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No han sido pocas las veces que he defendido su uso. Muchas las que ha sido protagonista de reales sueños disfrutando al abrigo de sus glacis. Infinidad de veces, al pasar junto a ella, sobre todo en días claros, me he perdido en el horizonte de sus ojos viendo galeones vomitando hierro y fuego.

No pocos han sido a los que he seguido en sus llantos, y muchos más, los que, como yo, suplican al menos su limpieza. Solo alguien, se atrevió, poniéndose por montera a los que, como hoy, en cada frase, cada gesto, cada aprobación, cada decisión, ven solo corrupción, delito y odio al Puerto, limpio las desgastadas piedras, y duda no me cabe de que si alguien le hubiera apoyado (por amor a su ciudad) en lugar de pasarse más de una década echando mierda, esas piedras hoy serian reclamo turístico, espacio multiusos, orgullo del Puerto, balcón de la bahía, los ojos enamorados de Cádiz, auditorio donde la música danzaría con las olas.



En estos días, el que para muchos es igualmente el odioso artífice de la corrupción megalítica denostada, frase tan vacía de contenido como las críticas, anuncia la puesta en valor de una de las que fue defensa de la Bahía. Suerte le deseo, ya que, como ocurre con todo, no fiscalizarán, no ayudarán, no aplaudirán… buscarán el fango, el mismo del que se llenan esas piedras cuando llueve, y harán todo lo posible para buscar un fracaso que les dé rédito político mientras la ciudad llora.

Por mi parte, vuelvo a cerrar los ojos mientras la bahía acaricia mi rostro, es invierno, y sus fríos dedos, sin embargo, me reconfortan. Poco a poco me voy llenando de unas saladas melodías que me inundan de viejos truenos. Pero cuando más me dejo llevar, cuando ya apenas soy capaz de resistirme a un placer de los sentidos… una voz amiga y acogedora me susurra en mis sueños si deseo algo.

Al abrir los ojos me siento arropado por un Fuerte recio y vetusto que me abriga de la brisa. Las luces iluminan las troneras, y el piano dispara por entre ellas andanadas de pasión.  Al alzar la vista sobre la que otrora fuera derruido torreón, se alza un mástil coronado de fino y campiña, de verde y oro, la bandera de la ciudad que se vuelve a alzar sobre las restauradas piedras.