Hay decisiones políticas que retratan mucho más a quienes las toman que a las personas sobre las que recaen. Y la propuesta de conceder la Medalla de Oro de El Puerto a Daniel Marín Gálvez, nuestro Danielón, corre el riesgo de convertirse en una de ellas.

Resulta difícil entender que alguien pueda poner en cuestión el reconocimiento a una persona que lleva tantos años dedicando su vida a intentar recuperar la de los demás.

Daniel conoce bien las sombras. Las conoció en primera persona, en aquellos años en los que la heroína destrozaba barrios, familias y generaciones enteras. Pero, a diferencia de quienes se limitan a señalar los errores ajenos desde la comodidad de una tribuna, decidió convertir su propia experiencia en una herramienta para ayudar a otros.

Ahí está La Muralla, donde tantos jóvenes encontraron algo más que un proyecto: encontraron una oportunidad para reconstruir sus vidas, adquirir hábitos, recuperar ilusiones y descubrir que no todo estaba perdido.

La recogida de jeringas, de los chutes, las campañas antidroga, el acompañamiento a las madres desesperadas y tantas otras cosas que ha hecho Daniel cuando no había Facebook ni diarios que hicieran correr tinta en su nombre.

Dicen que la esperanza es lo último que se pierde, y ahí está también su gran empeño, el Hogar de la Esperanza. Un proyecto levantado sobre un terreno que parecía condenado a ser un lugar de olvido, un antiguo espacio de cementerio que hoy simboliza precisamente lo contrario: la vida, las segundas oportunidades y la posibilidad de empezar de nuevo.

¡Qué bonita paradoja! Donde algunos solo veían un cementerio, Daniel ha querido construir esperanza.

Por eso cuesta comprender que Unión Portuense y Vox puedan oponerse a un reconocimiento de esta naturaleza. Y si el argumento que se esgrime tiene que ver con la presunción de inocencia o con cuestiones judiciales, convendría recordar algo elemental: los reconocimientos sociales no son certificados de santidad ni premios a una vida sin errores. Se conceden por trayectorias, aportaciones y méritos.



La presunción de inocencia es un derecho fundamental que nadie debería cuestionar. Pero tampoco debería convertirse en una excusa automática para ignorar una trayectoria social. Son planos distintos y mezclarlos exige, como mínimo, una explicación convincente.

Y aquí es donde la política debería hacerse algunas preguntas.

¿De verdad cuesta tanto separar las diferencias políticas de los méritos humanos? ¿De verdad una propuesta de reconocimiento a alguien que ha trabajado durante años con personas excluidas tiene que acabar convertida en otro episodio de confrontación partidista?

Algunos partidos llevan tanto tiempo reivindicando su arraigo en El Puerto, presumiendo de conocer sus barrios y de defender a sus vecinos, que quizá deberían recordar que el compromiso con un pueblo también se demuestra reconociendo a quienes trabajan por él cuando no hay cámaras, titulares ni rédito electoral.

Porque Daniel no ha necesitado un sillón municipal para hacer política de la buena: la que transforma realidades, la que acompaña al que se cae y la que no abandona a quien la sociedad ya ha dado por perdido.

La Medalla de Oro no significa que Daniel haya sido perfecto. Significa que su contribución a esta ciudad merece ser reconocida. Y eso no debería ser tan difícil de entender.

El Puerto tiene una oportunidad de reconocer a uno de los suyos. A un hombre que conoce sus calles, sus heridas y sus problemas, y que ha decidido dedicar buena parte de su vida a intentar solucionarlos.

Porque hay personas que se dedican a hablar de cambiar la sociedad y otras que, sencillamente, se ponen manos a la obra. Danielón pertenece a las segundas.

Y si finalmente la política decide darle la espalda a ese reconocimiento, que al menos no se confunda una cosa: las medallas las concede el Ayuntamiento, pero el respeto y el cariño de un pueblo no se votan en un pleno.