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“Nuestra harina El Vaporcito siempre apoya la cultura, el deporte y el arte”.

La industria cinematográfica en Irán se inició en la década de 1900, cuando el Sah de Irán Mozaffareddín Shah Qavar, en un viaje por Europa conoció el cinematógrafo en la Exposición Universal de París, encargando la maquinaria necesaria para llevar el cine a su país.

El surgimiento del llamado “cine motafavet” o “cine diferente” en las décadas de 1960 y 1970 marcó un giro en la industria filmográfica iraní. Pero con la revolución islámica de 1979, la nueva censura se cernió sobre el cine y hasta los ’90 no volverá a tener un notable reconocimiento.

Poco antes destacaron películas como “El corredor” (1985) de Amir Naderi, 1985. Y marcó igualmente un hito J?deha-ye sard” (1987) («Rutas frías») de Massoud Jafari Jozani, que triunfó en el festival de Berlín. Aunque estas películas eran críticas, el Estado iraní apoyó su distribución en el extranjero, por diversas razones e intereses.

A falta de una prensa libre, el cine se convierte en el estado islámico en la forma sutil de crítica social. Tras las elecciones generales en Irán de 1997, los cineastas expresaron por primera vez sus opiniones políticas. La mayoría se pusieron de lado de los candidatos progresistas. En este nuevo período llegaron películas que trataban de mujeres y del amor, como Banoo-Ye Ordibehesht” («La dama de mayo»), de Rakhshan Bani-Ehtemad; o Do zan” («Dos mujeres») de Tahminé Milaní, ambas de 1999.

Una fecha importante es 1997, cuando se estrenó “El sabor de las cerezas”, de Abbas Kiarostami, que obtuvo la Palma de Oro en Cannes. Otros jóvenes triunfaron igualmente como Bahman Ghobadi, que consiguió la Cámara de oro en 2000 por Un tiempo para la ebriedad de los caballos”; o Samira Makhmalbaf, que dirigió “Las manzanas” (1998).

En este contexto, hablo hoy de la visión que de la infancia hace Majid Majidi, otro de los grandes directores iraníes. Comentaré tres de sus películas: la última Hijos del sol (2020); Niños del paraíso (1997); y El color del paraíso (1999). Majidi emociona con historias sencillas, minimalistas y su forma brillante y lúcida de inventar historias y llevarlas al celuloide.

HIJOS DEL SOL (2020). Esta película de Majid Majidi está dedicada a los 150 millones de niños que en el mundo se ven obligados a trabajar para sobrevivir. Se trata de una obra entre el drama ligero y la comedia triste, con una propuesta con valores y sin afectación. Una película de denuncia sobre la frágil y vulnerable infancia pobre de su país.

Ya en las primeras escenas, unos muchachos roban una rueda a un coche de alta gama en un aparcamiento para venderla y así poder comer, frente al desamparo social en una ciudad donde riqueza e indigencia conviven.

Alí, un niño de 12 años y sus tres amigos apenas sobreviven en circunstancias familiares penosas. Proceden de familias desestructuradas con padres drogadictos, en la cárcel o muertos, y madres enfermas. Venden menudencias en el metro y trabajan por unas monedas.

En un giro importante, Alí recibe el encargo de un viejo y astuto truhan, para que lo ayude en el rescate de un tesoro. Para conseguirlo, le indica que deben matricularse en una escuela, pues desde allí podrá acceder a las “monedas de oro” y todo lo que le promete. Se trata de la Escuela del Sol, una institución filantrópica para niños sin hogar. Finalmente, Alí y sus amigos se inscriben en el colegio.

Alí se entrega de firme a escarbar en la tierra y desde la escuela un túnel laberíntico y profundo que simboliza su agobio y las dificultades para encontrar una salida a su desgraciada existencia.

El relato posee un ritmo ágil, con intriga y una cámara siempre apuntando al problema social, unido a otras subtramas como el de una pobre niña afgana (gran trabajo de Shamila Shirzad).

Conmueve el abnegado profesor que defiende a sus alumnos poniéndose en riesgo frente a la policía; entrañable un pequeño genio de las matemáticas; la madre de Alí, interna en un manicomio. Y el protagonista también conmueve, un menor que es un adulto precoz pero inmaduro, que anhela encontrar una quimera oculta en las entrañas de la tierra.

Enorme expresividad de los jóvenes actores que se desempeñan con naturalidad y autenticidad de niños perdidos y necesitados de todo. Magnífico el actor Rooholla Zamani como protagonista de doce años que sostiene la película mientras va a la caza de un tesoro imposible.

Es una historia que atrapa, palpitante, llena de acción y sentimiento. Película que deja buen sabor de boca, pues traslada emociones sencillas y profundas como la alegría, la ilusión, la tristeza y finalmente, un hálito de esperanza.

Más extenso en la revista Encadenados.

EL COLOR DEL PARAÍSO (1999). Cuenta la película la historia de Mohammad, un niño ciego de ocho años que, tras acabar el curso en la escuela para ciegos de Teherán, regresa al pueblo con su padre para reencontrarse con su abuela y sus dos hermanas.

El padre, viudo, no sabe qué hacer con su hijo ciego, pues entorpece sus planes de casarse de nuevo, actitud que muestra el lado egoísta del ser humano.

De nuevo el genial Majid Majidi con otro drama y la infancia como protagonista; curiosamente de un niño junto con la abuela, que es la representante de la vejez y la sabiduría.

En el reparto de nuevo actores, sobre todo infantiles, aficionados pero que transmiten mucho con sus sonrisas y miradas. Actores como Hossein Mahjoub, Salime Feizi o Mohsen Ramezani, entre otros.

La cámara de Majidi acompaña a Mohamed por hermosas praderas de amapolas, entre los pájaros carpinteros, en el fluir de los ríos, todo aquello que al niño ciego no le hace falta ver para sentirlo en su interior más profundo. Majidi también nos enseña este lado agradable y poético, aunque de fondo asoma un drama humano.

Es la tragedia entre los deseos personales y el peso de un vínculo sanguíneo. La historia de Mohammad, un niño de sólo ocho años, que se tiene que enfrentar al rechazo y la soledad de su padre por su condición de invidente. Esa es su verdadera lucha: la relación con un padre que lo rechaza por ser un obstáculo para sus planes, pues la familia de su futura esposa no quiere la carga de Mohammad.

La escena en que el niño habla con Dios y su afecto hacia “gente como él” es considerada una de las más emotivas en el género. Una bella fotografía del alma infantil y de la superación.

Más extenso en la revista Encadenados.

NIÑOS DEL PARAÍSO (1997). Maravillosa película, perla del cine iraní, que cuenta un drama infantil en el que dos hermanos en edad escolar pasan por un trago amargo.

Es una película de escasos medios, lo que se hace evidente en su planificación, fotografía, actores aficionados y los escenarios de las calles en los barrios pobres de Teherán. Pero algunas elipsis y escenas de singular encanto compensan estas dificultades de producción.

El filme nos enseña que se puede hacer un cine hermoso sin muchos medios técnicos ni económicos. Lo que hace falta es una buena historia que contar, una historia humana, y la elección de los actores adecuados. Con estos sencillos ingredientes Majidi ha creado una película exquisita, bella y emotiva.

La historia cuenta las vivencias de una familia muy humilde, y las experiencias de dos niños hermanos, Alí de 10 años y Zahra de 9. El relato gira alrededor de la pérdida de los viejos zapatos de Zahra, recién reparados, cuando Alí va a recogerlos.

Sin estos zapatos su hermana no podrá acudir a la escuela. Como hay serios problemas económicos y de salud en la familia, los dos hermanos deciden no contar nada a su padre y acuerdan que Zahra, que estudia por la mañana, utilice las zapatillas de Alí, y éste las utilice en la tarde, que es cuando él va a la escuela.

Hay escenas memorables, como cuando Zahra termina sus clases y corre agitada y veloz por las laberínticas y angostas callejuelas llenas charcos, calles de una gran pobreza, que son las que rodean la escuela. Y así, hasta llegar al punto de encuentro con su angustiado hermano, que la espera impaciente para ponerse él los zapatos y no llegar tarde. En ese punto intercambian las zapatillas por las chancletas, y entonces es Alí quien emprende una frenética carrera hacia su escuela.

Esta joya se sustenta en un soberbio guion del que también Majidi es autor. La fuerza de la historia es tan avasalladora que nos empuja a seguir a sus personajes e involucrarnos en sus peripecias. Nos angustiamos y sonreímos al compás que nos marca su director, hasta que nos conduce a un final apoteósico, soberbio y efectivo.

Los niños inundan la pantalla y nos hacen olvidar los absurdos problemas de los occidentales. Sus carreras por las estrechas calles nos mantienen en vilo, lo cual se aleja del tópico que definía el cine iraní de lento. Es destacable una gran música muy bien utilizada que acentúa la tensión del filme.

Esta película es interesante para las personas que trabajan en la educación infantil y evidencia cómo los problemas de los adultos cruzan y modifican la vida de los niños, sobre todo en contextos de pobreza y desigualdad social.

Y no hay que perderse el emocionante final, en el que Ali tratará por todos los medios de conseguir unas nuevas zapatillas para su hermana, en una competición deportiva.

Carrera:

Pura lírica, hermoso cine y emotivo, una película que no es comercial, que no tiene efectos especiales, pero que deja huella.

 

Más extenso en la revista Encadenados.

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