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Durante décadas de cine norteamericano los papeles asignados a los actores y actrices de color fueron bastante estereotipados y rara vez, por no decir ninguna, se vio cine romántico con personajes negros. El racismo imperante en Hollywood e incluso en la propia sociedad, el denominado supremacismo blanco y otros prejuicios diversos, hacía impensable obras de amor o sexo enteramente con afroamericanos.

En 2018 se proyectó en los cines una maravillosa película de Barry Jenkins titulada El Blues de Bale Street, una cinta donde una una mujer negra de Harlem embarazada y recién prometida, lucha con todas sus fuerzas y todo su amor para demostrar la inocencia de su pareja, un muchacho joven de color condenado injustamente.

El pasado 14 de febrero de 2020 se estrenó en los cines comerciales de EE.UU., aquí se ha estrenado en fase post-confinamiento este 24 de Julio/20, se trata de una película de la canadiense y mujer de color Stella Meghie, con título original The Photograph, que aquí se ha llamado de manera diferente, como ahora diré. Meghie dice con mucha razón que en Hollywood hay una escasez de historias de amor en las que los protagonistas sean negros; y añade que a ella le encantan y que quería ver más. Y con relación a su película que va sobre esta temática afirma: “Es importante que lo haga bien, para que pueda enviar un mensaje a la industria, que la gente quiere ver estas películas y que irá bien… y hablar en nombre del público”.

Así, para ilustrar cinemtográficamente este tipo de obras sobre el amor entre personas negras, traigo estos dos títulos actuales y de calidad. El blues de Beale Street (2018) y el estreno que aquí se ha titulado Retrato de un amor (2020).

EL BLUES DE BEALE STREET (2018). Magistral dirección de un Barry Jenkins que elude la vaciedad de gran parte del cine de hoy, donde impera un sentimentalismo artificial. Jenkins es un artesano al que le interesa que sus personajes sintonicen con el público de manera creíble. Lo hace con una cámara que mima la figura de los personajes, haciendo que sus miradas vayan a la cámara directamente, reclamando al espectador.

Espléndido guion del propio Jenkins que adapta la novela del escritor y activista afro-estadounidense James Baldwin: “If Beale Street Could Talk” (1974). Jenkins traslada perfectamente al fotograma la idea del novelista, o sea, una potente historia de amor que deviene resistencia contra la presión integral que padece la sociedad negra. Lo cual incluye instituciones como la policía o la propia judicatura.

Deliciosa banda sonora de Nicholas Britell y una fotografía estilizada de James Laxton (el mismo de “Moonlight”) con fondos difuminados que embellecen cada rostro y cada mirada, la cámara yendo y viniendo de un personaje a otro, acompañando los diálogos y resultando una sensación de movimiento en cada plano y secuencia.

En el reparto, el hermoso debut de la bonita KiKi Layne que sabe administrar sus recursos de emoción al límite; Stephan James sensacional como el pobre novio doliente y preso; o Regina King, la madre de la joven que está descomunal, una actuación precisa y densa, la mejor sin duda. Y en fin, todo un equipo de actores de lujo acompañando.

Es una película conmovedora y de denuncia, que toca muy fuerte la fibra emocional y toca de pleno la intangible esfera del corazón. La película habla de la injusticia, pero sobre todo retrata el hecho de un amor, el de la colectividad, el de la familia y el de los amantes que hace las veces de antídoto contra el odio.

Historia de amor, de un primer amor; drama judicial; melodrama; película de enorme belleza sobre buena gente a la que le suceden cosas terribles; un poema emotivo, musical y visual. En suma, una experiencia visual fascinante que tiene momentos tan evocadores como sensitivos, realizado con la acrisolada exactitud de un orfebre del cine como Barry Jenkins.

 

RETRATO DE UN AMOR (2020). La famosa y conocida fotógrafa Christina Eames muere de forma súbita e inesperada. Su hija Mae Morton (Issa Rae) queda con muchas interrogantes en su interior. En una caja de caudales, Mae encuentra sendas cartas manuscritas de su madre, una para ella y otra para quien fue el amor de su vida, lo cual que la joven emprende una labor de investigación para conocer la vida de su madre cuando era joven. Al hilo de esta búsqueda comenzará un imprevisto y pasional idilio con un periodista, Michael Block (Keith Stanfield).

Cuarta película de la afro-canadiense Stella Meghie, con un guión de la propia Meghie que por vez primera confecciona el libreto ella sola. La película, no sin esfuerzo y excesos consigue llevar a puerto la historia, tanto a través de las imágenes, acompañadas de una fotografía excelente de Mark Schwartzbard, como de una sustancial y en ocasiones excesiva banda sonora de Robert Glasper. Meghie transpone y trenza las vidas sentimentales de una madre y una hija a lo largo de los años ochenta hasta el momento actual, desde los orígenes en un sur pobre, al sofisticado Manhattan. Es una cinta con un lenguaje visual exuberante y preciso, que pretende invitar al espectador a mirar lo mejor y más bonito de un encuentro azaroso y providencial.

Es un film de verano meloso, donde un  un periodista que se siente guapo, se cruza con la historia de la recién fallecida fotógrafa y la de su hija, a la sazón una conservadora del Museo de Queens en New York, muchacha de color con ropa cara y bolsos de Prada. Ello confluye en un amor que acaba siendo digerido mejor que peor, gracias entre otras a la banda sonora firmada por el pianista y productor Robert Glasper, una música sensual y envolvente que acompaña bien la historia.

Hay bastantes historias de amor en la película. Además de la que protagonizan los dos personajes principales, está el amor que se muestra en flashbacks entre la madre de Mae, Christine (la mejor actuación en la película) y el pescador Isaac (un Rob Morgan bien y calibrado) en Pointe à la Hache, Louisiana.

La estrecha relación de Mae con su padre (Courtney B. Vance, bien); el vínculo afectivo de Michael con su hermano mayor Kyle (un Lil ‘Rel Howery correcto); y el feliz matrimonio de Kyle con Asia (Teyonah Parris). Y  lo más revelador del film, lo que muestra sus signos de vida más vibrantes y sexys es cuando Meghie catapulta su obra apoyada en las conexiones obvias de las dos historias de amor de Mae y su madre Christine.

La historia de la madre de la protagonista se cuenta a través de una carta que le escribió antes de morir. Esto lleva a la joven a preguntarse por qué su madre no fue capaz de contarle lo que escribió en la carta, personalmente. Su padrastro le señala que tal vez quisiera que ella entendiera la su historia como mujer, más que como madre.

La cosa es que Christine era una muchacha negra de Louisiana, que quería ser afamada fotógrafa, una ambición que resultaba difícil, entre otras y sobre todo, por ser afroamericana y por haber nacido en la Louisiana pobre de los años ’80 (en la película no hay mención al racismo). Que fue educada por una severa madre y además, su absorbente trabajo le impidió amar a Mae con la intensidad que ella habría querido, todo lo cual muestra los aspectos frágiles de este personaje.

Además, cuando su hija lee la carta, tiene la misma edad de su madre cuando la escribió, lo cual que el rol maternal queda difuminado, mostrando a la hija sus amores como una especie de coetánea o amiga consejera; y ahí aparece el punto en que su madre revela el amor poco común con un Isaac, al que durante años no vio pues sus caminos se separaron, pero al que nunca olvidó; una historia infeliz pero mantenida en el recuerdo. Este tema es principal en el film: si puede permanecer el amor tras tanto tiempo, en la distancia y sin verse. Lo cual queda apuntado en la carta póstuma que deja para Isaac y que servirá como enseñanza al final de la cinta.

En cuanto a la historia de amor entre los protagonistas, Mae y Michael, entre el joven egocéntrico y carismático y una muchacha bien, amor a primera vista, una relación que Meghie no acierta a perfilar con exactitud. El romance carece de ímpetu y exaltación, y pronto se hace aburrido. Unos personajes confrontados a unos miedos un tanto triviales que finalmente pueden unirse plenamente de manera forzada y la protagonista cede ante el apuesto galán que se ha marchado a Londres llevado de su ambición (como antaño hiciera su madre).

En el reparto destacan los protagonistas Keith Stanfield e Issa Rae que aunque sintonizan o mejor, tienen eso que se denomina química en la pantalla, sin embargo acaban por resultar impostados y artificiales, con un exceso de gestos manuales y falta de repertorio para los matices. Para mí, los mejores actores del film son la importante actriz Chanté Adams, que consigue dotar a Christine de una incandescencia de mujer encantada, y Y’lan Noel, que encarna el eterno amor de Christine y pescador de cangrejos en el sur.

Una sentida y entrelazada historia de querencias y arrumacos, algunas pinceladas de calidad, un guión al que le falta elaboración e historias de amor, la antigua agridulce tirando a amarga (la mejor), y la de los protagonistas jóvenes, predecible y dulzona como para que disfruten, sobre todo los espectadores de corazones sensibles y románticos.

Más extenso en la revista de cine Encadenados

 

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