La historia nos enseña que el mundo siempre ha estado en lucha. También nos muestra cómo cambiamos nuestras costumbres, nuestra forma de pensar, de vivir e incluso de cocinar, y que esa evolución es, en muchas ocasiones, fruto de cambios forzados.

Actualmente, el mundo casi podría dividirse entre culturas pasivas y activas, y yo, al menos, estoy contento con mi forma de vivir, quizás simplemente porque es la que conozco. Sin embargo, lo ocurrido en Francia o en Ceuta me hace preguntarme qué está ocurriendo.

Si nos fijamos en el sentir de una parte de la calle, existe la percepción de que el islamismo ha declarado la guerra al mundo occidental, apelando para ello a una guerra santa, religiosa, autoritaria y basada en la sumisión. Y, a juicio de quien escribe, a ese carro se ha sumado buena parte de la izquierda mundial, algo que puede resultar extraño y curioso, pero que considero real. La lucha de clases encuentra así en el islamismo a un extraño aliado.

Pero ¿cómo se llega a eso? Resulta difícil de comprender, porque hablamos de una ideología religiosa que, en sus interpretaciones más radicales, no admite determinadas libertades, especialmente la religiosa, que impone una moral propia y que puede llegar a reclamar la destrucción de quien no se someta.



Una visión que considera a la mujer un ser inferior, sometida y obediente; o que entiende la homosexualidad como un defecto o una tara merecedora incluso de la muerte en determinados regímenes y corrientes extremistas. Y, sin embargo, ha conseguido sumar a su causa a personas que, bajo esos mismos postulados, serían rechazadas o perseguidas.

Aún más llamativo me resulta que nuestro Gobierno parezca encontrarse más cómodo con determinados regímenes monárquicos autoritarios extranjeros, mientras mantiene enfrentamientos o diferencias con instituciones propias de nuestro país.

Como decía, lo ocurrido en Europa no es nuevo, pues no es la primera vez que movimientos islamistas han aspirado a extender su influencia sobre el continente. La diferencia, desde mi punto de vista, es que ahora ese proceso se estaría produciendo desde dentro y con la aquiescencia de europeos descontentos con su propio modelo de sociedad. Y, si algún día alcanzaran sus objetivos, podrían dirigir posteriormente su mirada hacia otros lugares.

Quizás todo esto pueda sonar a chaladura, pero, sinceramente, en un mundo que parece dividirse cada vez más entre quienes producen y quienes viven de lo que producen otros, considero que determinados sectores contemplan el islamismo con una simpatía difícil de explicar.

Son los mismos que se colocan el pañuelo palestino al cuello y, bandera en mano, defienden que nuestros recursos se destinen a personas que, en algunos casos, ni comparten nuestra forma de vida, ni muestran intención de integrarse, ni tampoco de marcharse.

El gran problema está en que puede llegar un día en el que no quede nadie para producir.

Y entonces…