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Posada en la cabeza de la fe, observaba atenta la plaza. Los pequeños ocupantes de las mesas apenas se daban cuenta, y poco a poco, los cielos se fueron llenando de gaviotas planeadoras.

Los cigoñinos, que hacía tiempo habían dejado de ser polluelos, habían superado las primeras clases de las palomas instructoras, y batían las alas frenéticamente temerosas de un cielo desconocido, en aquellos momentos, nerviosas por recibir las lecciones magistrales de planeamiento, comenzaron a agitarse.

Desde el pararrayos del campanario, un batir de alas dio la señal. Las gaviotas, lejos de su mar, planeaban bajo unas nubes generosas, y la leve brisa era ideal para dejarse llevar por los vientos. Justo en ese momento, los cielos de El Puerto, los cielos de la Prioral, se llenaron de jóvenes cigüeñas que batían sus alas torpemente.

Las gaviotas, pausadas y tranquilas las llevaban a los cielos, alto, muy alto, hasta hacerlas bajar abriendo las alas y dejando que fueron los cielos los que hicieran el trabajo.

Algunas, asustadas, movían las alas para no caer, las más atrevidas, confiaban en el viento, y majestuosas, se dejaban llevar sobrevolando las cúpulas de su casa. El espectáculo, natural, elegante, armonioso, gratamente bello, envolvía el ambiente.

Quizás para muchos pasase desapercibido el espectáculo, para mí, que eran ya casi de la familia, más que vecinas, verlas evolucionar y crecer era bonito. Pero viendo aquel espectáculo, donde gaviotas y cigüeñas surcaban los cielos me condujo a un Puerto desconocido y hermoso, a un Puerto de nubes acogedoras, de brisas marinas que recogían el incienso de las cúpulas de la Iglesia Mayor, Basílica Menor, si, pero mi Prioral de siempre. Y allí me quedé, viendo los cielos teñidos de blanco y negro, de elegantes bordos entre los vientos.

En ese momento descubrí que las vistas desde las alturas debían ser tan magnificas que por eso las cigüeñas se negaban a abandonar la ciudad, haciendo de ella, su hogar. Y es que, miremos donde miremos, los bellos secretos de esta ciudad, están en cualquier rincón, también sobre nuestras cabezas.

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J. Joaquín García-Romeu, nacido en Cádiz, es licenciado en Derecho por la Universidad de Cádiz. Ejerce como abogado en la localidad de El Puerto de Santa María y en Sevilla, actividad que compagina desde los años 90 con colaboraciones en el mundo de la prensa y con la publicación de libros como 'La última negra' (Ediciones Atlantis) en 2018.

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