Finalmente, la temporada taurina dará su portazo un año más; este año, con bastante ruido. Para quienes no entienden, o para quienes quieren que nadie entienda —en un intento de esta nueva libertad, consistente en que aquí se hace lo que a cuatro parapollas se les pasa por la cabeza… y punto—, la temporada ha sido un hito histórico.
Creo que, sin temor a equivocarme, ni una sola temporada puede presumir de que el cien por cien de las corridas —ojo, corridas, sin contar novilladas, rejones o clases prácticas— hayan sido un mano a mano entre Morante y dos más.
Habrá quien discrepe, pero hay dos realidades innegables. La primera es que, en las cuatro corridas que este año ha tenido la temporada, Morante ha estado presente, lo cual nos lleva a la segunda de las realidades: el lleno… por favor.
Quienes defendían lo decrépito y casposo de la fiesta han visto llenos hasta la bandera, carteles de «No hay billetes» y miles de jóvenes, de todas las edades, emocionados y saltando al ruedo al final de cada festejo.
Los detractores del Maestro, como es natural, ponen el grito en el cielo y se rasgan las vestiduras ante la ocurrencia de una empresa que, sobre todo, quiere ganar dinero —por Dios, qué cosa más insultante— y apuesta por semejante esperpento, pero que, al final, llena la plaza, los bares y, sobre todo, los aparcamientos.
Por supuesto, no podemos olvidarnos de los morantistas, capaces de comprar un abono completo para acudir únicamente a las corridas de su ídolo, entrar en éxtasis desde las ocho de la mañana y tener tema de conversación para todo el año. Y que, al final, también llenan la plaza.
Como decía, le joda a quien le joda, hay afición para rato. Pero no se hagan ilusiones: si estos parapollas continúan jodiéndonos la vida, además de dejarnos contra la pared, harán de la Fiesta Nacional un delito castigado con la pena de muerte, incluso para los menores… que luego crecen y se convierten en españoles fachas y casposos.
Y hay afición para rato porque la vida sigue y cada época, cada generación, tiene su Papa Negro. Por eso la gente sigue teniendo fe, aunque la única faena sea la de la Policía Local, con estocada gorda cuando salgas del festejo por aparcar como Rosalía… Malamente.











