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He ido al cine hace poco a ver el biopic de la gran actriz italiana Eleonora Duse (1858-1924), estreno dramático y teatral que me trajo a la memoria otras biografías de mujeres igualmente sublimes sobre los escenarios: la celebérrima actriz parisina Sarah Bernhardt (1844-1923) y la rompedora bailarina estadounidense Isadora Duncan (1877-1927), cuyas vidas fueron llevadas igualmente al cine.

De modo que hoy vamos de divas de la escena: Eleanora Duse, la Divina (2025), de P. Marcello; La divina Sarah Bernhardt (2024), de G. Nicloux; y, Isadora (1968), de K. Reisz.

ELEONORA DUSE, LA DIVINA (2025). El director italiano Pietro Marcello ha mostrado interés por la confluencia entre la historia y la vida Eleanora. También el lado emocional del personaje: «Me interesa contar historias de personajes que
tienen un fuego ardiendo en su interior».

En este drama, basado en los últimos años de la reconocida actriz italiana Eleonora Duse (1858-1924), hace un intento de vincular la lenta desaparición de la antigua tradición teatral europea con el auge del fascismo (Mussolini aparece en escena).

Algo que ni el director ni sus coguionistas (Letizia Russo y Guido Silei) logran del todo, pero que resulta en una experiencia original y en cierto modo estimulante. Película que está destinada a un público de cine de autor con sensibilidad histórica.

El problema para su éxito fuera de Italia radica en que la Duse, que fuera la primera mujer en aparecer en la portada de la revista Time, es poco recordada hoy en día, salvo por los aficionados a la historia del teatro. Tampoco ayuda el estilo claustrofóbico del filme. 

Esta es la primera película de Marcello que no se basa en una obra literaria. La historia retrata a una diva entregada a su oficio, con sus amigos y familiares. Lo cual incluye a su hija, Enrichetta Marchetti (Noémie Merlant), emocionalmente dependiente, que saca en su personaje la crueldad de su madre. Aunque la contraria es también evidente.

A principios del siglo XX, Duse se dispone a cumplir 60 años y lleva una década sin actuar. Está recluida en un palacio veneciano recargado, atendida por Desiree (actuación memorable de la actriz húngara Fanni Wrochna) y con una salud débil.

Problemas económicos obligan a Eleonora a regresar al teatro, donde el triunfo inicial se ve seguido de una humillación. Es cuando su colega y diva Sarah Bernhardt (a la que abajo me refiero), la tacha de desfasada, pero ella insiste en montar la absurda obra de vanguardia de un joven protegido, Memo (Vincenzo Nemolato), que resulta un fracaso.

Valeria Bruni-Tedeschi aporta su propia calidad y reputación encarnando a la diva que, en sus manos, se convierte en un relato intensamente conmovedor, pero a la vez matizado y flexible, de una mujer que intenta ser fiel a su arte en un mundo al que no logra adaptarse. Lo cual contrasta con el gran amor de su vida, el novelista Gabriele D'Annunzio, interpretado por Fausto Russo Alesi, un cínico hastiado del mundo. 

Tiene la cinta una ambientación de época y su vestuario es suntuoso, pero también transgresor. Es llamativa la capa que Duse luce en varias escenas, que tiene pliegues de seda gris parduzca clara en el interior de su llamativo cuello alto.

Marcello utiliza primeros planos extremos de algún personaje. Incluso la banda sonora está programada de forma contraria: conmovedoras piezas clásicas se intercalan con la partitura electrónica contemporánea de un trío de compositores italianos (Marco Messina, Fabrizio Helvetico y Sacha Ricci).

Una serie de secuencias en blanco y negro coloreadas, procedentes de archivos cinematográficos italianos, se intercalan en la acción, que son el tren ceremonial, recibido por enormes multitudes a su paso por el norte de Italia rumbo a Roma, que transportaba el ataúd del Soldado Desconocido, en 1921 tras la I GM.

Fue este el último gran gesto nacional de una Italia ya antigua y noble, antes de que Mussolini (Maquiavelo del siglo XX) instaurara una mentalidad política mezquina, basada en la intimidación, las mentiras y los “camisas negras” del Fascio.

Marcello pone el foco en los años finales de Duse, cuando ya es una actriz veterana, en decadencia, alejada de las nuevas corrientes dramáticas y con una relación difícil con su hija. Su ocaso coincide también con su enfermedad y con el auge del movimiento fascista en Italia.

 

LA DIVINA SARAH BERNHARDT (2024). Película sobre Sarah Bernhardt, primerísima estrella de la escena, mujer libre, visionaria y excéntrica. A medio camino entre la leyenda y la fantasía, el filme nos cuenta su historia de amor con Lucien que marcó su vida.

El director galo Guillaume Nicloux extrae del guion escrito junto a Nathalie Leuthreau, una película audaz, que a veces roza lo desconcertante, un biopic que, por suerte, se aleja de los hagiográficos cánones marcados por Hollywood.

Hay una relación elástica y plástica entre la verdad y la mentira, patrimonio de los grandes actores de teatro, como Sarah (bien Sandrine Kiberlain), a quien la película muestra interpretando la agonía de “La dama de las camelias” en el escenario del Théâtre de la Renaissance en París.

Somos testigos de alabanzas a sus cualidades como actriz de algunos de sus muchos amantes, principalmente Lucien Guitry (muy bien Laurent Lafitte) o Edmond Rostand (Sylvain Creuzevault); aunque tampoco faltaron amantes femeninas, como Louise Abbéma, interpretada por una meritoria Amira Casar, con motivo de la consagración de la actriz en 1896.

Este personaje dominante, caprichoso, libre y ambicioso, dedicada por entero a su arte, también había amado profundamente a su padre, el actor Lucien Guitry (Laurent Lafitte). Y con el amor viene el sufrimiento (“tu corazón tiene que sangrar para que el público sienta algo”, declaró en una ocasión).

Moviéndose vertiginosamente entre tres épocas diferentes (1915, 1896 y 1886), la película retrata a una mujer insólita, feminista y excesiva, abriendo una ventana íntima a la fina línea que separa a la persona de la celebridad. Un auténtico festín estético.

Rodada en medio de espléndidos decorados (cortesía de Olivier Radot), centrada en la protagonista, la película juega con el lenguaje de la emoción en un momento ligeramente morboso, cuando el sufrimiento del alma y del cuerpo se ve arrastrado por una fiebre social (aparecen Émile Zola o Sigmund Freud), agravada por el Asunto Dreyfus.

La película infunde una sensación de calidad indiscutible, pero también de extrañeza, que no debería desagradar al director, pero que sí aleja a la película de los cánones habituales del biopic, transformándola en una obra híbrida, artística y polarizante.

 

ISADORA (1968). En esta película del director Karel Reisz, se hace un retrato de la interesante y atormentada vida de la famosa bailarina Isadora Duncan, una mujer que fue innovadora, a quien la danza y el ballet moderno le deben su condición actual y su razón de ser. Fueron veinte años en los que Isadora transformó con su baile, no sólo la danza sino el panorama artístico mundial.

Recorre la cinta dos décadas de la vida de Isadora Duncan (Redgrave), haciendo las transiciones por medio de un montaje intelectual bien ejecutado o con la relativa sencillez de un ingenioso corte.

Comienza con una escena inusual, en la que la joven Isadora jura ser fiel a su musa y permanecer soltera, mientras prende fuego al certificado de matrimonio de sus padres. Este segmento es un eslabón crucial para la concepción del personaje.

La película enmarca la vida de la bailarina en torno a sus relaciones con tres hombres muy diferentes (con uno de ellos se casa), y nos deja claro que Isadora nunca subsumió su propia identidad en estas relaciones.

Comienza en 1927 en la Riviera francesa, donde Isadora, próxima a los 50 años dicta sus memorias a su secretario personal, Roger (John Fraser), con la ayuda de su amiga de siempre, Mary (Cynthia Harris).

Estas secuencias se intercalan con imágenes del amor de Isadora con un joven al que apoda "Bugatti" (Vladimir Leskovar) por su elegante coche deportivo.

A lo largo de la segunda mitad de la película, cada vez más oscura, la búsqueda de la protagonista por el joven deviene alegoría de su propia búsqueda del destino, y anticipa que justo subir al coche deportivo del hombre, será lo último que haga.

Cada una de las tres relaciones que explora aborda diferentes facetas de la personalidad de Isadora. El escenógrafo Gordon Craig (James Fox) es igualmente un espíritu libre y artístico, decidido a romper con las convenciones rígidas en la puesta en escena del baile. Son escenas cálidas y románticas.

El heredero de una fábrica de máquinas de coser, Paris Singer (Jason Robards), le ofrece a Isadora un estilo de vida lujoso, comprándole directamente una escuela donde pueda enseñar danza.

Por último, está el poeta ruso Sergei Esenin (Zvonimir Crnko), a quien la revolucionaria Isadora conoce cuando es invitada a vivir y trabajar bajo el nuevo régimen soviético a principios de la década de 1920.

Las escenas donde se compara la estancia de Isadora en la URSS con la recepción que recibe a su llegada a Nueva York son las más políticas de la película. Reisz no escatima esfuerzos para mostrar el desencanto de la bailarina con la realidad soviética.

Delicada y hermosa Vanessa Redgrave, es a través de su cuerpo que se nos muestra la pasión de la bailarina por el arte y la vida. Un biopic intenso, muy corpóreo, donde los movimientos de Isadora-Vanessa desvela un ángulo nuevo de su belleza y su irrepetible personalidad. En suma, un relato ingeniosamente distanciado de una mujer creíble e increíble.