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[Lee aquí el Capítulo II] Aunque no tenia ventanas insonorizadas, y mi casa era una autentica feria, los sonidos me eran familiares, y apenas me importunan el sueño. Sin embargo, aquella noche no. Aquella noche aquel camión era distinto, me alertó.

El sueño no me vencía, no podía dormir, y el rum rum de aquel camión me dejaba intrigado. A oscuras me levanté y me asomé a la ventana. Frente a mí, una escalera con un señor me dio las buenas noches. Era un camión que no había visto nunca, pero que en definitiva no era más que un instalador eléctrico.

Bajé a la cocina en donde mi buen amigo, quizás alertado por el ruido, y esperando continuar la juerga, me acompañó sirviendo una copa de ponche. Me explicó que eran los de Ximénez, la empresa que montaba las luces de Navidad.



Al ver mi extrañeza, dado que estábamos en noviembre, me explicó que, en otras ocasiones, llegado el puente de la Constitución, aun no había ni sombra de las bombillas. Por lo menos ahora recibiríamos el puente con las luces puestas.

Nos fuimos al salón y con el balcón abierto vimos como los mozos se dedicaban a colocar unas hermosas luces sobre los cables. Lo cierto es que no me había fijado que noches atrás habían lanzado el tendido eléctrico para colocarlas. Con sorna el “Bigotes” me dijo que seguramente ya alguno hablaría del derroche, de que aún faltaba mucho, precisamente los mismos que años atrás se quejaban de que no había luces, de que se ponían tarde y que la dejadez del concejal de turno era imperdonable. Indolente ciudad que llora por no tener, por tener y por ganar o perder. Pero siendo sinceros, y haciendo caso a mi cicerone, al menos las cosas se hacían bien y a tiempo.

Para mí, seguía siendo una fecha errónea, pues los cumpleaños son en su fecha, y otra cosa sería el coste, aunque viendo cómo funcionaban las cosas, dudaba que el presupuesto se sobrepasara del aprobado.

Ya tranquilo al ver que lo que ocurría ni me afectaba, ya fuera para bien o para mal, decidí volverme a la cama. El “Bigotes” decidió tomarse otra copa, claro, mientras le ofrecía al de la escalera una copa, la cual, seguro que rechazaba, pero de la que el daría buena cuenta, porque seguro que la servía sin problema.