Normalmente, un recurso literario muy común, desde que el mundo es mundo —de Esopo a Orwell—, ha sido la humanización de los animales. En no pocas ocasiones hemos fantaseado con simios inteligentes o pájaros asesinos y, más de una vez, los hemos dotado de caracteres humanos. Incluso en el mundo del carnaval, pasando de caballos andaluces a simios y terminando en palomos, esta fantasía ha tenido cabida. Todo dentro de un contexto que no pasaba de lo anecdótico o artístico.

Tampoco han faltado fantasías sexuales de dominación, en las que arneses o “perritos” sumisos han formado parte de imaginarios donde gente, quizá un poco peculiar, ha encontrado satisfacción. Y esto, lo llamemos como lo llamemos, no es algo muy normal… aunque tampoco necesariamente alarmante. Todos hemos jugado alguna vez, con un principio y un final que comenzaba y terminaba en el propio juego. Y, en no pocas ocasiones, cacerías humanas han sido una vergüenza, tratando al ser humano como si de un animal se tratase.



Todo ello forma parte de la sociedad en la que vivimos, una sociedad que, hasta hace unos cuantos años, tenía las cosas claras, salvo excepciones.

Todo cambió: empezamos por exigir la libertad de género, mandamos a paseo la ciencia y la lógica y, desde entonces, uno ya no es lo que es por su condición genética, sino por su deseo. Pero, además, con la exigencia de ser del género que ese día considere adecuado para su persona, pudiendo cambiar cuando le venga bien.

Hoy, según esta visión, ya no hay hombres y mujeres, y el respeto a la libertad personal se ha transformado en la exigencia de adecuar el entorno social al deseo individual. Algo que aparentemente no tendría consecuencias tiene, sin embargo, una lectura muy grave: si un señor con barba —y anatomía masculina evidente— dice que se siente, que no es lo mismo que ser, una mujer, no solo reclama un derecho, sino que exige poder usar los servicios femeninos, sus duchas —colectivas o individuales— o compartir espacios reservados para ellas.

La situación, poco a poco, se va de las manos y hemos llegado al punto de tramitar denuncias por discriminación ante el rechazo de mantener una relación con un hombre que se siente mujer.

Hemos alcanzado tal extremo que hoy también parece un derecho sentirse animal, obligando a la sociedad a aceptarlo. Y, siguiendo esa lógica, el siguiente paso será ver a estas personas reclamando poder atender en la caja del supermercado a ladridos —que, por supuesto, tendremos que aprender—, orinando por las esquinas o defecando en cualquier rincón cuando les venga la necesidad, como haría un animal por derecho.

Pero, al parecer, todo esto no serían trastornos del comportamiento… sería otra cosa.