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Las nuevas noticias, la nueva normalidad se dejan sentir en la ciudad. Las calles vacías cuando apenas la noche ha comenzado a vivir, y la madrugada aún está lejana, nos hacen revivir tiempos oscuros.

Nunca vivimos nada semejante, y negamos que el presente nos haga cambiar, nos haga evitar y huir de una noche acogedora. Sin embargo, ya no es salud, tampoco el amor hacia los que más queremos tampoco tiene nada que ver con la obediencia o las normas. Nuestra vida cambia, el comportamiento se tapa y adapta a la nueva prenda en el vestir, y poco a poco, cambiamos hábitos y costumbres.

Vuelve tiempo de sacrificio, un tiempo negado y que nos condiciona. Vienen tiempos en los que la impotencia por no poder hacer nada nos obliga a no hacer para hacer lo que no queremos. Nuestro Puerto sigue presente, en el mismo lugar, con sus mismas calles, su mismo río, las mismas playas y pinares, los negocios siguen ocupando las mañanas, y la noche, la que anhelamos se aleja poco a poco, a paso lento. Cosas más importantes no son el consuelo, y tampoco el ser lo mejor.

Los tiempos han cambiado, nuestro mundo ha cambiado, y nosotros, nosotros hemos cambiado, son tiempos de cenas tempraneras, madrugones necesarios, vivir el sol y dormir la luna. El cuerpo humano es el mismo, el lugar el mismo, y las necesidades, las mismas.

Forzados por hechos que no dominamos, nuestro mundo se adapta y al final, la felicidad será el poder vivir, con plenitud lo que la naturaleza obliga, pues al fin y al cabo, todo esto no es más que una imposición sobrevenida sobre nuestra forma de vivir, y de nada sirve perder el tiempo en lamentos, sirve adaptarse y vivir, con la misma plenitud que nos marca y nos concede la propia naturaleza.

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