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El tono de voz de Laura Furest denota vitalidad, alegría, sencillez, calidez, cercanía, buen rollo y vida. Y eso quizás hace que su experiencia como enfermera a lo largo de la pandemia del coronavirus haya sido distinta a la de otros tantos sanitarios que hacen frente a esta situación, y es que la ha sentido a flor de piel.

Desde el 23 de marzo y hasta el 25 de abril estuvo recibiendo pacientes

Esta joven enfermera portuense está trabajando en el hospital de La Paz, en Madrid, donde ha pasado de ejercer su especialidad (estudia el primer año de dos que componen el EIR de salud mental) a pasar a la primera línea de batalla en las urgencias del mismo centro hospitalario, tratando a pacientes de Covid-19 como enfermera generalista.


Como bien explica, desde el 23 de marzo y hasta el 25 de abril ha estado recibiendo pacientes positivos en Covid-19 en las urgencias del hospital madrileño, hasta que ha vuelto a su especialidad, en la zona de salud mental, como EIR. Y es que “por falta de personal”, ella y otros ocho compañeros, fueron mandados a  Urgencias, “porque estaban desbordados y había personal de baja que se había contagiado”.

Laura asegura, y asume poco a poco con sus palabras, que la situación actual “ha cambiado mucho desde el comienzo de todo esto”, y al principio “lo pasaba fatal en todos los sentidos. Ves gente morir todos los días, gente muy enferma, aislada, que está sola en el hospital, que solo tienen contacto contigo, que puedes hablar con ellos dos minutos, porque tienes que atender a otros tantos pacientes”. Relata una cruda realidad que ha vivido con 26 años.

Entrada al Hospital La Paz de Madrid. / EA

Y como otros sanitarios, Laura explica que a todo ello hay que añadir “lo complicado que es estar con el EPI, la pantalla, la mascarilla, moverte, respirar, a lo que hay que añadir el impacto de ver tanta gente mal, la situación de catástrofe y sobrecarga, pero sabes que no hay otra y hay que atender a todo el que está en esa sala”. Esta enfermera portuense asegura haber tratado, en un turno, a “más de 20 pacientes en la zona sucia”, donde se encontraban los infectados, “y es muy duro”.  E incluso, explica haberse sentido desfallecer al llegar al paciente número quince, “pero al final consigues remontar”.

“He pasado cosas como enfermera insuperables y complicadas”

“Lo que he vivido, para mí se queda, he pasado cosas como enfermera insuperables y complicadas. He vivido el caos, el desborde de la situación en muchas ocasiones. He visto salas llenas, a rebosar, de camas, y más camas cruzadas y sillones y sillas con gente enferma…”. Incluso asegura que “no pensé estar turnos enteros con el EPI, pero después te lo echas a la espalda, y puedes. El primer día estuve al borde del desmayo con el EPI, no aguanté ni una hora con él puesto, tenía dolor de cabeza y cansancio. Pero el siguiente día ya sabes a lo que vas, bebes agua, comes, haces pis y cuando entras en la zona sabes que no sales más, porque no puedes tontear, ya que la situación es muy grave y eso supondría poder poner en peligro a la gente enferma, y además, cada vez que sales o entras tienes que utilizar un EPI nuevo, y no teníamos tantos porque estaban contados”.

“He llegado a mi casa como cuando te vas de excursión y te llevas todo el día andando, con los pies hinchados, de estar todo el día de pie, atendiendo personas, sin respiro. Es una barbaridad”. Asegura incluso que “hasta que no llegas no sabes la magnitud de lo que es”, y que por muchas imágenes que pueda ver la ciudadanía en los informativos, la realidad supera con creces esas tomas recortadas del día a día de un hospital en plena pandemia.

Pero la positividad lleva a Laura a admitir que “tenemos más capacidad de que pensamos” y al final ha superado con creces un mes de situación caótica y complicada, pero ha podido volver a ejercer su especialidad.

“Mientras estás trabajando la adrenalina no te deja desfallecer”

Lo peor quizás llegaba al terminar el turno. “Mientras estás trabajando, la adrenalina no te deja desfallecer, pero al poner un pie en el autobús, los primeros días, me derrumbaba, y solo me apetecía comer y dormir”, a pesar de tener todas las tardes libres, pues su turno es de mañana normalmente, era incapaz de hacer nada más. “La mente y el cuerpo se agotan” de ver tanto sufrimiento. “He estado desbordada en todos los sentidos”.

Laura es otra de tantos sanitarios que no han recibido test para saber si ha contraído o no el virus, porque “no he tenido síntomas”. Pero “he estado con enfermos positivos, con compañeros que lo han tenido, por eso nos parece ilógico que no nos hagan test”. Y su preocupación no solo pasa por haber estado contagiada o contraer el virus al estar a pleno rendimiento, ejerciendo su profesión “y poder contagiar”, sino que lo que más le acongoja es “no saber si podré ir o no a El Puerto a ver a mi familia, cómo le voy a dar un abrazo a mi madre o a mi padre, porque no tengo la certeza de no poder contagiarles”.

Alto número de sanitarios contagiados

Sin duda, a esta joven le sorprende el alto número de sanitarios contagiados, “pero aunque yo no he vivido la falta de material, es cierto que conozco compañeros que han tenido que tirar durante una semana con una misma mascarilla, y al final se produce el efecto dominó, ellos se contagian y propagan el virus”. De hecho, cuenta que “una noche, una chica iba a entrar a trabajar conmigo, le hicieron la prueba y dio positivo. Fue a trabajar con neumonía pero sin síntomas, y al final tienes miedo, porque ves que a tu alrededor van cayendo unos y otros con el virus. No descarto haberlo pasado o tenerlo, porque sigo expuesta”.

En cambio, en cuanto a la protección en forma de trajes, mascarillas o pantallas, confiesa que “no me he sentido desprotegida. En La Paz hemos contado con material, pero nos gustaría poder hacernos los test para tener mayor tranquilidad, pero los que teníamos aquí tenían poca fiabilidad”, apunta.

Urgencias en el hospital de La Paz, en Madrid, durante la crisis sanitaria. / EA

Pero la situación está cambiando. “Las últimas semanas que pasé en Urgencias se veía cómo cerraban salas para desinfectar y abrirlas para recibir pacientes de otras patologías distintas al Covid-19. Se ha visto menos gente contagiada” y ahora lleva varios días en interconsulta de Salud Mental, algo que “es muy emocionante, pero a la vez te mueres de pena”, porque ha pasado de ver a gente enferma, pero en el primer tramo de la enfermedad, pues su puesto estaba en Urgencias, a asistir a la gente ingresada en la UCI.

“En la UCI hay gente con traqueotomía, sondas, poco nivel de conciencia, y a veces intentar hacer videollamada con la familia es complicado. Ves a la familia dando ánimos al enfermo, sin conocer su gravedad” y siendo ellos, los sanitarios “el único enlace con la familia”, con lo que hay fuera del hospital. “Hay gente que lleva más de treinta días ingresado, luchando por vivir, y eres lo único que tienen, se vuelcan en ti”. Por ello, asegura que “he visto gente enferma en Urgencias, pero me impacta más ser el apoyo de los enfermos en la UCI”.

“Hay gente que lleva más de treinta días ingresada, luchando por vivir”

En La Paz “todas las salas de urgencias estaban destinadas al Covid-19, menos una, y ahora la mayoría de esas salas están limpias. Se han cerrado salas de Covid-19 para reconvertirlas y muchas plantas de hospitalización que se han ido cerrando”. Además, asegura que “yo tengo esperanza de que esto vaya a mejor y todo se normalice, pero auguran que habrá un repunte en octubre, después el verano, pero está claro que si lo hay, no será como lo que hemos pasado”.

Y lo positivo es que “estamos preparados para lo que venga, aunque no se conozcan los patrones de comportamiento del virus. Pero lo que hemos vivido ha sido tres veces peor que lo que pueda ser”.

Esta portuense no se arrepiente ni un solo día de haberse marchado a Madrid en 2017, “a pesar del caos, he crecido mucho como profesional y como persona, en todos los sentidos. Soy consciente de que esto no ha ocurrido nunca, y me ha tocado vivirlo con otros tantos compañeros”.

A Laura la profesión le viene de familia

Su padre es enfermero en el hospital de Cádiz, y es consciente de que sus padres lo han pasado mal sabiendo que su hija estaba a 600 kilómetros y en una profesión tan complicada como la de enfermera. “A la preocupación de que mi padre no se contagiara le sumaban la mía”, explica.

La última vez que estuvo en su tierra natal fue en febrero “y desde entonces no les veo. Sobre todo a mi madre la llamo todos los días, y la tranquilizo. Mi familia es grande y está muy unida y ha estado muy preocupada por mí”.

Laura confiesa agradecer a toda la ciudadanía que cada día sale a las 20.00 horas a aplaudir al balcón de su casa, y asegura que “al principio de todo esto me encantaban y emocionaban, pero luego he comenzado a relacionarlo con todo el mal que he vivido, con lo malo. Con la ansiedad que me han provocado los turnos del hospital, al llanto, a lo tenebroso de esta situación, porque en muchas situaciones parece que he vivido una película de terror. Me llevan a la gente sufriendo, pasándolo mal”. Pero con todo, anima a la ciudadanía a continuar llevando a cabo cada día un gesto de agradecimiento como el de los aplausos.

Esta portuense ha tenido la suerte de no sufrir vejaciones, insultos o pintadas en casa, en el transporte público, etc, pero “conozco a una chica que fue a trabajar a Madrid, y al alquilar el piso, cuando se enteraron que era sanitaria, no se lo alquilaron”.

Laura es optimista y fuerte. Una sanitaria valiente que, a pesar del miedo, ha ido superándolo cada día, para ponerse frente al virus, para luchar con todas sus armas, especialmente la positividad y la alegría.

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