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Sus ojos se posaron en la bandera que se enmarcaba en los reflejos del río, muy quieto intento afinar los sentidos para escuchar la sirena del vapor, pero tan solo escucho el pasar del agua junto a las rocas.

Todo lo demás era quietud y sosiego, a veces, el retumbar del paño de la bandera lo saludaba con calma mientras poca gente perturbaba la vista que se le ofrecía.

De espaladas al río, la calle de Luna lo invitó a pasear, el intrigante y enorme caserón quedó a la izquierda, en tonos rojizos, limpio y seguro, pero alejado de la bocana de la calle, a cuyos pocos pasos se intuía la espadaña imaginaria de aquella vieja iglesia inexistente. 

Casi de forma inmediata, el que fuera hospital y el que fuera un cine dejaron volar la imaginación a tiempos de galera, a tiempos de domingos de pipas, a recuerdos enmarañados y acogedores.

Luna seguía, calle de tabernas, tabancos, ultramarinos y casinos, calle de bancos y sucursales, de papelerías y zapatos. De Giraldas Argentinas y zapatos con sabor a puente italiano y a juego de nombres en navidad.

Como precipitándose en la cabeza, la calle Luna se acababa, y un penetrante olor a telas y madera curada se dejó arrastrar por los sentidos atentos de Philips. Hasta donde el recuerdo alcanzaba, la calle era como una ferretería de andaluzas maneras y de juguetes de plástico. Todo envuelto en nostalgia y recuerdo, en dulces de Gloria y de tiempos superpuestos.

Al final, volviendo a mirar al río, el tiempo se detenía, y cerrando los ojos, como si de un enorme collage se tratara, entendí que mis ojos veían lo que otros, y lo que muchos no entenderían, y al abrirlos, vi una calle moderna, amplia, alegre, luminosa, en donde los negros huecos de los cierres bajados no existían, y terrazas, negocios y gente, se hacían dueños de una de las calles más vivas y bonitas de la ciudad.

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