No está de moda, como diría Papá Levante, el ser gente normal, y por supuesto tachar de anormal a todo el que no piense como esa gente normal. El problema radica en el concepto en sí mismo, pues la normalidad, dependiendo de los tiempos, modas, gustos y demás circunstancias que nos rodean, muta en diferentes estados de normalidad.

Aun así, hay patrones básicos, normales, que por mucho que se empeñen algunas personas “normales”, son inmutables, innegables y… normales.

Un portuense normal, lo que se dice normal, el de andar por casa, es el que disfruta de sus paseos por la playa, hundiendo los pies en la tibia arena, con la vista clavada en la bahía mientras aspira hondo y se acuerda del viejo vapor, pero sin hacer un alegato político, solo con cariño. O de Paco Alba, del pescaito frito, las barbacoas, La Calita… el que, tumbado en la toalla, simplemente se deja llevar.



Normal es disfrutar de un papelón de churros cuyo aceite se impregna del azúcar que dejamos sobre el papel de estraza y que, de cochinas maneras, después mojamos en el café, con el más que normal condecorado sobre la camisa.

Un portuense normal se come las gambas y las acedias con las manos, las mismas que después usa, sin limpiárselas, para coger el vaso de cerveza, ya sea en su casa, en El Nuevo Portuense, en El Moro o en Los Portales.

Este tipo de sujetos son los mismos que creen que Valdelagrana está en el más allá, porque saben que el río, frontera natural, hace de aquella zona una especie de colonia de ultramar a la que se va de excursión de vez en cuando.

Por mucho que intenten reeducarnos, inculcarnos el odio al pasado y el amor a la nueva normalidad, viendo como normal lo que para algunos no lo es, el portuense normal seguirá siendo más de Feria que de Carnaval, sin desechar el momento para acudir a ambos eventos con el mismo cariño.

Seguirá sintiendo los pinares, aquella Arboleda Perdida, como los lugares asociados al primer beso, a lo prohibido, pues los sentimientos, atracciones y primeros quebraderos de cabeza siempre se asocian a lo mismo; al igual que los primeros cigarrillos a escondidas, que hoy, gracias a la nueva normalidad, revitalizan el amor a lo prohibido.

Claro que existen otros gustos, aficiones, incluso normalidades respetables, pero hoy el por cojones nos lleva a la normalidad decretada.

Y, por supuesto, dentro de la normalidad, seguiré comiéndome las acedias y pelando las gambas con ambas manos: la izquierda y la derecha.