a la conclusión de que donde estoy es donde debo estar.

Echo de menos el café de las mañanas, las visitas de mi amigo, de quien hace días que no sé nada, debe de estar sin saldo, tendré que hacer algo, lo mismo, le ofrezco que se venga a casa conmigo, nos haremos compañía.

Pienso en mi soledad buscada y amada, la misma que perseguí toda mi vida, y ahora que la tengo me asusta. La soledad buscada siempre es amada, pero el aislamiento nos deja claro que no queremos soledad, solo buscamos hacer lo que queremos sin que nadie nos moleste porque completamos los huecos que tenemos con salidas, amigos y simples paseos rodeados de gente. Ello me llevó a iniciarme en el mundo virtual, algo de lo que siempre renegué, pero que ahora, llena parte de mis días acercándome a la familia, a mis amigos.

Y es que, cuando pienso en todo ello, me doy cuenta de que tengo más vida social con mis amigos y familiares que antes. Sabemos que siempre están ahí, los tenemos, y en raras ocasiones les llamamos, y casi nunca hacemos videollamadas. Sin embargo, las nuevas circunstancias nos impulsan a estrechar contactos.

Es temprano, y domingo, descubro que no hay distancias, pero echo de menos el ambiente del mercado en estos tiempos difíciles. Me ilusiona la llegada del lunes, cuando bajo y sin salir de mi entorno hago toda la compra sin tener que ir a un supermercado, el trato cercano me sumerge en un ambiente en donde parece que no pasa nada.

Ojalá pase el tiempo, el poco tiempo que espero dure esto, y pueda de nuevo salir a la ventana a planificar mis rutas, aunque los medios me hayan acercado al ser humano, quizás fuera necesario darnos cuenta.

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Paolo Vertemati representa a un personaje ficticio, un extranjero que ha venido a El Puerto de Santa María, y a través de sus capítulos narra a modo novelesco sus sensaciones y experiencias con las tradiciones y la propia idiosincrasia del lugar, con historias entre reales e imaginarias.

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