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Tengo un capitán, un capitán que se llama Juan Mayor, un capitán que más que un capitán es padre, y lo es porque el mío es además el padre por poderes de su último hijo. Eso me convierte en hermano de sus hijos, y a mi capitán, en mi padre.

A pesar de ese vínculo, antes de aquellos días, ya me quedaba embobado observándole, como cuando, siendo presidente de aquella Alianza Popular, aquella sin complejos, en una salida nocturna con el vapor le enseñaba a su hijo mayor, el de verdad, las constelaciones.

Pasaron los años, y mi capitán, por derecho propio fue más que nunca un padre, sobrando los cómos. Sin embargo, un buen día, se marchó, como se marchó el otro, uno se fue a esas marismas azules que se encuentran en el cielo, y éste, a las mareas eternas que hacen olas en las nubes.

Los dos amigos se me fueron, y aquel binomio, al cuadrado, se rompió, esa amistad que ahora solo tienen en común la inmensidad del cielo, se despegó, porque mi capitán dejó su Rosario en tierra, se embarcó, y ahora surca los cielos con el Fénix de hermosura como piloto.

Su Estrella de los mares le acoge, orgullosa, y él, valiente en su puente, se lamenta de haber dejado en tierra a su tripulación. A mí, a mí supongo que me echará de menos, pero yo a él le extrañaré, le extrañaré como extraño a quien antes partió hacia ese camino infinito en pos de las blancas palomas.

Adiós mi capitán, adiós padre, adiós amigo infinito, pero más que un adiós, un hasta pronto, porque aún sin Dios quererlo, ten por seguro que algún día, algún día que espero sea más lejano que cercano, desde esas Marismas Azules donde tengo una cita, volaré hasta esos infinitos mares que rompen las nubes para buscarte, pues bien sabes que los tres tenemos una cita pendiente. Hasta pronto Capitán, mi Capitán.