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La libertad se respiraba incluso en los aromas que llegaban de las playas, la brisa ya olía a otoño, y la música había dejado de sonar. El viento susurraba en silencio llamando a la calma, y la dura realidad transformaba la arena en piedras ostionerías que arañaban las conciencias.

El mundo padecía, y El Puerto, como todas las ciudades se dejaba arrastrar en una orilla que día a día recibía y despedía unas olas parecidas a las que ayer mismo besaban las playas. La consigna política teñía de colores imposibles la verdad y la cruda realidad, y los comentarios que el viento repartía carecían de sentido común, pues la mano del odio trataba de desviar el discurso de las olas sobre las copas de los pinos.

Sin embargo, pasaban los días, el Soko dio paso a otros temas más actuales, y la inocencia de una fiesta patronal merecía el mismo reproche que la celebración de un cumpleaños. Vientos extraños, que rolaban en vueltas imposibles, volvían a teñir de gris los cielos, pero que al fin y al cabo, pasarían.

Ahora ya no eran poderosos eventos, quizás fueran simples vecinos, ahora eran vueltas a la vida, de las que se hacían responsables siempre al mismo… siempre a la misma orilla de enfrente, ocultando con la sal la orilla olvidada de nuestro propio mar. Y aun así, sentado en aquella playa, con el poniente llegando a saber de dónde, dejando a un lado la mano, que a modo de visera ya no era necesaria, dejaba que mi alma se limpiara.

Quién quería o amaba el daño, a quién beneficiaba aquella muerte, quien desea que las cifras compitieran con la arena. El viento, igual para todos, soplará en la misma dirección para todos, dependiendo del momento, siempre, y la ola, pesara a quien pesara, siempre llegará a la orilla, sin que nadie fuera culpable de que la misma nos mojara los pies.

El odio, la consigna y el Facebook seguirán como siempre, imparables, siguiendo sus propias rutas, siendo imposible doblegar o educar, y aún así, sería bueno seguir confiando en un Puerto sin odios… ni pandemias.

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