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Pasan los días, y pasa el carnaval, se aleja una fiesta que jamás doblo sus rodillas, en donde el ingenio, el buen hacer y la picardía supieron vivir en cada momento, según las circunstancias.

Mientras se acercaban las fiestas, como siempre, confié en ese ingenio, y sobre todo en el principal escollo, las reuniones de más de cuatro personas, prohibidas, estigmatizadas, y entonces, a mi mente llegó la más triste de las agrupaciones, la más denostada, el cuarteto, la única agrupación legalmente preparada. Y que, por gracia aritmética carnavalera, y ajena a toda norma de la lógica, podía estar compuesta por dos, tres o cinco miembros.

En mi parca ilusión, pensé en un carnaval cuartetero, que no cuatrero, en romanceros, en ese ingenio innato en donde por una vez en la historia de los carnavales fueran los dueños de la calle, y del carnaval.



Imaginé correos ocupado por dos guitarras y una caja en un nuevo formato de cuarteto, imagine cuatro voces y mil letras, y soñé, soñé con ese carnaval distinto y diferente, intimo y acogedor, pero cargado de esa sorna, de esa guasa que mirase de frente al protagonista de los carnavales. El neorrealismo italiano, ese cine en blanco y negro de posguerra, esa ansia de comerse la desgracia, convirtiéndola en la chaza y en la risa.

Soñé con ese carnaval de letras y llanto entre la risa, y la ley, en la norma, la que siempre fue burlada, la que siempre encontró el encaje perfecto para rozar lo que no se podía traspasar.

El año pasado, la valentía llenó las calles de tanguillos y cuplés, y este año, este año, era el año de la valentía, del romancero con “epi”, de la guitarra con mascarilla y caja sorda buscando el compas. Y pasado el carnaval, donde queda la comparsa de tres o cuatro, en donde el tres por cuatro no se pierda, donde la historieta y la vara, donde los cuartetos ilegales demostrando que al fin y al cabo, Cádiz es Cádiz y al final… aquí hay que… en fin. Que no pare la música.

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