Podría ser una sevillana, que en esta semana ya viene bien, o un obituario, pero prefiero que la frase se asocie a ese momento de paz, con sabor a rueda quemada, que se queda en la ciudad después de un fin de semana excesivamente ruidoso.

Ahora, cuando ya ha cesado el negro rugir —pero no solo de las motos—, comienza el atronador ruido de la queja a toro pasado. Llega el momento del balance negativo, de la inundación de quejas y, sinceramente, no sé qué me quita más el sueño: el puño cansino del motero a las tres de la mañana o el canto de la chicharra cojonera.

Yo, sin conocimientos en número de detenidos, multas impuestas, traumatismos, caídas, siniestros o beneficios económicos, prefiero observarle el pulso a una ciudad que ahora se prepara para el nuevo tema de debate: la feria, sin que me quepa la menor duda de que algunos ya afilan las plumas buscando qué criticar del evento.

Lo que sí es cierto es que, tras estos días caóticos, no se ha derrumbado ningún edificio, no se ha quemado ningún bosque y la ciudad recupera la calma; no la que nunca debió haber perdido, porque la vida —la que nos toca vivir— tiene estas cosas.

Mientras en ciudades como Cádiz las motos pasan como en un susurro lejano —más porque no despierta interés alguno que por la efectividad de sus gobernantes—, provocando, con la boca chica, la sana envidia de sus comerciantes; en otras, como en Jerez, las motos se limitan a rodearla para llegar al circuito, sin que sean apenas noticia destacada; en otras, como en El Puerto de Santa María, no solo las sufrimos, sino que vemos cómo Jerez le dedica cientos de enlaces en los que, sobre todo, destaca, con una morbosidad pasmosa, todos y cada uno de los accidentes que se han sucedido.

Los enlaces de la ciudad vecina, subidos a las redes, parecen fruto de un despliegue de periodistas apostados en todos los accesos a la ciudad, a la caza del golpe. Ello demuestra que, a pesar de las críticas, los medios desplegados y los botijos vacíos, este destino sigue siendo el preferido. Incluso creo que la crítica incentiva el morbo de venir hasta aquí a dar por culo, y queda claro que, en el fondo —muy en el fondo—, somos la envidia de quienes reniegan pero sueñan con recibir la avalancha que nos invade año tras año, sin que apenas les importe un control cada año más intenso.

Ahora, cuando parece que reina el silencio, nos queda este minutito —breve— porque, antes de que nos demos cuenta, la legión de amargados aburridos comenzará a rugir contra el ruido de la feria, que no deja dormir a los vecinos de La Coruña, que provoca la muerte de caniches asustados por los cohetes o por los precios de las gominolas en los supermercados a causa de la feria.