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Mentiría si dijera que noto la nueva normalidad, ya que mi vida, a veces simple y llena de vivencias, me lleva por un viaje que en cada paso me hace descubrir cosas nuevas.

Algunas, como mis cafés, y cervezas de media tarde, son ya una costumbre, ni mejor ni peor que la de mis vecinos y ya paisanos. Me voy fundiendo en la vida de la ciudad, queriendo pasar desapercibido, dejándome arrastrar por las charlas banales de las barras de los bares, la vida transcurre tranquila, y me gusta.

La nueva costumbre me hace hacer de mi mascarilla una parte más de mi propia existencia, y a veces, lamento el momento elegido para pasar una nueva vida. Aun así, el lugar escogido merece la pena.

El verano, ya en su recta final parece cerrar un extraño ciclo, y la ciudad, ni alegre ni triste me ofrece su realidad. Cansada, eso sí.

Hoy mis pasos me llevan hacia esas playas tranquilas, temerosas de un virus, cada día más extraño, mis pasos me llevan como siempre, a mi Puntilla, la cual ya considero parte de mí, y por el camino, cientos de jóvenes, más trasnochadores que madrugadores, se cruzan en mi camino. Sus alegres rostros dejan huella de una noche vivida en plenitud, y al contemplarnos veo un Puerto radiante de vida y juventud.

Algunos dirán que son unos inconscientes y temerarios, yo veo gente llena de vida, sin prejuicios, sensatas, que a su edad piensan en lo que tienen que pensar, no piensan en virus, ni en pandemias, ni retuercen sus ideas hasta hacerlas encajar con una realidad inexistentes. Su sensatez se aprovecha de no conducir con copas, se basa en beber, pero no hasta la inconsciencia, en amar, pero no alocadamente. Y es que la juventud refleja el alma de allí donde viven.

En una ciudad en donde casi nadie conoce a alguien infectado de Covid, en una ciudad que se esfuerza en no vivir; en una ciudad alegre, divertida, sensata… su juventud, y aquella, que como yo, acude a su llamada, podrá ser criticada, lapidada por cientos de insultos de “sensatos incautos”, pero vivirá, se divertirá, y ni por asomo querrá infectar, ni contagiar, ni molestar a nadie, excepto a los que a las siete de la mañana ya se divirtieron y ahora descansan, solo que antes que ellos.

El Puerto, mi ciudad, mi ciudad de acogida, aquella en la que vivo, vive, y ello a pesar de las voces que, aun viviendo, se esfuerzan en ni vivir ni en dejar vivir, a pesar de que todos, sin excepción, algún día dejaremos de hacerlo.

Mi “Bigotes” me espera donde siempre, y al ver mi sonrisa, se extraña y me pregunta. Mi respuesta en simple, concisa y fácil. JUVENTUD, esa que todos vivimos un día para dejarla atrás y empeñarnos en negarla.

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