
Cerramos la semana con el eco de las próximas elecciones en los oídos, y lo que debería ser un hecho más o menos agradable para unos, o motivo de angustia para otros, se ha convertido, sin embargo, en un aterrador grito que recuerda a otros tiempos.
Lo curioso es que ese grito, algo habitual en la historia reciente de la humanidad, no se produce solo a nivel nacional. En casi toda la esfera mundial, el hastío se hace notar y las calles van tomando otro color que a algunos no les gusta y no piensan tolerar.
Centrándonos en España, después de unos años en los que vemos cómo determinadas minorías nos imponen su moral y su forma de entender la vida, la gente normal empieza a estar harta, muy harta, y no solo aquí.
Esas minorías tienen una visión de su mundo, un mundo totalmente lícito y que no tendría nada de malo si se limitara, como sería lo normal, a su esfera, pues cada cual puede vivir, pensar y actuar como quiera, siempre y cuando no afecte a la esfera privada de otras personas.
Vivimos tiempos en los cuales no solo tenemos que respetar a los animalistas: se nos impone ser animalistas; no solo tenemos que respetar a quienes piensan que Israel es genocida: tenemos que desear la muerte y la desaparición de Israel; no basta con respetar a los no fumadores: tenemos que dejar de fumar hasta delante de otros fumadores.
Y, respecto a la guerra de hace casi un siglo, no basta con respetar a los muertos ajenos y a quienes tenían familiares entre quienes perdieron la guerra: tenemos que odiar a nuestros padres y abuelos y llamar asesinos a monjas y seminaristas.
Y todo esto, que podría parecer anecdótico, va cada vez a más. No basta con creer en otra opción política. Por parte de esas minorías, porque son minoría gritona y porculera, hemos llegado al punto de la amenaza, gracias a Dios de momento —y solo de momento— verbal e insultante.
Plantearse actualmente el voto a alguna de las opciones políticas, que son tan lícitas como las suyas, es fascismo; pensar en un giro político es genocidio; tener más de una casa y no apoyarles es capitalismo asesino; pensar, solo pensar, que Ceuta, Melilla, Canarias, Cataluña y Vascongadas son España, es colonialismo rancio; pretender trabajar para ascender en la vida es sumisión a la explotación…
En consecuencia, parece que, si este país da un giro político, existe para algunos un deber impatrio y sagrado de tomar las calles y acabar con el voto de una mayoría.
Y me pregunto: ¿hasta dónde están dispuestos a llegar? ¿Y hasta dónde llegarán los otros para defender su tipo de vida, su bandera y su país?
Elecciones… ¿para qué, si ya están diciendo que no piensan respetar el resultado?
El mundo, no solo España, se llena de matones con banderas de Palestina, que es lo que se lleva ahora, y yo me pregunto: ¿dónde acabará todo esto?











