Jesús Torres es Johann Wilhelm, “Rukeli”, un boxeador gitano que sostuvo la mirada al mismísimo Hitler en pleno nazismo, jugándose mucho más que el prestigio y los guantes.

Jesús Torres es también Saúl, un joven gitano y gay que mantiene otro combate a cuerpo limpio con su identidad sexual y con un entorno familiar hostil y grotescamente tradicional.

Jesús Torres podría ser el personaje que le diese la gana, porque su versatilidad interpretativa está a la altura de los grandes, como demostró el pasado sábado en el teatro Muñoz Seca con Puños de harina, esperada producción de este hijo pródigo, profeta por una hora y media en una tierra tan ingrata para con sus cachorros.



Porque Jesús Torres es portuense, piedra valiosa que nació de la mejor cantera escénica de nuestra ciudad. Ocasión que aprovecho para lanzar el aviso urgente de esta semana, a quien corresponda: ¿qué fue de las escuelas municipales de teatro?, ¿a qué esperan para recuperar esa oferta educativa que una vez hizo posible que un niño quedara infectado por el veneno de la interpretación y, años después, erigiese una propuesta artística colosal llamada Puños de harina?

Y es que Puños de harina lleva varias temporadas triunfando en los cuadriláteros más exigentes, éxito que le ha valido, entre otros reconocimientos, el Premio  Autor Exprés 2019, de la  SGAE y ser finalista de los Premios Max 2021.

Algo que no es de extrañar considerando la potente labor de equipo encabezada por Jesús Torres, autor, además, de un texto cuya lectura recomiendo vivamente. Pero fuera del ring hay que aplaudir también el extraordinario diseño de iluminación de Jesús Díaz, la sugerente proyección de imágenes de Elvira Zurita, el ajustado trabajo coreográfico de Mercé Grané y el envolvente espacio sonoro y musical creado por Alberto Granados.

Entre todos han aupado hasta lo más alto un espectáculo magnífico y necesario y a un actor, autor y director a quien esperan grandes y sonadas victorias.