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El cine está lleno de fugas carcelarias icónicas. Clásicos basados en historias reales como La Gran Evasión (1963); dramas inspirados en hechos reales como Cadena Perpetua (1994); thrillers más recientes como Plan de Escape (2013); o películas inspiradas en fugas históricas como Pacto de Fuga (2020) y la propia Fuga de Pretoria (2020).

Estas películas exploran las estrategias, la esperanza y la desesperación humana ante la adversidad, usando para escapar desde planes meticulosos, hasta ingeniosas artimañas psicológicas.

De entre esa variedad traigo hoy dos títulos de los muy buenos. Fuga de Alcatraz (1979), de D. Siegel; y Papillón (1973), de F. J. Schaffner.

Míticas fugas carcelarias.

FUGA DE ALCATRAZ (1979). Film carcelario, muy bien dirigido por Don Siegel (1912-1991), un veterano, prolífico y polifacético director que aporta oficio, nervio y un excelente sentido del ritmo narrativo. Sabe dotar de la suficiente tensión el guion vibrante de Richard Tuggle basado en la novela de J. Campbell Bruce, que relata hechos reales.

Por lo tanto, en esta película podemos ver la que tal vez haya sido una de las fugas más sonadas y audaces en la historia de los presidios de alta seguridad, la de Frank Lee Morris, John y Clarence Anglin y Allen West (que finalmente se quedó), personajes de la vida real, de los que nunca más se supo.

Además, en el filme acompaña muy bien la música de Jerry Fielding y entorna el escenario de Alcatraz una fotografía ocre ad hoc de Bruce Surtees. La puesta en escena es enormemente realista, pues además se rodó en la mismísima cárcel de Alcatraz.

El reparto está presidido por Clint Easwood, quien ya había trabajado anteriormente con Siegel en filmes como La jungla humana (1968), la celebérrima Harry el sucio (1971) o El seductor (1971), por mencionar algunas. Es pues un actor conocido para Siegel y al que sabe sacar partido: sin apenas inmutarse, hace un trabajo creíble y convincente.

Le secundan excelentes profesionales como Harry Guardino, Reni Santoni, John Vernon, Andy Robinson o John Larch. Excelentes actores de aquellos entonces.

La película se desarrolla en 1960 en San Francisco, cuando un peligroso, inteligente y experto preso en fugas, Frank Lee Morris (Eastwood), es trasladado a la famosa prisión de Alcatraz, un presidio como es sabido en medio de una pequeña isla rocosa en la Bahía de San francisco y un recinto de la máxima seguridad.

La trama consiste en cómo Frank, junto a otros colegas de cárcel, de manera meticulosa y paciente, planean una fuga prácticamente imposible, algo que nadie antes había conseguido. Frank se da cuenta que la rejilla en su celda es débil y puede ser abierta, lo que la convierte en un plan de escape.

Durante los meses que siguen, Morris, junto con otros presos —Butts y los hermanos Anglin— excavan a través de las paredes de sus celdas con cucharas convertidas en palas improvisadas, hacen maniquíes de papel que actúan como señuelos, y construyen una balsa con impermeables.

En la noche de su fuga, Butts se pone nervioso y decide no huir. Frank y los hermanos Anglin salen por fin de la cárcel y son vistos por última vez remando en la balsa durante la noche. Cuando se descubre la huida a la mañana siguiente, se hace una búsqueda infructuosa en la bahía. El Alcaide está convencido de que los hombres se han ahogado, pero los cuerpos nunca han sido encontrados.

El librero de la cárcel le dice a Frank: «Alcatraz afecta a los hombres de dos maneras distintas; a unos los hace más fuertes, a otros los mata». Interesante reflexión que queda clara y meridiana cuando uno ve no sin cierta angustia, las condiciones de los presos en aquella fortaleza endemoniada y con sujetos realmente peligrosos: psicópatas, hampones, criminales, etc.

La película sabe transmitir todo ese alto voltaje penitenciario, como el intento de asesinato de Norris por parte de un peligroso preso, un violador, o en tantas ocasiones en las que se sortean las enormes dificultades de los encierros en celdas de aislamiento, cuando es sabido que este tipo de tormento puede enloquecer a una persona. De manera que es un título duro, realista, convincente y, a la vez, con los ingredientes de la emoción y la angustia propios de este tipo de obras.

Fuga de Alcatraz es intensa narrativamente hablando, y entretenida, pues relata con veracidad la vida carcelaria. Y está el gran mérito de Siegel que no se detiene en formalismos para realizar una película políticamente correcta, de esta forma el foco se centra en la fuga sin distraer la trama con otros asuntos. Siegel es un director a la antigua usanza.

Siegel logra momentos de gran emoción e interés, con un Alcatraz sucio y, por supuesto, acompañado en su emprendimiento con actores de gran carisma como Eastwood o Patrick McGoohan con los que consigue un estupendo título.

Revista Encadenados

 

PAPILLON (1973). Central Cinema, emblemático cine de mi ciudad, eran los días de su estreno. Caminaba yo por la calle Ganado y al llegar a la puerta me paré, vi el título, la cartelera y sin dudarlo me metí en la sala. Iba solo, como tantas veces. A la salida estaba encantado: ¡menudo peliculón!

Ocurría esto en mi juventud primera y ya había leído yo la novela homónima de Henri Charrière, apodado Papillón por un tatuaje que lleva en su pecho en forma de mariposa. Charrière era, al parecer, un convicto que en realidad era inocente. La novela me entretuvo muchísimo y disfruté de ella. Estaba bien escrita y era un canto a la superación personal en pos de la legítima libertad.

En aquellos entonces ya conocía al director Franklin J. Schaffner de otras meritorias películas suyas como El planeta de los simios (1968), Patton (1970), o Nicolás y Alejandra (1971), una producción importante en torno al ocaso de los zares en Rusia, o Los niños de Brasil (1978), cine denuncia sobre las maldades nazis; entre otras.

Papillón estuvo a la altura o más de estos precedentes. Excelente dirección, lo cual, unido a un genial y sutil guion nada menos que del perseguido y superlativo Dalton Trumbo, junto a Lorenzo Semple Jr., adaptación de la mencionada novela, dio lugar a una cinta en la que se puede encontrar drama, emoción, aventura, canto a la amistad y a la manumisión (acto solemne en que el amo renuncia al derecho de propiedad del esclavo) y ritmo increscendo.

Banda sonora de las muy buenas de Jerry Goldsmith (Oscar en aquel año a la BSO), la mejor banda sonora de todas las colaboraciones con Schaffner. Brillante fotografía de Fred J. Koenekamp, el fotógrafo también de Patton (1970), que volvió a trabajar en esta película demostrando que sabe buscar los tonos más adecuados para cada momento, una brillante y espléndida fotografía que acompaña cada escena con brillantez.

A todo esto hay que unir unas interpretaciones de auténtico lujo, con actores de excelencia entre los cuales destaco al mismísimo Steve McQueen que ya quedó en mi retina como la imagen del Papillón por antonomasia.

McQueen trabaja duro interpretando a un preso que no traiciona a un amigo (Dustin Hoffman), que sueña en encontrar la forma de evadirse, que lo realiza muchísimas veces y que al final tendrá éxito, costándole despedirse de su gran compañero Dega, quizás en una de las mejores escenas de la película (parece que Hoffman escogió la figura de Trumbo, para dar vida a su personaje).

En fin, tanto McQueen como Hoffman están soberbios personificando con gran acierto a los dos amigos convictos en busca de una libertad incierta, que pasan por momentos difíciles pero resistiendo, en circunstancias de total desequilibrio mental, algo normal en personas que sufren métodos carcelarios largos e incalificables.

El resto del reparto es de gran nivel. Destaco a Robert Deman que está clamoroso y Bill Mumy estupendo. Anthony Zerbe, como líder compasivo de una colonia de leprosos, ofrece excelentes actuaciones de apoyo; Victor Jory, como jefe indio estoico; y George Coulouris, como médico de prisión venal.

Incluso el guionista Trumbo, que se había convertido en una figura de culto en el momento de esta película, entra en escena y aparece como el comandante de la colonia penal al comienzo de la película.

Un melodrama valiente, arriesgado, por momentos épico, otras veces rayando en cierto absurdo, con un tipo visual atractivo que no se encuentra en las películas de hoy día.

La cinta es un canto a la amistad y a la superación de uno mismo por conseguir una meta digna que anhela la libertad. Justo Francia, el país de la igualdad, la libertad y la fraternidad, tuvo durante casi durante un siglo uno de los sistemas penitenciarios más inhumanos conocidos. Y solamente en 1938, cuando quedaba menos de un año para el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, la cosa se enmendó.

Como curiosidades, la obra fue filmada en localizaciones en España y Jamaica y fue una producción costosa, pero acabó ganando 22 millones de dólares en su estreno en Estados Unidos.

La conclusión es que los 150 minutos de cinta se quedan cortos, pues es una obra trepidante, cargada de tensión, de emociones y de sentimientos elevados; diálogos estupendos, encuadres y exteriores de gran belleza, todo lo cual concluye en uno de los mejores dramas carcelarios de la historia del cine, con un final clamoroso por cierto. Magnífico final y brillante epílogo.

El filme no fue valorado en su justa medida. Era como que a Schaffner ya se le había pasado su momento de gloria. Pero su película pasará, como otras suyas, a los anales del cine de calidad.

Un melodrama osado, épico, arriesgado, por momentos romántico, en ocasiones surrealista-absurdo, con un fuerte atractivo visual que no suele encontrarse en el actual cine y sobre todo, una obra que engancha y mantiene al espectador sentado en la butaca de principio a fin.

Revista Encadenados