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Pasaron lentos los años, y él me seguía mirando en cada nueva temporada, las estaciones se sucedían y a veces, solo a veces, notaba alguna nueva muesca en su eterno perfil que miraba al occidente.

El viejo noray, aferrado con sus uñas al viejo cantil, aguantaba y soñaba con aquellas maromas que antaño lo abrazaban, soñaba y recordaba el triste temporal que le susurraba al oído historias de aquella bahía que se perdía en el horizonte, y aunque fueron muchas, y tentadoras las llamadas al lodo, se negó a mudar su sucio espacio por los eternos abrazos del Guadalete.

Con tristeza escuchó los sueños olvidados de aquellos que sentados sobre su fría humedad explicaban proyectos, y durante años esperó, esperanzado, las eternas promesas incumplidas. La última, el secreto y la sorpresa de una ciudad mirando al rio, con pantalanes de cortesía, y paseos fluviales con su perfil remozado, ya eran viejos cantos de sirena, y, aun así, en su férrea inocencia confiaba en que su oxido se mutara con el minio y el negro ferroso de fina capa que lo adornara.



Pasé junto a él, camino de aquel nuevo puente que me llevaba al otro Puerto, y al verlo, cubierto de unas lagrimas de rocío, vislumbré la sonrisa que el sol dibujaba en sus sombras sobre los sucios adoquines. Cual mascota toqué su testa sin que se diera cuenta, y al contacto con mi mano, se estremeció, y a la par, me trasmitió aquel viejo sueño, sueño marinero de Alba inocencia, y con pena contenida me susurró al oído que aquel principio de la ciudad para quien entraba, y final para quien vivía, más que sumido en el olvido, estaba olvidado.

El olor a brea de los calafates, las virutas de varadero que se mezclaban con los finos que repartía por la ciudad, volando entre  las campanas de aquel Espíritu Santo no volverían… había llegado el otoño que anunciaba su eterno invierno, y el río, doblando en su recodo se llevaba sus últimos recuerdos.

Quizás la ciudad de la justicia devolviera vida al viejo noray, quizás los niños volvieran al viejo cantil, quizás, su Puerto, volvería a mirarle, y maroma al cuello, él y su eterno río, volverían rebozar de vida y puestas de sol.