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“Nuestra harina El Vaporcito siempre apoya la cultura, el deporte y el arte”.

El cine romántico henchido de drama cursi, afectado y regresivo ha sido recurrente en el Séptimo Arte. Un cine que busca tocar la fibra sensible del espectador medio, contando romances muy crudos para que el respetable ejercite su potencial lacrimal, lo cual tiene incluso un poder catártico y curativo. Mucha gente sale de la sala tras estas obras habiéndose identificado masivamente con los personajes, y tan dolorida y fatigada como si hubiera tenido doble ración de gimnasio o hubiera pasado por tres sesiones de psicoanálisis sin respiro.

Hay muchos títulos desde antiguo sobre este subgénero. Pero como hay que acotar, en esta entrega he decidido tomar como punto de partida una obra que fue un en su momento un éxito sin precedentes: Love Story (1970), un fenómeno sociológico que movió los corazones de medio mundo en el inicio de los años setenta del pasado siglo. A continuación vendría su secuela, Historia de Oliver (1978). Y para postre comentaré una cinta en la misma línea pero más actual, La fuerza de vivir (2006), del director Ed Stone.

Así fue la cosa y así sus secuelas

En 1970 Erich Segal, un graduado en Harvard publica una novelita de escasas páginas con poco valor literario, que en poco tiempo se habría de convertir en todo un éxito editorial, su título: “Love Story”.

Ese mismo año la Paramount compró los derechos de la novela y encargó su realización a Arthur Hiller, un director más de oficio que creativo, y los los papeles principales del film se asignaron a dos actores poco conocidos entonces: Ali Mac Graw y Ryan O’Neal. Acompañada la historia por una acaramelada canción de fondo de Francis Lai, músico habitual por cierto del director Claude Lelouch. El resultado fue una comedia con tintes melodramáticos y mediocre que, empero, se convirtió en una de las películas más taquilleras de la historia Hollywood, para pasmo de sociólogos y cineastas que se afanaron en comprender el fenómeno.

En 1978, de nuevo Erich Segal escribiría una nueva obra titulada Oliver’s Story”, continuando en el punto donde había dejado la anterior historia de amor y muerte, en el más puro género rosa. Como segundas partes nunca fueron buenas, la novela no alcanzó el éxito de la primera, pero se vendió bien y se tradujo a múltiples idiomas. De nuevo la Paramount produjo la adaptación de la novela contando con el ya cotizado actor Ryan O’Neal y la no menos famosa estrella Candice Bergen, una elegante y guapa mujer. El director fue John Korty, un realizador proveniente del cine indi, necesitado de trabajo que consiguió lo inimaginable: dar cierta entidad cinematográfica a un texto estúpido con escaso recorrido y difícil salida.

En 2006 aparece una peliculita que a pesar de ser más decente que las anteriores, no tuvo ni el éxito ni la resonancia de las anteriores, La fuerza de vivir, del director Ed Stone. Vamos allá.

LOVE STORY (1970). No ha habido un melodrama plan romántico más afamado que este. Al menos en lo que yo he visto de cine. Fui a verla al poco de ser estrenada, muy jovencito y empujado por el éxito de crítica y público que arrastraba. Entré en un gran cine que había en la calle Sierpes de Sevilla y fui solo. Conforme avanzaba el metraje observaba que mientras parte del público lloriqueba, en menor proporción otra parte, sobre todo jóvenes, emitían risitas. Creo que esta fue la tónica del film: drama con el que algunos se emocionaban ‘versus’ el pasteleo que a los más progres les hacía reír (aunque no estoy muy seguro de que fueran risas francas, alguna lágrima cayó seguro).

La cosa es que la Paramount Pictures hizo un enorme negocio encargando al irregular pero cineasta de oficio canadiense afincado en Hollywood, Athur Hiller, que dirigiera esta película con un guion a la medida de la ‘cosa del corazón’ de Erich Segal, adaptación de su novela homónima. Algunos críticos como Martínez de El País la calificó como: “Inolvidable drama sobre el triunfo del amor”. Sin embargo otros como Khan, también de El País la comentó así: “Estando a la altura de Corín Tellado, todavía parece inexplicable su demoledor éxito”. Mi parecer es que esta historia de amor entre dos jóvenes universitarios de Harvard merece una consideración al menos respetuosa, pues sin ser gran cine, la cinta en su conjunto es ‘resultona’. Si no que le pregunten a los millones de espectadores que la vieron en su época… y aún hoy.

Tiene la película un comienzo dinámico y unas secuencias sentimentales, idílicas y sensibles como en bruma, con pocos diálogos, pero sustanciosos.

A pesar de ser pretenciosa está bien rodada y sobre todo y ante todo estuvo acompañada de una de las músicas más hermosas de la historia del cine: “Qué bonito es estar contigo cuando empieza a amanecer”, decía la letra de la pegadiza musiquilla ganadora del Oscar compuesta por Francis Lai. Ejemplar fotografía de Dick Kratina. Así pues, Oscar a la mejor banda Sonora y siete nominaciones, y cinco Globos de Oro (uno a la mejor película) en aquel 1970.

Por supuesto el reparto cuenta y mucho. La presencia de dos jóvenes que asomaron al cine para subir ya definitivamente a lo más alto: la preciosa y modesta protagonista Jenny, que interpreta Ali McGraw (su segunda película y primera de éxito planetario) muy bien en este papel de amada y luego joven enferma; y el muchacho ricachón y enamorado Oliver Barrett IV, encarnado por un Ryan O’Neall que se lució en su trabajo de amante hasta las últimas consecuencias. Uno de los mayores éxitos producidos jamás, basado en un best-seller, que Arthur Hiller supo exprimir hasta la última gota.

“Amar significa no tener que decir nunca lo siento”. Si a pesar de esta frase, ridícula como pocas, Love Story se mantuvo en pie como drama sentimental –puro romance de novela rosa barata- es gracias a la pericia de Hiller, un cineasta que nunca se dio aires de autor, probablemente porque era consciente de que no tenía gran talento, pero que sí sabía hacer bien su trabajo y ser solvente con buenos modos. El canadiense falleció en Los Ángeles a los 92 años de edad en 2016, según ha anunció la Academia de Hollywood, institución que presidió de 1993 a 1997.

Ahora, andado ya el tiempo, me parece que la clave del éxito de esta película radica en su sencillez, una sencillez que llamamos amor y que cruza las entrañas de casi todo el mundo. Algunos tienen suerte y se enamoran. Otros no, pero sienten ese anhelo. En conclusión, que a todos nos atrae la llamada de Cupido, algo simple también, a la vez que sublime. De eso habla la película. Y paara cerrar bien, el drama, el llanto, los pucheros de algunos espectadores, que yo lo vi.

 

HISTORIA DE OLIVER (1978). Como continuación del “Love Story” de Erich Segal, el personaje Oliver Barrett IV (Ryan O’Neal) y Marcie Bonwit (Candice Bergen), una mujer culta y divorciada, forman una especie de pareja perfecta, ambos ricos, guapos, independientes y sensibles, aunque son reacios al matrimonio.

Ahora los problemas del adinerado Oliver Barrett IV son su depresión, sus incesantes visitas al psiquiatra, pues no puede olvidar a su mujer, y algunas obras de caridad. Pero se enamora de la dueña de una cadena de grandes almacenes, lo cual le hace desviarse de sus labores filantrópicas, para finalmente descubrir que los ricos deben estar donde están, e igualmente los pobres. Unos nacieron para mandar y los otros para obedecer (Plutocracia). Por lo tanto, ¡fuera ideas sobre las clases sociales y a dirigir la empresa familiar!

Un final abierto dejaba opción a otras secuelas que finalmente no se dieron, gracias al cielo. Y el Oliver, que andaba depresivo, recupera en su relación con Marcie el interés por la vida y descubre un nuevo amor.

Es una película mediocre pero que podría haber sido peor si no hubiera sido porque su director John Korty supo sacar delante de forma inaudita el pobre material que le dieron. La cosa es que comparada con la anterior, el arrebatado amor anterior de Oliver es sustituido por una bella y pragmática Candice Bergen; y ambos dan el pego, como ahora diré.

Fue una película que no tuvo ni mucho menos el éxito de la primera, pero que se esforzó en mostrar el lado positivo de la vida.

Buenísimas interpretaciones de O’Neal y una preciosa Bergen que aciertan en sus roles de unión romántico y entrega al límite.

Recomendable para los amantes y añorantes del “Love Story”. Pero en este film el amor es diferente, y muestra que la vida ofrece nuevas oportunidades para ser feliz.

 

LA FUERZA DE VIVIR (2006). Un divorciado (Dermot Mulroney) de edad mediana, padece una enfermedad terminal y le dan dos años de vida. Empieza a asistir a unos cursos sobre la muerte y el morir en la Universidad y allí conoce a una bonita mujer (Amanda Peet) que es consejera académica de la Universidad, y también enferma de cáncer. Ambos se enamoran y deciden vivir el tiempo que les queda de vida saboreando las mieles de los días que tienen por delante.

Este film es un remake de “Siempre hay tiempo para amar” dirigida por Daryl Duke en 1976 para la TV y en la que actuaban Peter Falk y Jill Clayburgh con un tema de apertura de Paul Williams que canta las bondades del amor. Pero hecha esta salvedad, la película que ahora comento es un drama amoroso conmovedor.

Una cinta correctamente dirigida por Ed Stone e igualmente interpretada con profesionalidad por un simpático y cordial Mulroney y una guapa Peet que hacen muy bien de enamorados terminales que apuran con eros y los besos y las mieles de la vida. La película puede enganchar, pues la historia es es puro amor pleno de fatalidad, amor-almíbar, amor-thanático. El destino aciago de los personajes que representa la fragmentación de vida. Pulsión de muerte o Eros thanático que ronda omnipresente para impulsar un final ineludible.

El guion del propio Stone resulta tan hondo que es difícil ver su calado dentro de su trivial grisura predecible. En algún pasaje un tanto sensitivo recuerda a la legendaria “Love Story”. Pero el film no pasará a la historia.

Se me ocurre decir que no está mal verla, más que nada para entender que la vida es un soplo, pero un soplo al que se le puede ganar algo de tiempo, más hoy que contamos con avances médicos importantes. Sirve, pues, para reflexionar sobre cómo vivir la vida. Y por supuesto, mejor vivirla con amor que de cualquier otra manera.

Es fundamental la buena onda que transmite la pareja principal. A la vez, sin ahondar demasiado en el pasado de los personajes, el director acierta a sugerir las vicisitudes que pasan en los avatares de su singular relación.

Es una cinta natural, de bajo presupuesto, muy pocos personajes, rodada sencillamente, en la que uno sabe lo que va a pasar pero sin embargo lo espera sin exasperación, de buen grado.

Este drama romántico o romance drama pasa el corte. Los protagonistas gustan a pesar de sus limitaciones y del escueto libreto, de su concisa trayectoria. Peli que se ve bien, si quieres darte un bañito de sentimiento para estimular el tierno músculo cardíaco.

 

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